La ilusión

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Hombres de mucha fe ¿por qué perdéis la ilusión?

Teológicamente la ilusión no es un derivado, sino una derivación, un eco, una resonancia, psicológico de la virtud de la fe.
No es verdad, decía la semana pasada el Santo Padre, que la vida sea gris. Es verdad, sí, que se pasa por el tubo de la noche oscura, de las horas malas; es verdad que son muchos los momentos en que sentimos tremendo desconcierto -Dios es a veces desconcertante-; es verdad que a ratos la vida es cuesta muy empinada; pero, a pesar de todo, si tengo fe, si vivo vida de fe, la vida tiene una luz espléndida. En el centro de los acontecimientos veo a Cristo. Aunque dormido, veo a Cristo en mí dolor y mi alegría; veo a Cristo en mis momentos malos… Él es mi alegría. Él es mi optimismo. Él es mi ilusión. Y esa fe se refleja en el optimismo y en la ilusión con que amanezco todos los días, sabiendo que ninguna contrariedad me hallará sólo y desvalido; sino que…
¿Verdad que el enfermo apenas se sentiría deprimido si supiera con absoluta certeza, con certeza infalible que el médico le iba a curar, sin que pudiera surgir ninguna complicación que el médico no pudiera vencer?
Este es el caso del hombre de fe. Él sabe que Dios tiene todos los hilos; él sabe que Dios no sufre olvidos ni despistes -ni un cabello puede caer-; él sabe que Dios le quiere; él sabe que lo puede todo.
Entonces, estalla en Él, fruto de la fe y de la esperanza, un sentimiento de optimismo, de alegría, de ilusión. El gozo del espíritu es fruto del Espíritu Santo. No necesita milagros para creer y obrar; tiene tanta fe que merece que Dios se los haga. Hasta las montañas sabe que se trasladarán.
Hombres de mucha fe ¿por qué perdéis la ilusión?

Majadahonda, 5 noviembre 1967
Convivencia Cursillistas