Etapa IV:Cayado, Brújula, Norte


La Gracia hace al hombre peregrino de santidad, supone, además del suministro que Dios le da por los Sacramentos, fuentes donde el peregrino en el desierto de la vida acude a almacenarse de agua, una brújula constante que le marque el norte de su romería.
No es sólo Dios quien tiene que abajarse hasta el polvo para proveer y municionar al hombre con sus Sacramentos. También el hombre tiene que subir y ascender hacia Dios para merecer ese abastecimiento. El alma tiene que caldearse de Dios. Ese caldeamiento implica un contacto con Él. Y ese contacto se consigue con la oración.
¡Infeliz el peregrino que olvida su cayado! El ambiente del mundo le empavorecerá el corazón. Los posibles temporales del estío, las nieves y neblinas del invierno le amedrarán. Los rugidos de las fieras le infundirán espanto. Lo arduo de las jornadas se le harán imposibles…Y sin cayado, se sentará sobre un bancal a dormitar.
Necesita el contacto con el Señor. Como el mendigo que vive de limosna, como la flor que vive de sol, el alma necesita de Dios.
La oración es el diálogo en que Dios le dice al alma sus rutas, sus metas, las bellezas del sus panoramas y las dichas del final del camino. El diálogo en que el alma de dice a Dios su atolondramiento, sus baches, sus ansias y sus cuitas.
La oración es la charla en que Dios se entretiene con sus almas y las almas se llenan de Dios.
La oración es la audiencia que el Señor concede al hombre; como si nada tuviera Dios que hacer sino escucharle, allí está Dios de palique con el alma cuanto el alma se digne –oídlo bien: ¡cuánto el alma se digne!- pasar con Dios.
¿Será posible que esté más dispuesto Dios a escucharme que yo a hablarle a Él?


Necesitamos la oración, peregrinos. Somos un puñado de polvo que Dios –el Señor- ha endiosado. Y es preciso reconocer ese señorío absoluto, ese totalitarismo de Dios, su dominio, su excelencia, para tributarle el homenaje de nuestra pleitesía. También los hidalgos rendían su vasallaje al señor feudal, en la plaza de sus castillos. ¡Te adoro, Señor!
Necesitamos la oración, peregrinos. Somos un abismo de nada, rellenado de ser por Dios. Nada soy, nada tengo, nada puedo, sino lo que Dios quiere que sea, que pueda o que tenga. Si el silbido de la tormenta no ha tronchado mi gracia, a Dios se lo debo. Si los chacales no me han depredado el corazón, es merced de Dios. Es preciso acudir al Señor, como el leproso, para agradecerle tanto bien.
También el pájaro le regala sus gracias a la fuente donde ha mitigado su sed, con el mejor de sus trinos. ¡Gracias, Señor!
Necesitamos la oración, peregrinos. Somos la indigencia absoluta ante la absoluta benignidad del cielo. Somos casi una infinita impotencia ante la omnipotencia infinita de Dios. Es menester llegarnos a las despensas del cielo para llenar nuestra escarcela; implorando a Dios su favor. También los pordioseros, en el atrio de la Iglesia tienden su mano, suplicando limosna, por amor de Dios. ¡Una limosna, Señor!
Necesitamos, en fin, la oración porque hay que saldar deudas. Si algo nuestro hay en nosotros son nuestras delincuencias. Llevamos un cuerpo encubriendo un alma en harapos. Y el Señor lo ve. Por eso, debemos caer ante Él de hinojos, para impetrar su perdón. También el perro, después de su fechoría, con el rabo humillado, se arrastra a los pies del dueño, y lame sus pies como un ademán de fidelidad en lo futuro. ¡Perdón, perdón; seré mejor!


Esta oración no puede, no debe, ser sólo plegaria de labios. Bien está ese Padre-Nuestro rezado devotamente, porque si es rezado por rutina, zangulliendo palabras, en una carrera y “record” de vocalización mejor sería no rezar.
Pero, además, Dios quiere que el corazón se abra, que la inteligencia se impregne, que la voluntad se esfuerce, que sea el hombre, todo el hombre el que rece: Dios quiere tu meditación.
Ya sé que no sabes; también lo sabe Dios. Ya sé que te hallas tan seco como un palo y tan indocto como un niño. Lo sé. Pero también eso lo sabe y también eso le place al Señor.
No quieras ir con discursos: no quieras enseñarle tesis. Dios no lo necesita. Sólo quiere que tú quieras meditar: que hables, que rumies, que pienses, que propongas, que prometas.
Dios quiere tu oración íntima, la tuya, la que sale de ti.
Una consigna: ni un día más sin mi oración. Ni un día más sin mi rato para meditar.


¿Tú aquilatas la confianza que en ti puede n otra, si oras? Jesucristo tiene empeñada su palabra: “Todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará”. “Pedid y recibiréis, buscad y hallareis, llamad y se os abrirá”. Y ya sabes que Cristo no te puede mentir, ni te puede exagerar, ni te puede prometer lo que luego no pueda darte.
Somos archiprudentes. Somos archimillonarios. Todos los cielos están al alcance de las manos… con sólo pedir y orar.
Relee tu evangelio. No hubo dolor que el Señor no mitigase. No hubo tempestad que no se hiciera bonanza. Pide; no ceses de pedir.
Ahí está la fuente del optimismo; ahí está el triunfo asegurado de nuestra Acción Católica; ahí está el venero de nuestra alegría.
Si el Señor no da lo que ansiamos, mejor; porque es mejor que no nos dé el puñal –aunque nos parezca guarnecido de pedrería- si con el puñal podemos herir nuestra Gracia. ¡Bendito sea el Señor por las súplicas que desecha!
Sólo así, sólo orando, tendrás cayado para todas tus jornadas, y brújula para todas tus noches, norte para todos tus desalientos.
¡Peregrinos: un alto para rezar!
Nuestros abuelos sembraron de cruces los caminos de entrada en nuestras villas. Cuando regresaban de sus tareas sombrero en mano, parada su cabalgadura, decían su oración.
Esmaltad de cruces, de súplicas, el camino de vuestra romería. Haced sólo un alto; el alto de la oración. Después de eso… “¿Por qué dudáis hombres de poca fe?”

Sebastián Gayá Riera
Marzo 1946