La estrella

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Los Magos, acostumbrados a contemplar el cielo e indagar sus misterios, reconocen en la estrella una estrella que trae mensaje.

La estrella no es una estrella ordinaria, para todos, sin luz particular.
Los Magos, acostumbrados a contemplar el Cielo e indagar sus misterios, reconocen en la estrella una estrella que trae mensaje. Y en la inmensidad del cosmos, tachonado de estrellas, ellos distinguen la estrella de Dios. Aquella.
Y su actitud es distinta a la que tienen ante las otras estrellas, porque aquella estrella no es una estrella cualquiera.
¿Cuál es esa triple actitud? Una actitud de búsqueda -no se quedan-, una actitud de seguimiento -no están parados- y una actitud de adoración -no están indiferentes-.

Búsqueda, seguimiento y adoración que bien pueden ser las tres actitudes -los tres regalos, los tres dones- que el Señor quiere de mí esta Epifanía.

1º Actitud de búsqueda. Si no hubieran estado mirando, indagando, contemplando el Cielo, no hubieran visto la estrella hay que levantar la cabeza: ellos indagaban la verdad –eran astrólogos- que el Cielo les podía revelar. ¿Serán tres compañeros, orientales que formaban un campo de investigadores? ¿Llegaría cada uno de una región distinta –todos, eso sí, de Oriente- que se hallan en el camino? Hay que buscar la estrella, para verla; hay que buscar a Dios para adivinarlo. Sólo los que van a la búsqueda de Dios, lo encuentran en el revoltijo de su búsqueda, plagado de mil cosas e intereses. Buscar a Dios, que se hace encontradizo en la luz de una estrella, en el fogonazo de un acontecimiento, en el deslumbramiento de un drama familiar, en el silencio de la oración solitaria, en la paz de una vida concentrada, en el bullicio de la amistad, en la calma del mar o en el estrépito de un oleaje, que sacuda nuestras vidas.

La estrella puede ser noche oscura donde también hay estrellas escondidas tras las nubes de las noches. La cuestión está en ir a la búsqueda de Dios. Por el estudio, por la oración, por el Sacramento, por la caridad al hermano.

2º Y una vez descubierta la estrella, viene la segunda actitud de los Magos: seguirla. La estrella no está fija, inmóvil, clavada. Y los Magos abandonan todos sus aparejos y todas sus familias; aprontan sus camellos…, cogen sus cofres, dejan a sus familias, sus quehaceres, sus intereses, sus caprichos…, y echan a andar a la aventura. La fe es tan grande que no se detienen ante los ríos ni los collados, ni los desiertos. La estrella continúa su camino, y ellos siguen su camino, detrás de la estrella. Son días de penalidades, de agobios, de cansancios hasta quedar extenuados. Las noches ¿dónde pasarían las noches?; ¿contemplando el fulgor de la estrella? Pero la estrella está allí y ellos siguen la estrella.
¡Seguir nuestra estrella es seguir la llamada! Esa llamada espectacular, que solo se da de tarde en tarde para torcer el rumbo de nuestras vidas, y esa pequeña llamada constante, de un detalle, de un pormenor, de un rencor escondido, de una soberbia disimulada, de una pereza invencible, de una rebeldía incontrolada… que nos detiene en el camino mientras la estrella sigue el suyo. Hay un largo camino, dice una canción actual; hay un largo camino y las voces se entrecruzan para cantar: Hay un largo camino, subir, subir, seguir más allá. Seguir, seguir; seguir, éste es nuestro sino. Seguir. Este es el sino de la estrella.
Hace algunos años, en una peregrinación a Roma, un Consiliario español de Cursillos, en la Basílica de San Pedro, apretujado por la muchedumbre, contra las vallas que se colocan en los pasillos centrales, consigue coger la mano del Papa (Pablo VI). El Papa va pasando entre la multitud enardecida. Y el pobre sacerdote, confundido entre todos, sólo acierta a decir: Santo Padre, una consigna para mis Cursillistas de Cristiandad. Y el Papa se para un momento, lo mira, y musita esta palabra: “¡Continuad!” Continuar, seguir; no cansarse; no detenerse; seguir; continuar. Esta es la consigna de esta noche: ¡Continuad! Porque continuasteis, esta noche podéis celebrar el primer aniversario de la iniciación de esta Ultreya. Porque no os detuvisteis, la Ultreya no se hundió. Porque no os cansasteis, la Ultreya tomó más altos vuelos… y siguió su estrella.

3º Hay una tercera actitud en los Magos: la estrella sigue el camino. ¿A dónde irá? Han llegado a Jerusalén. Y no temen ir a preguntar a Herodes por el Rey que ha nacido y tiene por pregonero de su nacimiento una estrella. Y Herodes consulta. Y los doctores le dicen que es en Belén donde nacerá el Mesías. Y salen de Jerusalén. Y vuelven a ver la estrella. Y la estrella se posa sobre un pobre portal. Que no llega a portal pues es un pesebre. Y entran en la morada, que en nada se parece al palacio de un rey. Y encuentran al Niño. Envuelto en pañales. Recostado en un pesebre. Y ya tenéis a los grandes de la tierra, a los representantes de la humanidad pagana, a los sabios y científicos hincados de rodillas ante el Niño, para adorarlo. Es el Eterno que se ha hecho tiempo. Es el Espíritu que se ha hecho carne. Es el Omnipotente que se ha hecho pobreza. Es el Omnisciente que no sabe hablar. Es el Dios que ha tomado talla y medida y condición de hombre. Y ante Dios solo cabe una postura: prosternarse. Arrodillarse. Adorar.
El que busca a Dios y sigue su estrella, se encuentra con Él. El que sigue su estrella, siempre encuentra a Dios. Arropado en pañales o domando el mar; echado sobre unas pajas o sobrándole canastos de pan de milagros; tiritando junto a su Madre en Belén o temblando de escalofrío junto a su Madre en la Cruz. Pero con una postura o con otra, con uno u otro rostro, se encuentra a Dios.
Un local limitado y pobre puede ser siempre la cuna de Dios… llamada, en este caso, Ultreya. Porque le hemos buscado; porque le hemos seguido, le vamos a encontrar ahora, encarnado en su Eucaristía. Adeste fideles; acercaos, los creyentes; gozosos, victoriosos, venid, venid a ver al Niño y adoradle. Nuestra vida una doxología, un canto de alabanza y adoración: Con Cristo, por Él y en Él, a Ti, Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria, ahora y en la hora de la muerte y por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía, 7 de enero de 1991
Ultreya de López de Hoyos, Madrid