La luz sobre el celemín

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La parábola de la luz, encendida en el candil. ¿Qué hacer con ella? Sería absurdo encenderla para meterla en el cofre de los recuerdos donde no se le pudiera ver. La luz está hecha para el candelero, para la lámpara

San Marcos nos reúne en este Evangelio varios dichos de Jesús, algunos pensamientos suyos, que tal vez pasarían a ser como proverbios entre los suyos. Tal vez no tuvieron mayor ilación entre sí, porque fueran expuestos en días y ocasiones distintos, aunque aquella primera comunidad de creyentes (de la que los asume el evangelista) los juntara y concatenara. Son como distintas piedrecitas con las que se va labrando el mosaico del Gran Mensaje.
Y hoy San Marcos junta dos brevísimas parábolas; la parábola de la luz y la parábola de la medida. La parábola de la luz, encendida en el candil. ¿Qué hacer con ella? Sería absurdo encenderla para meterla en el cofre de los recuerdos donde no se le pudiera ver. La luz está hecha para el candelero, para la lámpara. Si la luz no tuviera que alumbrar la estancia, no se encendería la luz. La luz es luz para ser vista, es luz para ver; es luz para caminar. Caminad mientras tenéis luz. Algún día la parábola de la luz se personaría en el creador de la luz: Yo soy la luz del mundo; hecha para que la vean las gentes; por eso el que me sigue, al seguir la luz, no camina en tinieblas, sino que tiene la luz de la vida. Sobre el caos inicial de la creación, hizo Dios la luz que alumbrara la creación. Sobre la oscuridad de la noche, Aquel que es la luz, luz de luz, Dios de Dios, Dios Creador de Dios Recreador, la luz increada y eterna, que como el sol alumbra los mismos confines de la tierra, todos los rincones de la historia, todas las salas de la eternidad, es luz que avanza, luz que crece, luz que incendia, luz que abrasa el frío y la noche para ser la luz de la vida, la luz para la vida, la luz que se hace vida, que se propaga y se extiende sobre toda vida.
Pero la luz de Cristo que no conoce el ocaso puede ser para mí luz de crepúsculo que termine por ser noche. Noche negra, más negra que la noche que no conoció la luz. Y el misterio de la luz, que puede ser rechazada. La luz se enciende para ser luz; pero yo puedo ocultar mi vida a la luz, al entrar voluntariamente en las cavernas de mis dudas, de mi soberbia, de una vida no penetrada por la luz. Y entonces “al que tiene, es decir, al que acepta la luz, se le dará más luz; Se le invadirá de luz al que no tiene, es decir, el que no acoge la luz, perderá hasta la luz que tenía, porque al que ha visto la luz, se le hará más negra la noche y más caótica la vida. Si os cerráis a la luz, la luz no pasa de balde. “La medida que uséis, será la medida que usarán con vosotros”. El rechazo se responde con un rechazo mayor. Y cuanto mayor es el rechazo, mayores son las exigencias.
En el régimen actual de la fe, mientras peregrinamos entre la niebla, la fe es luz en penumbra, es luminosa oscuridad. La fe no es claridad de mediodía, sino luz que va avanzando. La fe del creyente está siempre en proceso de avance. A veces se acentúa el claro oscuro y la penumbra más que la luz radiante; pero el que camina en la luz de la fe, se le va encendiendo el camino. Y no habrá discordia ni atonía en el binomio fe y vida: la fe se trasluce en la vida, se hace vida que se nutre de fe.
Tal vez mis cobardías, mis oportunismos, mis miedos o mis conveniencias tapian a ratos al menos mi vida a la luz, y mi vida-luz no ha sido luz sobre el candelero; la he guardado en el baúl, sin darla a los que por mi testimonio de luz pudieran ser hijos de la luz.
Vamos a pedirle al Señor en esta Eucaristía, misterio de luz -éste es el misterio de nuestra fe- que seamos el camino iluminado por la luz de Cristo. Sobre las murallas de la ciudadela el centinela gritaba al centinela la llegada de la luz de la aurora. Y el centinela al otro centinela. Y al otro. Y todo se hacía luz. Testigos de la luz, centinelas de la luz, que anunciamos a los hermanos la llegada de la luz que ilumina a todo hombre que se abre a la luz de Dios, pues a los que la reciben, la luz, dice Juan en su prólogo, se les capacita para ser hijos de Dios.
Hijos de Dios, nos diría el Señor: Caminad mientras tenéis luz.

Homilía jueves de la II semana del tiempo ordinario
Mc 4,21-25
Escuela de Madrid conjunta
Madrid, 31 de enero de 1991