La conversión

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La conversión es un proceso. Como en todo proceso hay que proceder cada día. Y el día que no se procede hay o un paso atrás o un paso vital.

Hemos llegado. ¿Dónde? ¿A la cumbre? ¿Se habrá terminado lo que debía dar? ¿Quedará satisfecho Dios y no me pedirá más?
En otras palabras. ¿Ya no me queda más por hacer?
La respuesta es fácil: Nos hallamos en un inicio de reconversión -eso que se lleva ahora tanto- no industrial para otros.
Pero todos empezamos. Yo también. Cada día.
Y es que la conversión no es un fenómeno que se dé en su totalidad en un momento dado.
La conversión es un proceso. Como en todo proceso hay que proceder cada día. Y el día que no se procede hay o un paso atrás o un paso vital.
La conversión es un camino al que nunca se llega: Sed perfectos como mi Padre.
Para ti y para mí mañana es la oportunidad no de jugar al bingo o de aguantar al marido o de renegar de la cuñada o de despreocuparse de todo -y de todos- Mañana es la oportunidad que me da el Padre -un invento que hace el amor- para que dé un paso adelante. ¿En qué?

Tú sabrás. Mañana, más sincero; mañana, más limpio; mañana más humilde; mañana más responsable; mañana más pacífico; mañana más justo; mañana más auténtico; mañana más generoso; mañana más sacrificado; mañana, mañana, mañana ¡la hora de Dios!

Si Dios no supiera que mañana puede ser mi hora, tal vez no habría mañana para mí.
¡Conversión progresiva es un progreso en la conversión! Para el Papa y para el atracador. Para el monje y el terrorista. Mi mañana.
Yo saludo cada mañana. Mañanita de mi Dios, regalo que puso el Señor; la herramienta que mi alma tiene para llegar a Él.
Mañana es don y es gracia; mañana es paz y conversión; mañana es la lotería que me regala el buen Dios.
¡Conversión! ¡Conversión!
Hay un adagio en la filosofía oriental, que dice: Con solo respirar ya soy feliz.