Espíritu de caridad

espiritu de caridad vida cristiana

No somos granos de arena, somos sarmientos de una misma vid. La vid -el tronco, la cabeza- es Cristo; nosotros somos los sarmientos. No somos gota de agua; somos mar. No somos islas en un archipiélago; estamos todos vitalmente conectados.

Somos Pueblo de Dios; somos asamblea, somos comunidad. El hecho del Bautismo nos ha incorporado, nos ha integrado en una comunidad eclesial, en el misterio de la Iglesia.
El Bautismo nos ha injertado en un cuerpo social, que, por sus especiales características llamamos Cuerpo Místico.
No somos granos de arena, somos sarmientos de una misma vid. La vid -el tronco, la cabeza- es Cristo; nosotros somos los sarmientos. No somos gota de agua; somos mar. No somos islas en un archipiélago; estamos todos vitalmente conectados. Mi vida es la vida del Cuerpo, la vida de las otras células, la vida de Cristo, de la cepa de la vid.
Entonces me debo -se debe todo organismo vital- a dos leyes fundamentales: la unidad y la solidaridad.
Soy fragmento de un todo: del Cristo total, de S. Agustín.
La unidad, puesto que si cada órgano, cada aparato, cada célula, quisiera vivir a su talante, el organismo desaparecería como tal. La Iglesia no es reino de taifas; no es bandos de guerrilleros; el capillismo es la negación de la Iglesia; la Iglesia, por ser organismo de vida sobrenatural está atenido a la unidad. Quien rompa la unidad, comete un crimen de lesa Iglesia. Quién excluye a alguien, quiere excluir a una célula de esta Unidad.
Solidaridad: samaritano: si él puede, cuida de él; si la normalidad de su vida no le dejó, al mesonero

Quien sufre, que yo no sufra.
Quien enferma, sin que yo enferme.
Quien se quema, sin que yo me abrase.

Por eso hay que tener comprensión: comprensión para el que se va…, no para dejarle, sino para saber explicar su alejamiento; para el que va trampeando, no para dejarle en su ambigüedad, sino para afianzarle; para el que se queda, a fin de enriquecerle y promocionarle. Esta Convivencia intenta esto: hacernos más unos conociéndonos mejor; haciéndonos más unos enraizando mi vida en la vida de los demás, enriqueciendo a los demás con mi propio enriquecimiento, enriqueciéndome más con el enriquecimiento de los demás.
Sentirse solidario es compartir con otros una responsabilidad determinada. Nos sentimos solidarios cuando nos sentimos responsables, hombro a hombro, con quienes constituyen un mismo cuerpo.
Cuando el pie se lastima, no solo sufre el pie, sino todo el Cuerpo. Cuando se sufre una hemorragia, todo se moviliza para taponarla. La cabeza, el corazón, los nervios, los músculos, todas las células empiezan una contraofensiva.
Somos Cuerpo Místico de Cristo. Tú no eres una pieza de un ajedrez, sino un fragmento del cuerpo del que yo soy fragmento. Y tú y yo somos fragmentos de un Cuerpo del que son fragmentos los demás.
Solidariamente tú y yo y el otro y el otro vamos a empeñarnos, no por consejo de nadie, sino por imperativo vital, de que el corazón no se despreocupe de que sangre mi mano.

Esa ley de la unidad y esa ley de la solidaridad tienen nombre cristiano. Se llama caridad.

Un mandamiento nuevo os doy: Nuevo, sí, porque ha nacido una realidad: el misterio de la Iglesia. Ha nacido una entidad sobrenatural. Os améis como yo os he amado. Os améis como a vosotros mismos. La leyenda nueva: yo soy tú. Si yo y tu participamos de una misma vida, yo soy algo tú, y tú eres algo yo. Amándome te amo, amándote me amo. Amándote y amándome, amo a Cristo, nuestra Cabeza. Amándote y amándome, doy vida a Cristo, como Cristo nos da la vida.
Como yo os he amado. Dando vida. Dando vida, chorros de vida. Dando vida, dándome siempre, olvidándome de mí, de mis caprichos, de mis consecuencias, de mis soberbias, de mi amor propio… dándome. Esta es la suprema prueba de la caridad: dar la vida por el que se ama. Con ilusión, como Cristo: se le hacía tarde; no podía dejar de hablar.
Con entrega: como Cristo, evangelizando todos los ambientes, para quedarse de noche en oración. Con espíritu de caridad: como Cristo: aunque nos cueste un poco la vida.

Majadahonda, 5 noviembre 1967
Convivencia Cursillistas