Etapa VII:La vida del peregrino


Como regalo de sus bodas de plata episcopales, Pio XII, el padre de la cristiandad, obsequió a sus hijos con una maravillosa Encíclica: la del Cuerpo Místico de Cristo, la que os escribía en el número precedente de PROA-
Los miembros de ese cuerpo, viene a decir el Pontífice, deben vivir para sí, para los demás miembros, y para todo el cuerpo. He ahí una triple vida, o una triple motivación de la vida de todo peregrino.
Vivir para sí. En eso se distingue el Cuerpo Místico de un cuerpo físico: en un cuerpo físico todo miembro, sino primordialmente para la vida de todo el cuerpo; mientras en un Cuerpo Místico los miembros viven su propia vida.
Cristo es la fuente de la Vida. Y de esa fuente debe beber quienquiera aspire a vivir. Fuera de Él, sólo hay miasmas de muerte. Tajantemente nos dijo Él: “Yo soy la Vida”.
Pero cada cristiano debe completar la pasión de Cristo, dice San Pablo. Es decir: debe aplicarse los merecimientos de Cristo y vivir unísono con Él. “Quien te creó sin ti, no va a salvarte sin ti”. La salvación, la santidad, la vida, sólo estriba en una cooperación íntima a la obra del Señor en las almas.
Esa vida puede merecerse por la oración y conseguirse por los sacramentos. La Gracia nunca falta al peregrino.
Pero una vez abastecidos, es preciso actuar. Los turistas puede que dispongan de autocares de última creación; pero los romeros tienen que echar a andar escalando cumbres. Y somos romeros, no turistas.
Es preciso nuestro esfuerzo, nuestro sacrificio, ¡nuestra vida! Porque para vivir es preciso… ¡vivir!
Y como esa vida es la vida que Cristo nos difunde, la suya, luego vivir esa vida es vivir a Cristo, es vivir de Cristo, es vivir con Cristo, es vivir a lo Cristo.
Vivir para sí, es introducir a Cristo en sí.
Vivir para sí, es impregnarse y embeberse de Cristo.
Vivir para sí, es construir la vida sobre Cristo, cimentados en Él.
Vivir para sí, es integrarnos en Cristo. Y el injerto no discute, ni niega, ni obtura, ni destruye al tronco en el que se injertó.
Vivir para sí es aniquilar cuanto llevamos torcido, concupiscente, podrido, humano, para querer, pensar, hablar y actuar como Cristo; si Él anduviera, como nosotros, en el hogar, en la calle, en la escuela, en el taller, en el campo, en el Centro o en el fútbol. Y no digo en…porque sería difícil llevar a Cristo allí.
Vivir para sí, es llevar en sí ¡y con garbo! La silueta de Cristo. Y será…¡porque Dios ayuda y Santiago!


Vivir para los demás miembros. Y en eso se distingue el Cuerpo Místico de otro cuerpo simplemente moral: en que en un cuerpo simplemente moral, la unidad sólo se obtiene por un principio externo, por un afán de cooperación a un único fin.
En cambio, en un Cuerpo Místico existe un principio interno común, una comunidad de vida, en virtud de la cual, es una misma la vida que viven todos los miembros, de tal forma que su vida beneficia y acrecienta la vida de los demás.
Las obras de cada miembro repercuten sobre todos los demás miembros. Algo hay en mí de los merecimientos del misionero del Japón, o de la abnegación de nuestros hermanos mártires de la Cruzada. Todo aprovecha a todos.
En ello se funda precisamente el apostolado de la Acción Católica. Somos vasos transmisores, no cisternas huecas.
Por eso no puede existir el cristiano parásito, que sólo anhela recibir, ni el cristiano deportista que se juega alegremente la vida, ni el cristiano quietista que se cree bueno…porque no la emprende a tiros con quien no piensa como él.
“Recibimos la vida y la damos” dice Pio XII. Y añade unas palabras que no necesitan -¿para qué?- de comentario. Rumiadlas, archivadlas; mejor dicho, no las archivéis: ¡vividlas! Dice así: “Misterio verdaderamente tremendo y que jamás se meditará bastante: que la salvación de muchos de pende de las oraciones y voluntarias mortificaciones de los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, y de la colaboración de los Pastores y los fieles”.
¿No te escalofría pensar que de ti depende, en parte, el número de los que se salven? Vuélvelo a leer. Y cuando lo hayamos vuelto a leer por tercera vez. ¡¡Oraciones!! ¡¡Sacrificios!! ¡¡Apostolado!! Vete a un sagrario… y medita.


Vivir para el Cuerpo Místico. La Iglesia debe conseguir su incremento, en cantidad y en calidad.
A un miembro no puede resultarle indiferente el esplendor, la belleza, la fuerza, el triunfo y la vitalidad del Cuerpo en el que está incrustado. La gloria del Cuerpo es su gloria; y los temporales que afligen al Cuerpo, le afligen a él.
Por eso hay que vivir para la Iglesia.
Vivir con la Iglesia es sentir con ella: sustentar en todo y a rajatabla su criterio, cumplir en todo y a rajatabla sus consignas; participar en sus quebrantos, en sus temores y en sus victorias; tener el corazón latiendo con el corazón de la Iglesia.
Vivir para la Iglesia es trabajar por ella: prestando nuestros brazos a sus empresas, entregando nuestro apoyo a sus ideales, defendiendo a ultranza sus obras.
Vivir para la Iglesia es darnos a ella. Todo nuestro cielo será el ser miembros de la Iglesia Triunfante; por ella lo habremos ganado. Toda nuestra prosapia cristiana en la tierra a ella le debemos. ¡Amor, con Amor! ¡Don, con Don! No te regatees, peregrino, te debes a la colectividad.
Cuando, en la meta de tu romería, llegues al Pórtico de la Gloria en Santiago, o ante los umbrales de la Gloria en el Cielo –etapas de peregrinar- no te arrepentirás de haber puesto aquel capital, aquella imagen de tu colaboración espiritual, para la grandiosa arquitectura, para la edificación de la Santa Iglesia.
¡Peregrino… es hora de echar a andar!
¡Ultreia! ¡Possumus! ¡Podemos! ¡Por Santa María, en marcha!

Sebastián Gayá Riera
Junio 1946