sagrado corazon jesus tiempo liturgico

Sagrado Corazón de Jesús

Sagrado Corazón de Jesús

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Para el Evangelista Juan, Jesús murió en la vigilia de la Pascua judía, que ellos llamaban Parasceve, es decir, el día de la preparación de la Pascua.

Era el final, era el extremo; el final y el extremo de una vida derramada para el amor. Era el amor llevado a su más extrema radicalidad: Él nos lo había dicho: “no hay amor más grande que el dar la vida por aquellos a quienes se ama”.

Dar la vida por amor; dar por amor toda la vida, sin reservarse ni una gota de vida. Lo que pudiera quedar de vida en el cadáver de un Dios muerto para amar, se derrama ahora al ser abierto el Corazón con la lanza romana. Tenía que brotar algo para que el mundo viera que no se reservaba nada: maravillosamente el Corazón de Cristo nos dio sus últimas gotas de sangre, sus últimas gotas de vida, el gran torrente del amor, abierto en agua y sangre.

Ya nada le queda a aquel corazón, que muere sin más pecado que el de querer amar. Nada le queda para dar. Puesto a darlo, lo dio todo.

Es la hora del amor sin techo, del amor sin reservas, del amor sin límites. Y este es el sentido de la festividad del Sagrado Corazón de Jesús: es la fiesta del amor abierto a todos.

Es “la hora”. Aquella hora de que habla Juan el Evangelista: “esta es la hora”; “no ha llegado mi hora”; “cuando llegue la hora”. La hora de la salvación por la muerte y glorificación de Jesús; la hora de la muerte y la glorificación –la apertura del Costado brotando agua y sangre no es sólo la hora de la muerte, sino también la hora de la vida para Cristo pasando por encima de todas las leyes naturales, y la hora de la vida para todos los redimidos por su sangre. Es la hora de amar que el amor sólo con amor se paga; es la hora de la concentración espiritual frente al Corazón de Cristo que se abre a amar; es la hora de la superación, de la fe, de la entrega, de la esperanza. Todo se puede esperar en esta hora del Corazón que se abre; de los brazos que se tienden hasta el infinito para el abrazo a todo hombre, de los pies clavados para seguir esperando al hijo que quiera retornar.

Es la hora de la ventana abierta al misterio de un amor sacrificado y redentor.

Es la hora de la fuente abierta al agua de la vida que salta hasta la vida eterna.

Juan, el Evangelista que describe este momento de la lanza que abre el costado de Jesucristo, le da a esta hora del Corazón una trascendencia particular, que refuerza con dos citas bíblicas del Antiguo Testamento.

No sólo presenta la sinceridad de su testimonio personal, del que ha vivido con toda el alma en vilo la grandeza de aquella hora, sino que apuntala su testimonio en la veracidad misma del Dos que muere. No es un simple testigo ocular que garantiza la verdad de un acontecimiento; es el gran teólogo de la Iglesia naciente que quiere trasmitir a la Iglesia de hoy y en la Iglesia de cada día el misterio de la fe y de amor que ofrece un Dios muerto y abierto, brotando sangre y agua.

Es la hora en que nacen todos los Sacramentos, los acueductos del gran torrente de vida que canaliza el agua y la sangre de Jesús: aguas para todos los Bautismos que engendrarán hijos de Dios a lo largo de siglos y siglos; sangre de la sangre de Cristo que nutrirá a todo viandante, a todo peregrino que enorte su vida hacia Dios.

Es la hora en que, del agua y de la sangre del Corazón alanceado y abierto, nace nuestra Iglesia, Madre de todo hombre que camina por la hora en la gran caravana de la familia de Dios.

La hora: la hora del Corazón que no se deshace en lágrimas y lirismos, sino del corazón que se da, que se entrega, que se sacrifica, que supera todas las angustias y todos los quebrantos por la oveja que se descarría y se va.

La hora del Padre que nos habla desde el corazón del Hijo; la hora del Padre que aquí perdona porque el Hijo se ofrenda para el perdón; la hora del Padre que aquí se nos acerca no desde los rayos del Sinaí, sino desde la ternura del Cristo que muere; la hora del Padre, que aquí derrama sobre todos los surcos de todos los hombres de toda la historia, la Gracia del Espíritu Santo que llama a la Santidad.
Dejemos que el agua y la sangre del Corazón del Cristo abierto por el hierro del soldado, calen sobre nuestras vidas, para la hora del perdón, para la hora de la esperanza, para la hora del amor. Mi pecado os puso así, llagado y muerto mi Dios…

Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús
9 de junio de 1994


El autor de la santidad, el espíritu santo

El autor de la santidad, el espíritu santo

espiritu santo tiempos liturgicos

El que nos da la gracia, el que nos injerta en Cristo, el que nos levanta hacia Dios, el que va torneando y moldeando el alma hasta acoplarla según el corazón de Jesús, el que vive y trabaja en nuestra santidad, éste es el Espíritu Santo.

¡Ser Santo!, He ahí la ley primera que lleva el hombre grabada en las entrañas de su ser. Dios ha esculpido en su alma su deber… y ese deber le lleva hasta los pies de Dios, el santo a quien cantan las tropas de querubes. Sólo el que así obre, es verdadero hombre.

¡Ser santo! He ahí la obligación estricta del hombre con alma sobrenaturalizada por la gracia; el precepto de Jesucristo, la prescripción de la Iglesia, por boca de Pablo, el Apóstol: La santidad nos injerta en Cristo, santidad sustancial. Sólo el que aquí llegue, será verdadero cristiano.

La tierra, en cambio, está inmensamente alejada de Dios. La santidad es, para ella, un mito. El santo un pobre ser despreciable. Hoy por hoy, son otros los gustos, diametralmente opuestos y antitéticos. Dios ha quedado fuera del ámbito del mundo. Es un desterrado. No le ha quedado más que el rincón del Sagrario, donde a falta de hombres, han bajado ángeles del cielo.

¿Quién será el autor de la santidad? Vamos a contestar a esta pregunta de hoy, Día de Pentecostés, cuando aún es rojo el fuego que a la tierra nos trajo y el soplo que acompañó su venida, contestaremos así: El autor de la santidad es el Espíritu Santo.

Cuando en su casa silenciosa de Nazaret, se apareció a María un ángel mensajero del Padre Eterno, para recabar su consentimiento a la obra de la Encarnación del Hijo de Dios en sus entrañas vírgenes, ella preguntó: ¿Cómo va a verificarse esto? Y el embajador de los cielos contestó así: “El Espíritu Santo vendrá por ti.” Por Él se realizará el prodigio.

Por la gracia de Dios, raíz de nuestra santidad y de nuestro ser sobrenatural, podemos decir que es Jesucristo el que nace en nuestras almas; no con un nacimiento corporal, porque solo se encarnó una vez en el seno de María, sino con el nacimiento espiritual en el momento en que quedamos, por la gracia, injertados en él. Si nos preguntamos: ¿Cómo podrá verificarse este prodigio?, la Teología nos contesta con las palabras del arcángel de María: “El autor de esta maravilla es el Espíritu Santo”.

En nuestra vida de gracia, hijos de Dios, templos de la Trinidad, entra el hombre en relaciones con las tres divinas personas. Penetramos en este río infinito de la vida de Dios. Somos santos por la gracia de Dios. El más poderoso, el más sabio, el más rico y grande de los hombres no puede absolutamente nada, en este problema de la santidad sobrenatural -por otra parte, necesaria y obligatoria- sin el influjo de Dios. “Sin Mí, dice el Señor, nada podéis hacer. Como el sarmiento al desprenderse de la cepa viva, se mustia, se seca y muere”. “Gratia Dei sum id quod sum”, dice fervorosamente el Apóstol: Soy lo que soy por la gracia de Dios. El autor de la santidad no es el hombre; es Dios Nuestro Señor.

Jesucristo nos mereció con su obra redentora, haciéndose nuestro hermano, la santificación, la gracia. Ahora, en la gloria, como cabeza glorificada de la Iglesia, nos comunica la plenitud del Espíritu Santo. Su pasión y su muerte nos mereció un día la primera venida en el primer Pentecostés de la Iglesia. Ahora a cada instante nos obtiene y procura la influencia de aquel mismo Espíritu para que permanezcamos y crezcamos en gracia.

El que nos da la gracia, el que nos injerta en Cristo, el que nos levanta hacia Dios, el que va torneando y moldeando el alma hasta acoplarla según el corazón de Jesús, el que vive y trabaja en nuestra santidad, éste es el Espíritu Santo.

Podemos decir con Santo Tomás: que, si Cristo es la cabeza del Cuerpo místico, el Espíritu Santo puede ser, considero, como su Corazón. Él constituye el gran principio de vida, de movimiento y de cohesión entre los miembros y la cabeza. El corazón es el órgano que, por el ritmo de sus latidos, envía y difunde la sangre al cuerpo, incluso al cerebro. El Espíritu Santo puede llamarse el Corazón de la Iglesia porque distribuye la gracia a todos los justos, comprendido el Hombre-Dios, que es la cabeza.

¿Somos cristianos? Es que recibimos el Espíritu Santo ¿Podemos ser santos? Es que podemos ser plasmados por el Espíritu Santo ¿Somos santos? Es que un artista divino, el Espíritu Santo, ha modelado nuestra alma. Porque Él es el autor de toda santidad.

El santo no es sino el hombre que se deja tornear en sus manos de artista de cielo. El santo no es sino la nave que, hacia rumbo al cielo, bajo el impulso y el soplo del Espíritu Santo, hincha sus velas y la empuja a la playa.
Subamos con Él los peldaños de la santidad. Con Él es seguro el ascenso. Él no va a dejarnos hasta llegar a la cumbre, donde por Jesucristo, nos eche en los brazos de aquel Dios que vive y reina con el Hijo en unidad del Espíritu Santo por siglos.

Mallorca, 16 de mayo de 1940


La resurreción de Cristo

La resurrección de Cristo

resurreccion cristo tiempos liturgicos

Nada del fenómeno cristiano sería válido sin la Resurrección del Señor. Todo se apoya en ella: sin ella, nos dice el Apóstol Pablo, sería vana nuestra fe.

Nos hallamos en plena semana pascual, cuando todavía son frescos y rotundos los Alleluias que la Iglesia entona al Señor Resucitado. El misterio pascual – la muerte y resurrección de Cristo – constituye la más alta ocasión que vieron y verán los siglos. De allí arranca todo: una mentalidad y una vida, una civilización y una fe, una forma de pensar, de querer, de sentir y de vivir.

Nada del fenómeno cristiano sería válido sin la Resurrección del Señor. Todo se apoya en ella: sin ella, nos dice el Apóstol Pablo, sería vana nuestra fe, pues Cristo no habría pasado de ser un charlatán y un embaucador. Es la tumba vacía la que aguanta toda la bóveda inmutable de nuestra Iglesia.

Por eso la resurrección de Jesús es el centro de toda la predicación apostólica. Todas las páginas de los “Hechos de los Apóstoles” –con los primeros pasos de la Iglesia naciente– están iluminadas por el amanecer de la Pascua.

Ahí está la primera lectura que acabamos de proclamar. Mientras Pedro y Juan hablaban al pueblo, allí se presentaron los magnates de Israel –los sacerdotes, los saduceos, el comisario del templo– indignados de que los apóstoles predicaran la resurrección del Señor, pues veían que, si el pueblo creía en este hecho, toda la Sinagoga se derrumbaba en sus cimientos. Y la indignación subió a tal punto, que, sin pensarlo más, les echaron mano, y como ya había caído la tarde, les pusieron bajo custodia hasta el día siguiente. Y al día siguiente, con la plana mayor, la flor y nata de sus jefes, los senadores, los intelectuales, el sumo sacerdote al frente, hicieron comparecer a Pedro y a Juan, para hacerles un interrogatorio oficial. Ellos acababan de curar al paralítico que estaba mendigando junto a la Puerta Hermosa del Templo, y al que, Pedro había dicho: Ya ves; plata ni oro no tengo, lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesús Nazareno echa a andar.

Ahora, el Sanedrín les preguntaba: ¿Con qué poder o en nombre de quien habéis hecho eso?

– Quede bien claro, les dice Pedro, a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificasteis, y a quien Dios resucitó de entre los muertos. Por su nombre se presenta este hombre sano ante vosotros. Él es la piedra desechada por vosotros, los constructores; la que ha venido a ser la piedra angular sobre la que toda la construcción descansa. No hay salvación en otro alguno; no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que podamos salvarnos.

La Pascua del Señor, la muerte y resurrección de Cristo constituyen la única salvación de todos.

Por eso Cristo tiene interés en que no quede la más leve sombra de duda sobre el hecho de la resurrección. Por eso hace entrar en contradicción a los guardianes del sepulcro. Por eso se va apareciendo a Pedro, y a Juan, y a la Magdalena, y a los de Emaús, y a los once a que había quedado reducido el colegio apostólico. Por eso en el Evangelio que acabamos de proclamar, se les aparece junto al Lago, a la amanecida de una noche en que se habían frustrado todos sus esfuerzos de viejos lobos de mar, pues nada habían pescado. El Señor se presentó en la orilla, cuando los pescadores ya iban de retorno. Y Juan le reconoce – ¡Es el Señor!, le dice a Pedro. Y Pedro se echó al agua, para adelantarse a los demás. Y al saltar a tierra, se encuentran ya con unas brasas, y un pescado y un pan. Y trajeron hasta la orilla la barca, con las redes repletas de 153 peces grandes. Y Él toma el pan. Y el pescado. Y se lo da…

No se trata de un fantasma, no. No se trata de imaginaciones calenturientas. No. Allí estaban los peces. Y las brasas. Y el pan. Y allí estaba Él. Él vivo, presente, activo, providente, resucitado. Allí estaba Él, cimentando la fe de todos, abriendo la esperanza de todos, encendiendo el amor de todos.

¡Si había vencido la muerte -la muerte con sus tres días de sepultura-, no quedaba más remedio que confesar que era Dios!

La resurrección de Cristo supone, entre otras cosas, un motivo inconmovible para nuestra fe, una inyección de optimismo cristiano.

El optimismo cristiano es un evangélico realismo, conectado con la muerte y la resurrección, con el dolor y la luz, con la tragedia y la esperanza.

Y hay que reflejar cada dolor en la muerte de Jesús. Y hay que reflejar su resurrección en cada hora de luz, en cada primavera del alma y del cuerpo, en cada cosa buena y bella, en cada intento de hacer mejor la humanidad, en cada gesto de tender la mano, de sonreír al inoportuno, de sentir la fraternidad que Cristo vino a constituir.

Hemos de convertir la Resurrección y la Pascua en algo vigente y real en nuestras vidas los que decimos que creemos en este Jesús que está enseñando las huellas gloriosas de sus llagas. Las llagas no han desaparecido; se han transformado en luz.

Nuestra aportación al dolor y a la crisis y al confusionismo de los tiempos no es la de tapar los hechos o echarnos a lamentaciones estériles y a escándalos justificados, sino la de luchar por aceptar, por transformar, por cambiar la noche en amanecer, la tragedia en consuelo, la muerte en vida. Convertirnos, resucitar para que el mundo se convierta y resucite.

Homilía, viernes de la octava de Pascua
Hermandad Sta. María Espejo de Justicia – Centro Eucarístico
Madrid, 4 de abril de 1975


resplandor tiempos liturgicos

Con resplandor creciente

Con resplandor creciente

resplandor tiempos liturgicos

La vida de Cristo, con todas sus luces y resplandores, se manifiesta y se comunica precisamente a través de la pobreza y la debilidad del evangelizador.

El Señor del que se habla, es el Espíritu, y donde hay Espíritu del Señor, hay libertad. Y nosotros, que llevamos todos la cara descubierta, y reflejamos la gloria del Señor, nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente: así es como actúa el Espíritu del Señor.

La segunda Carta a los fieles de Corinto es fruto de la delicada situación, del malestar que se ha creado en aquella comunidad, ya evangelizada por Pablo, donde se han infiltrado elementos perturbadores -adversos, contrarios a él-, que van minando su autoridad, en un intento diabólico de desprestigiarlo.

Ante aquellas noticias alarmantes Pablo decide hacer una rápida, urgente visita a Corinto. Y se pone en camino desde Éfeso a Tróade, pasando por Filipos, donde tiene el gozo de obtener nuevas noticias sobre aquella situación. Esta vez son buenas las noticias. Pablo se serena, se llena de gozo, y escribe esta segunda carta a los corintios, donde hace una ardiente defensa de su ministerio apostólico, a fin de que las aguas revueltas retornen a la calma.

Tal vez no haya otro escrito en el que se descubra mejor la extraordinaria riqueza del espíritu de aquel hombre, Pablo de Tarso. La mayor parte de la carta es una meditación sobre la grandeza del apostolado y el misterio de la debilidad del hombre a quien se confía tanta grandeza.

Él -como todo evangelizador- ha sido elegido para llevar a los hombres una Palabra que da vida, que reconcilia, que libera, que salva; pero esa Palabra -escribe él a los de Corinto- es “un tesoro en vasija de barro”. La Palabra que proclama es grande, rica, sublime: como un tesoro. Pero ese tesoro ha sido depositado en una vasija de barro, con toda su pequeñez de hombre, con todas sus limitaciones de hombre, con toda su fragilidad de hombre: tesoro en vasija de barro.
Pero lo más desconcertante no es sólo este hecho: lo más desconcertante es que la vida de Cristo, con todas sus luces y resplandores, se manifiesta y se comunica precisamente a través de la pobreza y la debilidad del evangelizador. Y el evangelizador, aportando el barro de su vasija de hombre, se transforma en resplandor, se hace testimonio, irradiación.

Así define el Concilio el testimonio: una irradiación de fe, de esperanza, de caridad. El testigo lleva los ojos llenos de brillos, llenos de luz.

Dentro de este concepto hay que colocar los dos versículos, que hemos leído, de la II Carta a los Corintios.

Pablo es el Apóstol al servicio de una Alianza Nueva, que desborda la Alianza Antigua. La Antigua Alianza, centrada en la figura de Moisés, se escribe sobre tablas de piedra; la nueva se graba sobre carne en el interior del corazón, de forma que “vosotros sois nuestra carta -las tablas nuevas-, escrita en vuestros corazones”. “Sois una carta de Cristo, redactada por nuestro ministerio, escrita no con tinta sino con el Espíritu del Dios vivo”.

Una carta que no se lee con el velo en el rostro, según el relato del Éxodo. Moisés entonces, una vez recibidas las Tablas de piedra, oculta su rostro con un velo. Su rostro resplandecía como fruto de su encuentro con Dios; pero aquel resplandor era un resplandor caduco, pasajero. Cada vez que el pueblo antiguo -el de la Antigua Alianza- lee los libros de Moisés, siente que hay como un velo que cubre sus mentes: no llegan a comprender que están en la antesala de la Nueva Alianza, donde Dios descorrerá los velos, presentándosenos en la carne, en el esplendor de la humanidad del Señor Jesús, que ilumina en los suyos con la sabiduría desvelada del misterio de salvación.

Si aquel resplandor del rostro de Moisés hacía que los israelitas no podían fijar sus ojos en el rostro caduco, pasajero, mortal, de Moisés, figuraos cuál será el resplandor que emana de la figura, de la vida, de la palabra de Jesús, el Señor.

El Señor –estos son los versículos de hoy- es el Espíritu de Dios, es Dios, donde está el Espíritu del Señor está el Espíritu de Dios; “donde hay el Espíritu del Señor, hay libertad”. No somos colectividad de esclavos; somos raza de reyes, nación santa, pueblo de la Alianza Nueva.

No se trata de una libertad para desmoronar la fuerza de la Ley de la Alianza Antigua; se trata de aquella libertad que canta Pablo en la Carta a los Gálatas (5, 13), que se hace servicio y amor a los demás, para llegar al servicio y al amor de Dios. Libres para servir, libres para servir amando, para amar sirviendo.

Nosotros ya no llevamos el rostro tapado, encubierto; “nosotros todos llevamos la cara descubierta, la mente clara, el corazón abierto a las riquezas de la sabiduría del corazón de Dios, que nos entregó a su Hijo para la libertad y el amor. Llevamos la cara descubierta, de forma que el testimonio nuestro -de vida y de palabra- refleja la gloria del Señor, porque el Señor nos va transformando, por la acción del Espíritu, con resplandor creciente, participando del resplandor de su luz.

A medida que Él avanza en nosotros, como avanza el día, avanza en nosotros su resplandor, y el resplandor se convierte en resplandor creciente, sin velos, sin enigmas, para ser los hombres del resplandor, los hombres de la irradiación, por la fe, por la esperanza, por el amor, los hombres de la luz para ser luz del mundo.

Cristo nos va transformando. Donde hay Espíritu del Señor, hay libertad, hay deseo de servicio, hay dedicación al otro por la vía del amor. Y ya no somos tinieblas de velos y de noche, somos los hijos de la luz. Se nos ha ido la noche oscura de San Juan de la Cruz para convertirnos en resplandor creciente diría Pablo; en “Llama de amor viva”, diría nuestro San Juan de la Cruz. No somos hijos de las tinieblas, nos diría el Señor; somos hijos de la luz; hemos sido hechos para ser hijos de la luz, caminamos los caminos de los hijos de la luz; convertidos en llama de amor viva, hasta que una tarde seamos examinados en el amor.

Segovia, 19 de octubre de 1991
En Laudes de la peregrinación a Segovia
en homenaje a San Juan de la Cruz


Los mansos

Los mansos

mansos tiempos liturgicos

Los corazones mansos se imponen sin querer al mundo, precisamente porque no se imponen.

¿Qué entendería Jesús al decir “los mansos”? En general. A todos los espíritus humildes y pequeños, que, por serlo, se hallan expuestos a las violencias, a las opresiones y al desprecio de los otros. Más y más particularmente entiende a aquellos espíritus que aceptan, dulcemente resignados, las disposiciones de Dios, y perdonan las injurias de sus prójimos, y vencen, con la suavidad y la mansedumbre de su corazón, las iras y las amenazas de los demás.

Ante el gobierno que Dios ejerce sobre el mundo –ante su Providencia- caben dos posturas: la del silencio y la de la protesta, la de la rebeldía y la de la aceptación.

Jesús se encargó de expresar esta ley de su providencia: No os acongojéis por hallar qué comer o con qué vestir. Mirad las aves del cielo cómo no siembran ni siegan ni allegan en graneros; el padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Si a una hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste ¿Cuánto más a vosotros, hombre de poca fe?

Dependemos de Dios como el eco depende de la voz y como el reflejo depende de la luz. Estamos en sus manos, como el barro en manos del alfarero que lo modela, como la lana en manos del tejedor, como las ramas en las manos del jardinero que las poda y las recorta según se precise. No podemos respirar sin depender del aire que hincha los pulmones, ni caminar sin obedecer a la tierra que nos sustenta ni vivir sin pagar a las plantas y a las bestias el tributo de una aparente dependencia. Cada uno de nuestros actos aun aquellos en que nos sentimos más soberanos, encierra, con el sello de nuestra dependencia, un insulto a nuestra vanidad.

Esa dependencia no es esclavitud, es honor. Es cuando se desgaja de la rama que la sustenta y la sostiene, cuando la hoja amarillea y la pisotean todos los viandantes.
Evidentemente, entre personas cristianas, no cuesta trabajo admitir ese gobierno de Dios, cuando soplan vientos favorables, y la vida nos sonríe, y podamos dar pábulo a nuestra vanidad, y hacer nuestro capricho, y recorrer el mundo de flor en flor.

Cuando la mansedumbre cuesta, cuando cuesta acomodarnos a la voluntad de Dios, es cuando Él nos visita a través de los acontecimientos de nuestra existencia, a través de la enfermedad, de la muerte, del infortunio, de la ingratitud, del desprecio, de todo eso que constituye la trama visible de nuestra vida. No lo acabamos de comprender; no acabamos de aceptar; nos rebelamos, porque hallamos cien pretextos por los que quisiéramos convencer a Dios de que no sabe lo que se hace. Es entonces cuando se nos hace cuesta arriba la mansedumbre, para aceptar, para sincronizarnos con la voluntad del Padre que está en los cielos, cualesquiera que sean las pruebas con que quiera visitarnos, y que son otras tantas mensajeras que, en nombre de Dios, nos señalan y nos ayudan a recorrer los caminos de salvación que a cada alma destina Dios.

Bienaventurados los mansos que aceptan, no los violentos que se rebelan. Bienaventurados los mansos, que tras de una sonrisa esconden tal vez una tragedia, no los que gesticulan y se ensoberbecen y descargan constantemente el martillo de su ira, de su destemplanza, de su obcecación. Bienaventurados los mansos que pasan sin levantar ruido, los que llevan detrás de sí la polvareda de su presunción. Bienaventurados los seres anónimos que discurren por el mundo callando su humildad, acatando siempre la pauta que Dios trazó en su vida.

Ellos poseerán la tierra. Los corazones mansos se imponen, sin querer al mundo, precisamente porque, no se imponen. Ellos son los que aplacan las tempestades provocadas por la ira; ellos son los que dulcifican el gesto duro; ellos los que desarman el brazo agresivo, ellos los que difunden serenidad y paz sobre la tierra. Ellos poseerán la tierra, que les debe cuanto de amabilidad y de buen vivir y de concordia queda en el mundo.

Ellos poseerán la tierra porque poseen la suya. Tienen el pleno dominio sobre sí mismos; se gobiernan y controlan en todos sus actos, nada hay en contacto con ellos que escape a su dulce vigilancia y a su benéfico control; pasan por el mundo como si no se apercibieran de los gestos soberbios ni de las palabras altisonantes. Tienen la posesión de sí mismos que es la más alta posesión.

Señor danos a entender, danos enamorarnos, danos vivir la bienaventuranza de tu mansedumbre; arráncame, Señor, mis destemples y mis desplantes, mis violencias, mis iras, mi mal humor. Haz, Señor, que me doble siempre a tu voluntad, como la flor al viento. Haz que deje caer siempre a mi paso una gota de serenidad y suavidad y dulzura. Haz que sea alfombra para que los demás pisen blando; haz de mi vida una estela de luz suave, que a nadie deslumbre y sosiegue a todos, que eso, sí, eso es poseer la tierra, a fuerza de no quererla poseer. Quiero ser de corazón manso y humilde no ya para poseer la tierra, sino para que la poseas Tú.

Así sea.


luz celemin tiempo liturgico

La luz sobre el celemín

La luz sobre el celemín

luz celemin tiempos liturgicos

La parábola de la luz, encendida en el candil. ¿Qué hacer con ella? Sería absurdo encenderla para meterla en el cofre de los recuerdos donde no se le pudiera ver. La luz está hecha para el candelero, para la lámpara

San Marcos nos reúne en este Evangelio varios dichos de Jesús, algunos pensamientos suyos, que tal vez pasarían a ser como proverbios entre los suyos. Tal vez no tuvieron mayor ilación entre sí, porque fueran expuestos en días y ocasiones distintos, aunque aquella primera comunidad de creyentes (de la que los asume el evangelista) los juntara y concatenara. Son como distintas piedrecitas con las que se va labrando el mosaico del Gran Mensaje.
Y hoy San Marcos junta dos brevísimas parábolas; la parábola de la luz y la parábola de la medida. La parábola de la luz, encendida en el candil. ¿Qué hacer con ella? Sería absurdo encenderla para meterla en el cofre de los recuerdos donde no se le pudiera ver. La luz está hecha para el candelero, para la lámpara. Si la luz no tuviera que alumbrar la estancia, no se encendería la luz. La luz es luz para ser vista, es luz para ver; es luz para caminar. Caminad mientras tenéis luz. Algún día la parábola de la luz se personaría en el creador de la luz: Yo soy la luz del mundo; hecha para que la vean las gentes; por eso el que me sigue, al seguir la luz, no camina en tinieblas, sino que tiene la luz de la vida. Sobre el caos inicial de la creación, hizo Dios la luz que alumbrara la creación. Sobre la oscuridad de la noche, Aquel que es la luz, luz de luz, Dios de Dios, Dios Creador de Dios Recreador, la luz increada y eterna, que como el sol alumbra los mismos confines de la tierra, todos los rincones de la historia, todas las salas de la eternidad, es luz que avanza, luz que crece, luz que incendia, luz que abrasa el frío y la noche para ser la luz de la vida, la luz para la vida, la luz que se hace vida, que se propaga y se extiende sobre toda vida.
Pero la luz de Cristo que no conoce el ocaso puede ser para mí luz de crepúsculo que termine por ser noche. Noche negra, más negra que la noche que no conoció la luz. Y el misterio de la luz, que puede ser rechazada. La luz se enciende para ser luz; pero yo puedo ocultar mi vida a la luz, al entrar voluntariamente en las cavernas de mis dudas, de mi soberbia, de una vida no penetrada por la luz. Y entonces “al que tiene, es decir, al que acepta la luz, se le dará más luz; Se le invadirá de luz al que no tiene, es decir, el que no acoge la luz, perderá hasta la luz que tenía, porque al que ha visto la luz, se le hará más negra la noche y más caótica la vida. Si os cerráis a la luz, la luz no pasa de balde. “La medida que uséis, será la medida que usarán con vosotros”. El rechazo se responde con un rechazo mayor. Y cuanto mayor es el rechazo, mayores son las exigencias.
En el régimen actual de la fe, mientras peregrinamos entre la niebla, la fe es luz en penumbra, es luminosa oscuridad. La fe no es claridad de mediodía, sino luz que va avanzando. La fe del creyente está siempre en proceso de avance. A veces se acentúa el claro oscuro y la penumbra más que la luz radiante; pero el que camina en la luz de la fe, se le va encendiendo el camino. Y no habrá discordia ni atonía en el binomio fe y vida: la fe se trasluce en la vida, se hace vida que se nutre de fe.
Tal vez mis cobardías, mis oportunismos, mis miedos o mis conveniencias tapian a ratos al menos mi vida a la luz, y mi vida-luz no ha sido luz sobre el candelero; la he guardado en el baúl, sin darla a los que por mi testimonio de luz pudieran ser hijos de la luz.
Vamos a pedirle al Señor en esta Eucaristía, misterio de luz -éste es el misterio de nuestra fe- que seamos el camino iluminado por la luz de Cristo. Sobre las murallas de la ciudadela el centinela gritaba al centinela la llegada de la luz de la aurora. Y el centinela al otro centinela. Y al otro. Y todo se hacía luz. Testigos de la luz, centinelas de la luz, que anunciamos a los hermanos la llegada de la luz que ilumina a todo hombre que se abre a la luz de Dios, pues a los que la reciben, la luz, dice Juan en su prólogo, se les capacita para ser hijos de Dios.
Hijos de Dios, nos diría el Señor: Caminad mientras tenéis luz.

Homilía jueves de la II semana del tiempo ordinario
Mc 4,21-25
Escuela de Madrid conjunta
Madrid, 31 de enero de 1991


estrella navidad tiempos liturgicos

La estrella

La estrella

estrella tiempos liturgicos navidad

Los Magos, acostumbrados a contemplar el cielo e indagar sus misterios, reconocen en la estrella una estrella que trae mensaje.

La estrella no es una estrella ordinaria, para todos, sin luz particular.
Los Magos, acostumbrados a contemplar el Cielo e indagar sus misterios, reconocen en la estrella una estrella que trae mensaje. Y en la inmensidad del cosmos, tachonado de estrellas, ellos distinguen la estrella de Dios. Aquella.
Y su actitud es distinta a la que tienen ante las otras estrellas, porque aquella estrella no es una estrella cualquiera.
¿Cuál es esa triple actitud? Una actitud de búsqueda -no se quedan-, una actitud de seguimiento -no están parados- y una actitud de adoración -no están indiferentes-.

Búsqueda, seguimiento y adoración que bien pueden ser las tres actitudes -los tres regalos, los tres dones- que el Señor quiere de mí esta Epifanía.

1º Actitud de búsqueda. Si no hubieran estado mirando, indagando, contemplando el Cielo, no hubieran visto la estrella hay que levantar la cabeza: ellos indagaban la verdad –eran astrólogos- que el Cielo les podía revelar. ¿Serán tres compañeros, orientales que formaban un campo de investigadores? ¿Llegaría cada uno de una región distinta –todos, eso sí, de Oriente- que se hallan en el camino? Hay que buscar la estrella, para verla; hay que buscar a Dios para adivinarlo. Sólo los que van a la búsqueda de Dios, lo encuentran en el revoltijo de su búsqueda, plagado de mil cosas e intereses. Buscar a Dios, que se hace encontradizo en la luz de una estrella, en el fogonazo de un acontecimiento, en el deslumbramiento de un drama familiar, en el silencio de la oración solitaria, en la paz de una vida concentrada, en el bullicio de la amistad, en la calma del mar o en el estrépito de un oleaje, que sacuda nuestras vidas.

La estrella puede ser noche oscura donde también hay estrellas escondidas tras las nubes de las noches. La cuestión está en ir a la búsqueda de Dios. Por el estudio, por la oración, por el Sacramento, por la caridad al hermano.

2º Y una vez descubierta la estrella, viene la segunda actitud de los Magos: seguirla. La estrella no está fija, inmóvil, clavada. Y los Magos abandonan todos sus aparejos y todas sus familias; aprontan sus camellos…, cogen sus cofres, dejan a sus familias, sus quehaceres, sus intereses, sus caprichos…, y echan a andar a la aventura. La fe es tan grande que no se detienen ante los ríos ni los collados, ni los desiertos. La estrella continúa su camino, y ellos siguen su camino, detrás de la estrella. Son días de penalidades, de agobios, de cansancios hasta quedar extenuados. Las noches ¿dónde pasarían las noches?; ¿contemplando el fulgor de la estrella? Pero la estrella está allí y ellos siguen la estrella.
¡Seguir nuestra estrella es seguir la llamada! Esa llamada espectacular, que solo se da de tarde en tarde para torcer el rumbo de nuestras vidas, y esa pequeña llamada constante, de un detalle, de un pormenor, de un rencor escondido, de una soberbia disimulada, de una pereza invencible, de una rebeldía incontrolada… que nos detiene en el camino mientras la estrella sigue el suyo. Hay un largo camino, dice una canción actual; hay un largo camino y las voces se entrecruzan para cantar: Hay un largo camino, subir, subir, seguir más allá. Seguir, seguir; seguir, éste es nuestro sino. Seguir. Este es el sino de la estrella.
Hace algunos años, en una peregrinación a Roma, un Consiliario español de Cursillos, en la Basílica de San Pedro, apretujado por la muchedumbre, contra las vallas que se colocan en los pasillos centrales, consigue coger la mano del Papa (Pablo VI). El Papa va pasando entre la multitud enardecida. Y el pobre sacerdote, confundido entre todos, sólo acierta a decir: Santo Padre, una consigna para mis Cursillistas de Cristiandad. Y el Papa se para un momento, lo mira, y musita esta palabra: “¡Continuad!” Continuar, seguir; no cansarse; no detenerse; seguir; continuar. Esta es la consigna de esta noche: ¡Continuad! Porque continuasteis, esta noche podéis celebrar el primer aniversario de la iniciación de esta Ultreya. Porque no os detuvisteis, la Ultreya no se hundió. Porque no os cansasteis, la Ultreya tomó más altos vuelos… y siguió su estrella.

3º Hay una tercera actitud en los Magos: la estrella sigue el camino. ¿A dónde irá? Han llegado a Jerusalén. Y no temen ir a preguntar a Herodes por el Rey que ha nacido y tiene por pregonero de su nacimiento una estrella. Y Herodes consulta. Y los doctores le dicen que es en Belén donde nacerá el Mesías. Y salen de Jerusalén. Y vuelven a ver la estrella. Y la estrella se posa sobre un pobre portal. Que no llega a portal pues es un pesebre. Y entran en la morada, que en nada se parece al palacio de un rey. Y encuentran al Niño. Envuelto en pañales. Recostado en un pesebre. Y ya tenéis a los grandes de la tierra, a los representantes de la humanidad pagana, a los sabios y científicos hincados de rodillas ante el Niño, para adorarlo. Es el Eterno que se ha hecho tiempo. Es el Espíritu que se ha hecho carne. Es el Omnipotente que se ha hecho pobreza. Es el Omnisciente que no sabe hablar. Es el Dios que ha tomado talla y medida y condición de hombre. Y ante Dios solo cabe una postura: prosternarse. Arrodillarse. Adorar.
El que busca a Dios y sigue su estrella, se encuentra con Él. El que sigue su estrella, siempre encuentra a Dios. Arropado en pañales o domando el mar; echado sobre unas pajas o sobrándole canastos de pan de milagros; tiritando junto a su Madre en Belén o temblando de escalofrío junto a su Madre en la Cruz. Pero con una postura o con otra, con uno u otro rostro, se encuentra a Dios.
Un local limitado y pobre puede ser siempre la cuna de Dios… llamada, en este caso, Ultreya. Porque le hemos buscado; porque le hemos seguido, le vamos a encontrar ahora, encarnado en su Eucaristía. Adeste fideles; acercaos, los creyentes; gozosos, victoriosos, venid, venid a ver al Niño y adoradle. Nuestra vida una doxología, un canto de alabanza y adoración: Con Cristo, por Él y en Él, a Ti, Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria, ahora y en la hora de la muerte y por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía, 7 de enero de 1991
Ultreya de López de Hoyos, Madrid