Testimonio de Fernando Fernández de Bobadilla

Testimonio Fernando Fernández de Bobadilla

(Sacerdote. Rector del Seminario de Santa Leocadia. Toledo. España)

Sebastián Gayá: testigo del Espíritu y amante de la Iglesia

Escribir en un máximo de dos folios acerca de Sebastián Gayá supone, optar desde el principio por lo parcial, limitado, subjetivo e incompleto. Por tanto, escribo estas líneas convencido de que nadie que conozca a Sebastián encontrará satisfacción plena en ellas.

Conocí a Sebastián en el año 1973, en Madrid. Yo tenía 18 años. Mis padres habían sido dirigentes en el Movimiento de Cursillos en Sevilla y, al mudarnos, se habían incorporado al mismo en Madrid. Sebastián apareció por casa en algunas ocasiones y, muchas más, oí a mis padres comentarios y elogios acerca de él. Era entonces para mí un sacerdote cercano a mis padres, pero nada más.

Con el paso del tiempo –y del Señor derramando gracias en el tiempo– se fue despertando en mí la conciencia de la vocación al sacerdocio. Fue entonces cuando conocí de cerca y en lo hondo a Sebastián. Me puse en sus manos en la dirección espiritual. Era el año 1978. Él fue el sacerdote que me ayudó de manera suave y artesanal a discernir mi vocación. Ni una imposición, ni un deber, ni una exigencia, ni una obligación…

Recuerdo mis entrevistas con Sebastián como encuentros en los que descubría, por evidencia, el gozo de ser sacerdote, de estar enamorado de Cristo, de ser testigo instrumental de los milagros maravillosos del Espíritu, de amar y sufrir a la Iglesia santa y cargada con los pecados de sus hijos…

Desde ese testimonio sencillo, discreto e incisivo de Sebastián, crecía en mí el deseo de vivir todo eso, el deseo de oración, de sacrificio, de entrega, de enamoramiento de Cristo, de interés por las necesidades de la Iglesia…

Sebastián me fue enseñando y contagiando todo eso como delicado y paciente “artesano del Espíritu”.

Cuando los dos llegamos a ver que el Señor me estaba llamando a seguirle en el sacerdocio, fue cuando Sebastián me invitó a vivir un Cursillo de Cristiandad.

Me dijo: “El Cursillo te ayudará a conocer mejor a Cristo y a la Iglesia y, por tanto, la fuerza y la belleza del sacerdocio”.

Fui al Cursillo en marzo de 1979 y descubrí –como me había dicho– a un Cristo vivo y entusiasmante, a una Iglesia viva y entusiasmante y, entendí, brutalmente, que mi vida no podía tener otro sentido más que vivir por Cristo y para Cristo, entregando mi vida en su Iglesia. Era lo que Sebastián me había testimoniado tan suavemente en los encuentros de dirección espiritual… Nada nuevo en cuanto al contenido, pues era el mismo y único Espíritu el que actuaba; sí en cuanto al entusiasmo de las convicciones.

Comencé a exprimir a este “pequeño gran sacerdote”, que es Sebastián Gayá, para sacarle todo el jugo que pudiera. Y él, con una alegría y una paciencia maravillosa, se dejaba estrujar y extraer el jugo de la sabiduría y de la caridad, como quien sabe que nada es suyo, sino que todo es del Espíritu y que él lo tiene para darlo y difundirlo. Confesaba con él, acudía a su dirección espiritual, escuchaba sus rollos vibrantes en la Escuela de Dirigentes… Le confiaba todo lo mío… y él lo recibía todo como si fuera lo más importante que había ocurrido. Sebastián me transparentó la imagen del Padre bondadoso, paciente, misericordioso, fuerte, tierno, constante, siempre fecundo…; ese Padre que él describe tan preciosamente – con la mirada fija en el infinito y los ojos entornados, como quien lo está contemplando en el acto – cuando proclama el rollo de Gracia en un Cursillo o la meditación del hijo pródigo. En aquel momento crucial de mi vida, Sebastián Gayá fue el “testigo del Espíritu” que me ayudó a discernir y a echar los fundamentales cimientos de mi vocación sacerdotal.

Después, en agosto de 1980 se me concedió una gracia inolvidable: conviví con Sebastián durante 15 días en Mallorca. Yo comenzaría mi formación en el Seminario de Toledo en septiembre de ese mismo año. Visité con Sebastián los lugares históricos del nacimiento del Movimiento de Cursillos. En cada uno de ellos me iba narrando lo que ocurrió allí, lo que hacían, lo que esperaban, cómo se organizaban, qué dificultades aparecían, cómo las solventaban, qué mística les sostenía e impulsaba… Sebastián vibraba al revivir cada acontecimiento. Rezábamos y dábamos gracias al Señor en cada uno de aquellos lugares en que el Espíritu había querido sembrar los principios de esta preciosa obra de apostolado eclesial.

Comprendí cómo Sebastián había sido un “testigo e instrumento activo del Espíritu” en el nacimiento mismo del Movimiento de Cursillos de Cristiandad.

Sebastián, en cada sitio, iba reviviendo y reformulando aquellos acontecimientos de gracia, las motivaciones sobrenaturales que sostenían e impulsaban aquellas actividades, las convicciones evangélicas y evangelizadoras que fundamentaban aquellos planteamientos… Me sentía como quien estaba ante las raíces más hondas y esenciales de un gran árbol frondoso y cargado de frutos. Sebastián gustaba aquello desde hacía años y todo le era sorprendentemente familiar, para mí todo era sorprendentemente novedoso y estimulante…

Emocionante fue la subida hasta el Santuario de la “Madre de Deu”, en Lluc, oyendo a Sebastián hablar de la Señora y del gran Via Crucis que se celebró como preparación para la Peregrinación a Santiago de Compostela. Inolvidable el encuentro en el convento de S. Agustín de Felanitx con D. Juan Hervás, el Obispo de los Cursillos, anciano y en silla de ruedas, sin poder expresar palabra, pero vibrante y emocionado cuando Sebastián le invitaba a recordar las aventuras apostólicas de los inicios del Movimiento. Sobrecogedor fue entrar y rezar en “San Honorato”, el lugar donde se celebró el primer Cursillo de Cristiandad, y recibir de Sebastián su confidencia de cómo vivió aquel primer Cursillo que él había soñado con tanta ilusión, que había preparado con tanta entrega, que había esperado con tantas ansias de caridad… y que, por fidelidad a sus deberes, había vivido en “intendencia”, desde la retaguardia, desde fuera, sacrificando sus mejores deseos de estar en la vanguardia, dentro. Sebastián vivió desde el principio el necesario desapego humano a todo lo que es obra del Espíritu…

Descubrí en Sebastián un corazón grande, inmenso, ensanchado por el Espíritu y purificado por el dolor de las primeras incomprensiones propiciadas por parte de algunos “eclesiásticos”. Ni un reproche. En Sebastián he encontrado a un verdadero “testigo del amor a la Iglesia”. Puedo decir que nunca le he oído una queja o una crítica amarga referida a la Iglesia. Ha sabido ver las dificultades y pecados en la Iglesia como las mil y una “cadaunadas” que forman parte de los entresijos de todo lo que está integrado por hombres.

Y todo lo humano, todo lo verdaderamente humano, le ha interesado y lo ha amado siempre Sebastián Gayá.

Para Sebastián, con su visión y experiencia de la fe, con su gozosa y estimulante esperanza, cualquier dificultad o zancadilla ha sido siempre una oportunidad de la gracia para amar más, para crecer más y extender más el Reino de Cristo. Me llenó de asombro oír de sus propios labios cómo fue apartado de todo lo que tuviera que ver con el Movimiento de Cursillos y, marginado y arrinconado en una oficina para atender burocráticamente a los emigrantes, convirtió esa oficina en centro desde el que saltó el método y el Movimiento de Cursillos hasta los países en que trabajaban los emigrantes españoles. Supo descubrir el soplo del Espíritu en aquella situación y supo colaborar con su gracia.

Para Sebastián la Iglesia es siempre más, mucho más que lo que se puede ver de ella. Es un verdadero enamorado y “amante de la Iglesia”, Cuerpo Místico de Cristo, Pueblo de Dios, misterio, comunión y misión…

Es un admirador asombrado y agradecido, defensor y testigo ardiente, del ministerio de Pedro en la persona del Papa, sea quien sea – Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I o II – el que encarne ese ministerio de comunión en la fe y de confirmación en la caridad y en la verdad. En Sebastián he tenido la suerte de poder reconocer al “sacerdote de cuerpo entero” que ha sabido beber de la gracia de Dios en la Iglesia antes, durante y después del Concilio Vaticano II, perseverando siempre fiel a lo que es esencial, permanente y absoluto: la acción del Espíritu que la anima y santifica…

Si he de reducir aún más mi testimonio acerca de Sebastián Gayá, lo sintetizaría en esta expresión: el sacerdote fiel, testigo del Espíritu y amante de la Iglesia.

Toledo (España), 20 de octubre de 1998
Testimonio recogido en el libro
«Conversaciones con Sebastián Gayá» de Mariví García. Madrid. 2005

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Testimonio de Maruja Notario

Testimonio Maruja Notario

(Dirigente de Cursillos de Madrid)

Conocí a D. Sebastián el año 1966. Hacía un año que habíamos llegado a vivir a Madrid, procedentes de Cuenca. Él fue mi director espiritual durante toda mi vida. Conviví con él en muchos cursillos y era una vida plena. Cursillos fue el gran ideal de su vida. D. Sebastián fue un hombre fuerte en sus últimos tiempos. Sebastián creía en Dios y hacía creer a los demás, y en su Providencia.

Era caritativo y pobre, pues nada se quedaba para él. Tenía una claridad enorme y sus consejos eran siempre eficaces. Tenía finura y bondad para con todos. Fue un sacerdote especial, era un santo. Nunca se atribuía sus éxitos, que eran muchos, disculpaba siempre y nunca le vi enfadado.

Para mí no ha muerto, me acompaña en muchos momentos y circunstancias: el 17 de enero de 2010 tuve su presencia en un momento muy doloroso, pues un nieto mío que estudiaba en Praga tuvo un accidente en la nieve muy grave. Fue una noche muy dolorosa, mi hijo estaba desgarrado, no podía consolarlo. Me fui a mi habitación y se lo expuse a Sebastián para que él se lo pidiera al Señor. Al día siguiente mi hijo pudo ir a Praga a ver a su hijo y no había sido lo que en un momento creímos. Cada noche rezo a Sebastián porque para mí es un santo.

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Testimonio de Dolores Garcia-Murga

Testimonio Dolores Garcia-Murga

(Dirigente de Cursillos. Burgos. España)

No creo ser la única a la que le falten palabras para expresar quién es Sebastián Gayá, y qué ha significado y significa en mi vida, pero no me resisto al gran esfuerzo para colaborar en un HOMENAJE, con mayúsculas, hacia él. Lo conocí muy niña, en casa se repetía el sonido del teléfono “papá, es Sebastián” y así, despacio, entró y está en casa y en la vida de cada uno de los García-Murga.

Aquel sacerdote tan amigo de mi padre se hace amigo de todos y, por supuesto de mí. En mi adolescencia y juventud, con mi carácter apasionado e inquieto, recuerdo sus primeras visitas a casa, siempre escasas para lo que deseábamos; poco a poco voy entrando en las conversaciones, hay cosas que voy entendiendo, otras no…

Con Sebastián se habla de todo, pero siempre entran los Cursillos. En mis primeros años, yo vivo la experiencia del primer Cursillo mixto de Madrid; procuro, con verdadero entusiasmo –palabra que como otras muchas aprendí de él– conocer el Movimiento de Cursillos a fondo y siempre me he sentido privilegiada al escuchar y vivir tantos momentos con él. Recuerdo el verano de 1981 cuando estuvimos en su casa de Mallorca y recorrimos sin prisas y disfrutando todos los sitios y escenarios del Movimiento.

Junto a Sebastián he trabajado en Cursillos más de 20 años. Cuanto más se conoce a alguien, más se quiere, y eso es una gran verdad.

Como a muchos de nosotros el Cursillo marcó un antes y un después en mi vida, y no olvido dar gracias a Dios por ello, muy a menudo, y dar gracias a Dios por servirse de Sebastián Gayá para crear y potenciar esta obra de Iglesia.

Estoy convencida de que si no hubiera seguido unida a Sebastián y al Movimiento de Cursillos hoy mi vida hubiera tomado otro rumbo; ¡Hay tantas circunstancias que influyen!, pero mantener su amistad, fomentar su cariño fraternal, seguir su ejemplo de entrega y dedicación, me sirve día a día para que aquella joven universitaria, hoy profesional, esposa y madre de familia, siga trabajando en la Iglesia de Jesús, porque un día encontró a Sebastián Gayá y a los Cursillos de Cristiandad.

Burgos (España), 19 de octubre de 1998
Testimonio recogido en el libro
«Conversaciones con Sebastián Gayá» de Mariví García. Madrid. 2005

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Testimonio de Laura Zaballos

Testimonio Laura Zaballos

(Dirigente de Cursillos. Madrid. España)

Quisiera aprovechar esta ocasión para testimoniar lo inolvidable que resultó para mí vivir la experiencia de un Cursillo de Cristiandad y también quisiera poder expresar, en breves palabras, mi vinculación al Movimiento de Cursillos. Fue durante aquellos imborrables días cuando descubrí que la verdadera felicidad era saber que Dios me amaba, a mí particularmente, y que nunca me dejaría, al contar Él conmigo y en consecuencia yo con Él, desde aquel mismo momento.

Después de mucho pensarlo, comprendí, que el Señor me llamaba para trabajar en este Movimiento de Evangelización, gritando al mundo que Dios existe y que nos ama. Así fue, como a partir de ese momento me incorporé a participar en este Movimiento de Iglesia. Concluía mi Cursillo en la Clausura del día 20 de enero de 1967. Han sido 31 años con muchos altibajos, unas veces con deseos de retirarme y otras con ganas de continuar. Posteriormente, por circunstancias familiares, supe lo que significaba la soledad; y agradecí el apoyo y solidaridad que recibí de las personas con las que he convivido durante estos años. En el Movimiento encontré fortaleza para aliviar mis momentos difíciles.

En el transcurso de estos años he perseverado con gran fidelidad. Conocí a un sacerdote: Sebastián Gayá; pequeño en altura, pero grande en santidad; un sacerdote que me enseñó a amar a Dios y a mis hermanos los hombres y a darme cuenta de cual era mi camino, transmitido a través de sus palabras.

Ha sido también una persona que ha sacrificados su tiempo para escuchar mis problemas, así como mis inquietudes. En fin, un servidor de Dios que ha significado mucho en mi vida y cuyo afecto hacia él es muy grande. En los momentos importantes de mi vida, lo he tenido siempre a mi lado. Estuvo conmigo cuando casé a mi única hija, cuando celebré mis 25 años como cursillista – con una entrañable Eucaristía en mi propia casa – y sobre todo en los periodos de mi dura enfermedad, rezando mucho por mí y dándome ánimos con gran amor y esperanza para seguir el camino y no desfallecer. A partir de ahora, lo único que yo puedo hacer por él es rezar para que el Señor le permita permanecer mucho tiempo aún entre nosotros y para que al final de la jornada le otorgue su recompensa.

¡Sebastián, te necesitamos!

Madrid (España), 29 de octubre de 1998
Testimonio recogido en el libro
«Conversaciones con Sebastián Gayá» de Mariví García. Madrid. 2005

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Testimonio de Rafael Morales

Testimonio Rafael Morales

(Dirigente de Cursillos. Madrid. España)

Septiembre de 1998: “Si… bien…; mañana jueves a las 13.15”. Allí estoy. Acogedor, sencillo, ligera sonrisa. ¡Qué fácil robarle el tiempo que no tiene! Mi bullicio madrileño se calma, desaparece… Empiezo a soñar.

Corría el año 1963. Un compañero de clase venía de descubrir algo, un movimiento cristiano importante. Me dije: ¡Uf! Esto no es para mí.

Recorrí mundo. Anclé en Madrid. 1989, en mayo. Un amigo, Paco el marino, me espeta: ¿Tienes algo que hacer el próximo fin de semana? No. ¿Perteneces a…? No. ¿Te vienes a hacer un Cursillo de Cristiandad? Bueno… Me prometí un fin de semana tranquilo, en silencio, haciendo un alto en mi eterno peregrinar con rumbos poco definidos. En Cibeles, junto a Correos, a las seis de la tarde, ¡qué bullicio! Cada minuto que pasaba iba encontrando más alegría, más entrega, más normalidad. Efectivamente era verdad aquello de “no te lo puedo explicar. Tienes que vivirlo”. Allí estaban Mariano Vázquez, sacerdote, a quien conocía sin saber que era cursillista; Mariví como rectora a quien antes no conocía; José María P.C.; Carlos B,…, que compartieron mi primer cursillo y se han convertido en verdaderos soportes en mi nuevo caminar.

En la primera noche, en la capilla, un cura menudo en el que no había reparado, de ojos vivarachos, de palabra precisa y apasionada, inmutable, captó nuestra atención; sus palabras se dirigían a cada uno de nosotros en particular. Dejé mis inquietudes y se abrieron interrogantes de más altura. Encontré una manera especial de vivir la Iglesia, el Espíritu  soplaba intensamente. Y comenzamos nuestro “cuarto día”, unidos en la amistad que brota de corazones abiertos plenamente al ideal común, Jesucristo.

¡Qué manía! ¡Sólo hay una isla, Mallorca, que merezca tal nombre! Y así nació la amistad entre el maestro mallorquín y el discípulo canario, difícil, desorganizado y profundamente independiente. A los pocos meses abandoné Madrid. Permanezco unido al equipo madrileño. Siento la necesidad de este ambiente, de mis charlas con Sebastián y Mariano: teléfono, cartas precisas, nuevos cursillos en común, visitas esporádicas enriquecedoras, ilusiones en común. El campo de amistad con nuevos cursillistas se agranda, comparto alegrías y dificultades.

En Sebastián he encontrado un buen “compañero en mi peregrinar” que, con suaves tirones de oreja, paciencia y amplitud de miras, va enderezando mi camino, haciéndome sentir que no sólo puedo recibir, sino que en Cursillos también puedo aportar mi granito de arena en nuestra conversión al Señor.

Con su entrega, su capacidad de trabajo, su humildad, su saber estar en primera línea – irradiando al Espíritu – para ceder rápidamente la preeminencia a los demás, se convierte en un reto para mi vida, para la vida de tantos jóvenes y menos jóvenes.

“¿Sí, Sebastián?”. “Despierta. ¿Puedes ir al cursillo del puente de la Inmaculada?”. “Sí”. “Darás el rollo de Iglesia”. “Sí”. Salgo a la calle. Son cerca de las tres de la tarde. El Caballero de Nuestra Señora de Lluc sigue vigilando.

                                                                                               Ferrol, Coruña (España)
25 de octubre de 1998
Testimonio recogido en el libro
«Conversaciones con Sebastián Gayá» de Mariví García. Madrid. 2005

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juan garcia murga

Testimonio de Juan García-Murga

Testimonio Juan García-Murga

(Rector de Cursillos. Madrid. España)

juan garcia murga

Conocí a Sebastián Gayá a finales de 1967, cuando vine a Madrid a ocupar un nuevo destino en mi carrera. Había hecho yo el Cursillo de Cristiandad número diez de Badajoz, al que me llevaron para que lo viviera como el medio de apostolado que como principal tenían los Hombres de Acción Católica, en cuyo Consejo Diocesano estaba plenamente insertado. Ciertamente me convenció y durante siete años, hasta mi traslado a Madrid, me vinculé al Cursillo, tuve reunión de grupo, participé como responsable en varios y asistí a las clausuras. En realidad, no había descubierto lo que realmente era – es – el Movimiento: sólo lo veía como un medio de captación de hombres para la A.C.

Desde entonces – sin interrupción en estos treinta años – hago reunión de grupo con Sebastián, con el que además de los encuentros semanales con él y en la Ultreya, como los de la Escuela, he multiplicado – bendito sea Dios – los contactos personales. Es mi director espiritual desde entonces; hemos estado juntos en un montón de Cursillos, en convivencias – aquellas estupendas de Iglesia, suyas en la idea y el desarrollo – en jornadas de estudio, un ciclo en el Secretariado Nacional… Hemos viajado, hemos cruzado incontables llamadas de teléfono. Compartimos con él su casa de Mallorca una semana y con él visitamos, estudiamos y rezamos en los lugares donde se inició el Movimiento de Cursillos.

Debo a Sebastián – si es que tengo que buscar algún ejemplo significativo entre tantas cosas – de una parte, una idea clara sobre la libertad cristiana, para la que Cristo nos llamó, que ha significado mucho en mi vida espiritual. De otra, el descubrimiento de la Iglesia, a cuyo servicio siempre me ha ayudado.

Por supuesto siento un claro enamoramiento por el Movimiento de Cursillos. ¡Hay que oír a Sebastián hablar de él! Hay que seguirle cuando va detallando conceptos “movimiento de Iglesia”, “método propio”, “vivencia de lo fundamental cristiano”, “fermentación evangélica de los ambientes”, “descubrimiento y respeto de la vocación personal” … Es imposible – a mí me lo resultó, desde luego – no entusiasmarse.

He aprendido tanto de Sebastián que me resulta difícil contarlo. Y, por supuesto, me resulta más difícil todavía qué ha significado – qué significa – en mi vida. Me lo he preguntado, para redactar estas líneas, en presencia del Señor: maestro, consejero, director, padre espiritual…

En definitiva, me parece que la palabra más correcta, entendiéndola según el Evangelio, para explicarlo, es la de amigo.

Contigo, Sebastián, amigo.

Madrid (España), 19 de octubre de 1998

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Testimonio de Jaime Bonet

Testimonio Jaime Bonet

(Sacerdote. Fundador del Verbum Dei. España)

Sebastián, Heraldo, Apóstol y Maestro del Evangelio

La vida de D. Sebastián Gayá Riera me evoca la personalidad del gran Apóstol de las gentes, San Pablo. Sin duda, lo que más y mejor caracteriza a nuestro Director Nacional del Secretariado de Cursillos de Cristiandad en España, es el triple título, y realidad con que el Apóstol Pablo se sentía agraciado del Señor: El ser constituido, por el mismo Cristo, Heraldo, Apóstol y Maestro del Evangelio.

D. Sebastián, a sus 24 años, inició su magisterio de formador de apóstoles. En aquella edad tuve yo la singular gracia de Dios de encontrarme con él y de seguirle en calidad de discípulo.

Desde aquellos días D. Sebastián, sin interrumpir ni menguar su ritmo de formador de apóstoles, ha ido siguiendo, más bien en progresión ascendente, su magisterio hasta el día de hoy, a sus 85 años. Tal historia fácilmente se dice, más raramente se repite.

Quiero mencionar con ello que no he conocido persona más trabajadora, con mayor celo apostólico y de fe más viva en la Palabra de Dios. Esta tenacidad – condición de toda gran personalidad – impulsada por el Espíritu de Cristo, le ha mantenido a D. Sebastián con la mano apretada al mismo arado y sin jamás volver la vista atrás.

Porque, además, esta dura tarea de forjador de apóstoles, oficio propio del pastor, implica un ir siempre por delante, haciendo camino al andar, logrando que los discípulos le sigan sin que se arredren ni se desvíen. Es necesario que las ovejas le conozcan y que el pastor conozca a sus ovejas, una por una, llamándolas por su nombre. El numeroso rebaño de D. Sebastián permanece hoy en su longeva memoria. Tal fenómeno sólo acontece cuando el amor del pastor se eleva por encima del número de sus discípulos y supera el peso de los años; cuando es más fuerte que la muerte porque desciende de lo alto.

Ardua labor la de nuestro maestro, D. Sebastián, permanente labor, de una existencia necesariamente marcada por el Misterio Pascual de muerte y resurrección, actualizadas al día, como fiel seguidor del Supremo Maestro. Y así y así, día a día, hora a hora, al paso que le marca el corazón ya gastado. Mientras tanto, apuntando siempre a que sus discípulos “vean cosas mayores” y “hagan obras mayores que él”.

Hacer no es más cómodo ni más fácil que el mucho hacer. Y este pareciera ser el lema y el destino, providencial para muchos, del que ha sido maestro de sucesivas generaciones y de fecundas, y variadas, promociones de apóstoles que, con fruto abundante, trabajan, desde la primera hora de la jornada hasta la última, en la viña del Señor.

Por lo que la sementera de D. Sebastián, aunque de vastísimo horizonte, no representa, a primera vista, la panorámica real de su extensa acción apostólica. Porque su verdadera influencia eclesial es, precisamente, la que encierra el núcleo genuinamente vital del Reino de Dios; es la que el Señor de la mies señala como semejante al “grano de mostaza” que, germinando y crecido, permite que en sus ramas aniden las aves del cielo; o como un puñado de levadura que, escondido entre la harina, va fermentando la gran masa que abastecerá de pan a multitudes.

En efecto, D. Sebastián, Delegado General del apostolado diocesano de Mallorca, cuna de los Cursillos de Cristiandad, tenía, además, el cargo de Vicario General del Obispo, Pastor nato de toda la Diócesis. A su Vicario y Delegado correspondió el cometido concreto, y explícito, de cuidar la gestación, organización y dirección, así a él personalmente encomendada por el Obispo, con razón conocido mundialmente como el Obispo de los Cursillos de Cristiandad, Monseñor Hervás, de tan gratísima memoria. Quedaba D. Sebastián como primer responsable y ejecutivo del naciente Movimiento de Cursillos de Cristiandad, fermento de renovación cristiana de los cinco continentes.

Pocas raíces humanas subsisten con vida, de las que germinó la encina grande de los Cursillos de Cristiandad. Una de estas raíces matriz, tal vez la más oculta, por más profunda y vital, permanece hondamente enraizada en el humus del Espíritu generador de los Cursillos de Cristiandad: es nuestro querido, D. Sebastián. Y sigue el maestro transmitiendo, con su primigenio vigor, la savia divina al árbol de la Vida, cuya semilla se va multiplicando, sembrando esperanza en áridos valles y desiertos arenosos de nuestra iglesia. Gracias, gracias, buen maestro D. Sebastián.

Loeches. Madrid (España), 19 de octubre de 1998
Testimonio recogido en el libro
«Conversaciones con Sebastián Gayá» de Mariví García. Madrid. 2005

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Testimonio de Julio Gil

Testimonio Julio Gil

(Rector de Cursillos. Nafra. Portugal)

Dios –en su incomparable generosidad– me concedió un extraordinario trípode – además de aquel que tan bien explica en los rollos –, probablemente para asegurarse mejor de mi conversión: Deolinda –mi Madre–, María Julia –mi Esposa– y Don Sebastián Gayá –mi Maestro–.

Naturalmente me ayudaron otras muchas personas, pero fue la dedicación y el interés de estos tres apóstoles y la atención que les presté, lo que les confirió un toque especial.

Conocí a Don Sebastián en la Ultreya de Claudio Coello, en Madrid, hace ya unos 22 años, ocho años después de mi Cursillo en Portugal. Resulta imposible recordar todas las grandes ocasiones vividas con él, o los momentos por él propiciados y de los que yo fui testigo; recordarlos me trae siempre a la memoria más y más recuerdos de vivencias en las que sin ningún género de duda hay siempre un beneficiado: yo mismo.

A Don Sebastián le gusta la tranquilidad de estas tierras a dos pasos del mar, que suele llamar “su Betania”, su retiro de paz que estará aquí siempre esperándole.

María Julia solía guardar todos los escritos de Don Sebastián desde un nuevo Rollo de Acción hasta la media docena de líneas garabateadas en un papel con las que enviaba un simple recado; ella llamaba a la caja donde guardaba todos estos papeles “nuestro relicario”.

Llegamos a guardar también varios cuadernos de notas donde recogíamos el mensaje de las charlas de este extraordinario Director Espiritual de la Escuela de Dirigentes cuando estaba en la calle Magallanes, y María Julia, decía que intentaba tomar el máximo de apuntes pues uno nunca sabe si pueden llegar a ser de utilidad en el futuro. Y lo fueron, lo son, y lo continuarán siendo en la formación y el trabajo apostólico de los cursillistas de estas tierras de Cristo.

Y, por si lo anterior fuera poco, Don Sebastián me invitó a ser parte de su grupo hasta que volví a Portugal.

De ahí que pensar en Don Sebastián me hace recordar homilías, charlas, encuentros, viajes, trabajos, problemas…, que siempre terminaban en unirnos más y en fortalecer nuestra fe; lo que me lleva también a la conclusión de no saber dónde reside su mayor mérito: si en la palabra que dice o escribe, en su sabiduría, en su poesía, en el toque del Espíritu Santo, en su permanente disponibilidad para cualquiera, en su santa modestia, en la profunda amistad que nos brinda.

Nafra (Portugal), 15 de octubre de 1998
Testimonio recogido en el libro
«Conversaciones con Sebastián Gayá» de Mariví García. Madrid. 2005

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Testimonio de José Pacheco

Testimonio José Pacheco

(Rector de Cursillos. Expresidente Diocesano de Cursillos en España)

A los dieciocho años, del nueve al doce de febrero de mil novecientos setenta y ocho, tuve el privilegio de hacer un Cursillo de Cristiandad. Privilegio porque ese Cursillo cambió la orientación de mi vida, incorporándome de una manera consciente a la corriente salvadora de la Iglesia.

En ese Cursillo el Director Espiritual era Sebastián Gayá. Durante el Cursillo hablé varias veces con él. Él supo hacerse el encontradizo en aquella labor de pasillo y sus palabras fueron preparando mi corazón para el encuentro con Cristo…

Creo que tuvo la suerte de ser el “criado” del Padre del hijo pródigo, que preparó el mejor vestido para mí y corrió a ponerme un anillo en los dedos y unas sandalias en los pies.

Tal vez él hubiera deseado ver pronto en mis ojos los destellos de luz que irradian los vuelcos de corazón. Pero eso no era posible porque yo tenía el corazón de piedra, bloqueado por la razón que todo quería entenderlo.

El Cursillo estaba casi terminado. Creo que todos habían encontrado al Señor, menos yo. En el entrañable comedor de la casa de Guadalajara acabábamos de merendar y rezábamos el Rosario antes de salir para la Clausura del Cursillo. En el último misterio, Sebastián pidió, a través de la Virgen, que se hiciera luz en uno de los presentes que buscaba con sincero corazón y no terminaba de “ver”.

En las últimas avemarías, mientras la Iglesia que había rezado por nosotros cantaba en los pasillos el “De Colores”, sentí mi corazón inundado por la Luz Divina y, en apenas unos segundos, con lágrimas en los ojos, entendí la razón de mi vida y la alegría de sentirme inmensamente agraciado.

Nunca olvidaré los ojos limpios de aquel “criado” llevándome cerca del Padre.

Muchos años después, en 1993, fui llamado a presidir el Movimiento de Cursillos de Cristiandad en España. Entonces tuve la suerte de trabajar -¡paradojas de la vida!–, en esta hermosa parcela de la Viña que es el Secretariado Nacional, con aquél pequeño “criado” de ojos claros que tantos años antes había sido elegido para dirigir mi Cursillo. Habían pasado muchos años, sin duda muchas viñas habrían sido podadas, incluso algunas, arrancadas de cuajo; sin duda muchos racimos habrían sido ya seleccionados; mucha habría sido la tarea de todos aquellos años pasados… Pero, en definitiva, allí seguía trabajando incansablemente, el “criado” al servicio del Viñador.

En los cuatro años de mi servicio, junto a otros queridísimos hermanos, tuve la suerte de trabajar con Sebastián. Su colaboración en todos los temas que se le pidieron, su conocimiento del Movimiento, su amistad sincera y su extraordinaria fidelidad al carisma inicial –sabiendo adaptarse a los tiempos de hoy desde la captación profunda de lo esencial, dejando a un lado lo accesorio y caduco– fueron para mí todo un testimonio.

Que Dios premie su entrega y servicio a los demás y, muy especialmente, al Movimiento de Cursillos, al cual quiso consagrar su vida, con la oportunidad de seguir siendo “el criado” del Padre para muchos más hijos pródigos.

Dios te bendiga, Sebastián. Gracias por todo.

Leganés, Madrid (España), 14 de octubre de 1998
Testimonio recogido en el libro
«Conversaciones con Sebastián Gayá» de Mariví García. Madrid. 2005

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mariano vazquez

Testimonio de Agapito Díaz Cabrera

Testimonio Agapito Díaz Cabrera

(Sacerdote diocesano. Ávila. España)

mariano vazquez

Mi conocimiento y posterior trato con don Sebastián Gayá Riera no vienen precisamente a través del Movimiento de Cursillos, sino por otra vertiente de su excepcional personalidad.

Yo le conocí en los últimos días de noviembre del año 65, a mi regreso de Ginebra a Madrid, llamado por Monseñor Fernando Ferris Sales, Delegado Episcopal de la Pastoral de Migraciones.

Sustituí precisamente a don Sebastián en el cometido que él tenía encomendado en la Sede de Migraciones, en el número 10 de la calle Guadiana. Puedo decir que, desde aquellos primeros contactos y en los años siguientes en los que ha seguido y sigue una amistad entrañable por ambas partes, he visto siempre en don Sebastián a un sacerdote cabal, tal como le ha necesitado y necesita la Iglesia de nuestro tiempo.

Su capacidad intelectual y su gran corazón me han parecido siempre encomiables, cien por cien. Su modestia y su humildad, verdaderamente admirables.

Sus pruebas de amistad para conmigo, dignas del mayor elogio.  En su faceta de director y animador de los Cursillos de Cristiandad le he conocido menos, pero las referencias que he tenido de él han sido siempre ejemplares.

Ávila (España), 12 de octubre de 1998
Testimonio recogido en el libro
«Conversaciones con Sebastián Gayá» de Mariví García. Madrid. 2005

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