felicidad vida cristiana

La felicidad

La felicidad

felicidad vida cristiana

Llegaremos a Aquel que, por ser el camino, la verdad y la vida, es la fuente de toda felicidad: “la vida eterna está en que te conozcan a Ti, Padre, y a Aquel que Tú has enviado”.

Esta tarde me he entretenido en buscar el concepto de felicidad, que nos encandila y apasiona y nos aprisiona a todos. Hagamos lo que hagamos, vamos a la búsqueda de algo o de Alguien que pueda hacernos felices.
El año pasado, hace un año, se tuvo en Madrid un congreso bajo este lema: “Felicidad: ¿ser o tener”?
Intervinieron grandes personajes del pensamiento: pedagogos, sociólogos, psicólogos y filósofos.
Para el Catedrático de Psiquiatría, Enrique Rojas, la felicidad es un estado de ánimo gratificante, que hace que nos encontremos satisfechos con nuestras vidas”. Para ello, dice, hay que basarlo todo en dos pilares: tener una personalidad hecha, y tener un proyecto de vida con tres vertientes fundamentales: el amor, el trabajo y la cultura: la cultura hace al hombre más humano; el trabajo nos coloca al servicio de los demás; el amor nos transforma por dentro y por fuera.
1) Para tener personalidad se requiere conocerse a uno mismo con sus aptitudes y sus limitaciones y el saber gobernarse a sí mismo, que es el gobierno más difícil que existe.
2) En cuanto al proyecto de vida, las claves, según el Dr. Rojas, están en el orden y la constancia: el orden, que es el establecimiento de una auténtica escala de valores, y en la constancia que es la fidelidad a la coherencia dentro de esta escala de valores. “El hombre feliz, concluía Rojas, es el que tiene paz consigo mismo”.
“El corazón de la paz está en la paz del corazón”, ha dicho Juan Pablo II.
Y el Evangelio de esta tarde nos da la solución a todo: “No perdáis la calma” (Juan 14,1)
Para José Luis Pinillos “la felicidad no se da al que se ocupa de ella; viene como resultado de otras cosas”. El logro de la felicidad propia está en procurar la felicidad del otro.
Es un error, dice, buscar la felicidad en el hedonismo, porque el placer dura poco, y, como es efímero, conlleva a corto plazo la infelicidad: el hedonista vive siempre en plena ansiedad, por miedo a perderlo todo y quedarse a solas consigo.
La segunda opción es el estoicismo, postura con la que el hombre se desentiende de todo lo que le rodea y no deja que nada le afecte. Esta es una postura tan errónea como la anterior.
La tercera opción, decía Pinillos, Catedrático de Psicología, es la que parece extenderse más en nuestra sociedad: la vida “light”, que busca la comodidad por encima de todo y sin trascendencia alguna. La televisión lanza un mensaje de comodidad y de lujo, y cualquier otro valor queda desprestigiado.
Frente a todo esto, decía Pinillos, “necesito creer en algo superior a mí, algo que no es finito. Lo hago porque, a lo largo de mi vida, he pasado muchas vicisitudes; he estado incluso cerca de la muerte, y, sin embargo, alguien me ha hecho llegar hasta mí. Nunca he ido buscando “las cosas”, y en cambio he recibido mucho”. El valor de lo trascendente es el valor de la felicidad. Más de quince siglos atrás lo había expresado San Agustín con aquella frase lapidaria: “Hemos sido hechos, Señor, para Ti, por eso nuestro corazón no tiene quietud hasta que la consigue en Ti”. Ahí está la fuente de la felicidad.
Para Julián Marías la felicidad se nutre de ilusión, y se halla en las personas, por tanto, en el amor. El autor de “La felicidad humana” quiere huir del pesimismo, aunque reconoce que la vida humana está en la inseguridad…, que no le deja ser feliz; sin embargo, la incertidumbre que rodea al hombre dice, es lo que dota a la vida de la constante aspiración a lo nuevo. No obstante, por ser realista, al comparar la sociedad del siglo pasado con la nuestra, reconoce que “antes tenían más proyectos y menos recursos, y ahora tenemos más recursos que proyectos. La consecuencia de ello es un enorme aburrimiento”.
Marías parte de la afirmación de que la felicidad “es un imposible necesario”; pero, “a pesar de que alcanzar la felicidad en esta vida, no es posible, no podemos renunciar a ella”. Es terriblemente equivocada la idea del hombre actual, de que la felicidad está en la seguridad, pues “ello le lleva a no creer en una vida después de la vida”, “porque el hacerse preguntas sobre el futuro después de la muerte le produciría una gran inseguridad, y entonces se conforma con sucedáneos”.
“Si no le pedimos algo a cada día, la felicidad no es posible; pero los proyectos que debemos acometer son aquellos que están en nuestras manos: “podemos desearlo todo, pero no podemos quererlo todo, sino sólo aquello que nos es posible”.
¿Qué es nuestra actual sociedad del bienestar? Marías contestó: “un enmascaramiento, que ha hecho muy difícil alcanzar la felicidad”.
Llegaremos, más allá de los filósofos, a Aquel que, por ser el camino, la verdad y la vida, es la fuente de toda felicidad: “la vida eterna está en que te conozcan a Ti, Padre, y a Aquel que Tú has enviado”.

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conversion

La conversión

La conversión

conversion vida cristiana

La conversión es un proceso. Como en todo proceso hay que proceder cada día. Y el día que no se procede hay o un paso atrás o un paso vital.

Hemos llegado. ¿Dónde? ¿A la cumbre? ¿Se habrá terminado lo que debía dar? ¿Quedará satisfecho Dios y no me pedirá más?
En otras palabras. ¿Ya no me queda más por hacer?
La respuesta es fácil: Nos hallamos en un inicio de reconversión -eso que se lleva ahora tanto- no industrial para otros.
Pero todos empezamos. Yo también. Cada día.
Y es que la conversión no es un fenómeno que se dé en su totalidad en un momento dado.
La conversión es un proceso. Como en todo proceso hay que proceder cada día. Y el día que no se procede hay o un paso atrás o un paso vital.
La conversión es un camino al que nunca se llega: Sed perfectos como mi Padre.
Para ti y para mí mañana es la oportunidad no de jugar al bingo o de aguantar al marido o de renegar de la cuñada o de despreocuparse de todo -y de todos- Mañana es la oportunidad que me da el Padre -un invento que hace el amor- para que dé un paso adelante. ¿En qué?

Tú sabrás. Mañana, más sincero; mañana, más limpio; mañana más humilde; mañana más responsable; mañana más pacífico; mañana más justo; mañana más auténtico; mañana más generoso; mañana más sacrificado; mañana, mañana, mañana ¡la hora de Dios!

Si Dios no supiera que mañana puede ser mi hora, tal vez no habría mañana para mí.
¡Conversión progresiva es un progreso en la conversión! Para el Papa y para el atracador. Para el monje y el terrorista. Mi mañana.
Yo saludo cada mañana. Mañanita de mi Dios, regalo que puso el Señor; la herramienta que mi alma tiene para llegar a Él.
Mañana es don y es gracia; mañana es paz y conversión; mañana es la lotería que me regala el buen Dios.
¡Conversión! ¡Conversión!
Hay un adagio en la filosofía oriental, que dice: Con solo respirar ya soy feliz.

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Etapas de un Peregrinar. Etapa VIII: Itinerario del peregrino de Cristo

Etapa VIII:
Itinerario del peregrino de Cristo

I. NUESTRA META SUPREMA

Ser del grupo de auténticos apóstoles que lleven a los jóvenes a los pies de Cristo. La conquista de las almas se lleva a cabo por minorías que actúan sobre las masas; a mayor virtud sobrenatural se requieren menos Apóstoles; a mayor virtud sobrenatural es más eficaz su influjo.

Queremos ser luz copiosa para los jóvenes en tinieblas.
Queremos ser sal no desvirtuada para los jóvenes corrompidos.
Queremos ser fermento eficaz para los jóvenes indiferentes.
Queremos ser guías de jóvenes que peregrinen hacia la santidad.
Nuestra misión es ésta: conquistar; conquistar; conquistar siempre.

II. NUESTROS CAMINOS: Piedad, estudio, acción.

  • A. PIEDAD: METAS PARTICULARES
    1. Conservaré y defenderé a Cristo que está en mi alma por la vida de la Gracia. Los medios son:
      • Ser centinela para avizorar y ahuyentar los peligros.
      • Luchar, a brazo partido, cuerpo a cuerpo contra el mal.
      • Orar frecuente, confiada y perseverantemente. Mi mejor oración es mi actuación en la Misa. Mi mejor abogada en la oración, mi Madre Corredentora y Mediadora de todas las gracias.
    2. Desarrollaré a Cristo en mi alma. Los medios son:
      • La Gracia sacramental: haré fructificar mejor el Bautismo y la Confirmación que me hicieron miembro y soldado de Cristo; recibiré con más asiduidad y fervor la Penitencia y la Eucaristía. Sin Eucaristía no se puede vivir.
      • El estudio de Cristo. El que le desconoce, no puede ser conscientemente su miembro.
      • El mérito personal, adquiriendo virtudes genuinamente cristianas.
      • Buscaré en todo la voluntad de Dios: para Él, sólo una respuesta: “Si, Padre”.
      • Amaré la Cruz: soy hijo de un Cristo incómodo.
      • Me entregaré a la caridad: sin ella, seré lo que sea, pero de Cristo, no.
      • Defenderé como un alcázar mi pureza; y la pureza, como la nieve, baja de lo alto.
      • Querré a la mujer con el amor-tipo: como Cristo ama a su Iglesia. Así; sólo así, siempre así.
  • B. ESTUDIO: METAS PARTICULARES.
    1. Voy a conocer al Cristo personal, por el Evangelio la Tradición; y al Cristo Místico en la auténtica historia de la Iglesia y en los documentos pontificios. La palabra y la actitud de Roma será mi palabra y mi actitud.
    2. Voy a dar de lado esa literatura desleída, fofa, de vulgarización: Los seleccionados por Cristo deben ser espíritus selectos: a mayor desarrollo de Cristo, mayor conocimiento; mis fuentes serán la Sagrada Escritura y las normas pontificias.
      Voy a reflejar esas enseñanzas en mi vida: mis brazos y mi corazón vibrarán al ritmo de mi mente, llena de Dios.
  • C. ACCIÓN: METAS PARTICULARES.
    1. Imprimir en todas las almas de los jóvenes de Mallorca a Cristo: El miembro que no hace discurrir la vida a la Cabeza, o es miembro acéfalo, o atrofiado, o enfermo. El joven que no actúa es un viejo de veinte años.
      Y hay que evangelizar aún sin esperar la capacitación completa del conquistador; de otra suerte, Cristo andará siglos padeciendo de sed.
    2. La técnica de conquista de las almas: Es una lucha violenta entre Cristo y el mal. Exige tres cooperaciones: la divina, siempre indispensable y eficaz; la del pecador, indispensable, pero no siempre eficaz; la del apóstol, ordinariamente necesaria, pero no siempre indispensable ni eficaz.
      Al final de la lucha, el apóstol de A.C. es responsable, como lo es, en su orden, la Jerarquía, no del éxito sino de la falta de cooperación humana y sobrenatural, en la ejecución de las directrices que los pastores propongan.
    3. Mis armas son:
      • Echar mano de todos los medios humanos, como si de ellos dependiese el triunfo.
      • Las manos cruzadas no son manos de Cruzados.
      • Hasta con simpatía iré abriendo surcos al bien.
      • Distribuir a diestra y a siniestra la palabra y el sentir de Cristo. No soy cisterna hueca, sino fuente que salta.
      • Orar pidiendo la cooperación de Dios y del pecador. Las rodillas de los Centros son tremendas catapultas contra el mal.
      • Sufrir por Cristo y las almas todos los sacrificios. Todas las victorias bajan de una Cruz.
      • Romper, con nuestra acción, esa muralla de prejuicios de los que no vienen porque no sabemos qué hacer.
      • Tener ante el peligro, prudencia audaz; ante el combate, firmeza invicta cimentada en Dios; en el uso de las armas, dulzura y amor.

Somos herederos del Apóstol del “Possumus”.
¡Podemos! Porque Dios ayuda y Santiago.
¡Podemos! Con Sta. María de Lluch.

Sebastián Gayá Riera
1946

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Etapas de un Peregrinar. Etapa VII: La vida del peregrino

Etapa VII:
La vida del peregrino


Como regalo de sus bodas de plata episcopales, Pio XII, el padre de la cristiandad, obsequió a sus hijos con una maravillosa Encíclica: la del Cuerpo Místico de Cristo, la que os escribía en el número precedente de PROA-
Los miembros de ese cuerpo, viene a decir el Pontífice, deben vivir para sí, para los demás miembros, y para todo el cuerpo. He ahí una triple vida, o una triple motivación de la vida de todo peregrino.
Vivir para sí. En eso se distingue el Cuerpo Místico de un cuerpo físico: en un cuerpo físico todo miembro, sino primordialmente para la vida de todo el cuerpo; mientras en un Cuerpo Místico los miembros viven su propia vida.
Cristo es la fuente de la Vida. Y de esa fuente debe beber quienquiera aspire a vivir. Fuera de Él, sólo hay miasmas de muerte. Tajantemente nos dijo Él: “Yo soy la Vida”.
Pero cada cristiano debe completar la pasión de Cristo, dice San Pablo. Es decir: debe aplicarse los merecimientos de Cristo y vivir unísono con Él. “Quien te creó sin ti, no va a salvarte sin ti”. La salvación, la santidad, la vida, sólo estriba en una cooperación íntima a la obra del Señor en las almas.
Esa vida puede merecerse por la oración y conseguirse por los sacramentos. La Gracia nunca falta al peregrino.
Pero una vez abastecidos, es preciso actuar. Los turistas puede que dispongan de autocares de última creación; pero los romeros tienen que echar a andar escalando cumbres. Y somos romeros, no turistas.
Es preciso nuestro esfuerzo, nuestro sacrificio, ¡nuestra vida! Porque para vivir es preciso… ¡vivir!
Y como esa vida es la vida que Cristo nos difunde, la suya, luego vivir esa vida es vivir a Cristo, es vivir de Cristo, es vivir con Cristo, es vivir a lo Cristo.
Vivir para sí, es introducir a Cristo en sí.
Vivir para sí, es impregnarse y embeberse de Cristo.
Vivir para sí, es construir la vida sobre Cristo, cimentados en Él.
Vivir para sí, es integrarnos en Cristo. Y el injerto no discute, ni niega, ni obtura, ni destruye al tronco en el que se injertó.
Vivir para sí es aniquilar cuanto llevamos torcido, concupiscente, podrido, humano, para querer, pensar, hablar y actuar como Cristo; si Él anduviera, como nosotros, en el hogar, en la calle, en la escuela, en el taller, en el campo, en el Centro o en el fútbol. Y no digo en…porque sería difícil llevar a Cristo allí.
Vivir para sí, es llevar en sí ¡y con garbo! La silueta de Cristo. Y será…¡porque Dios ayuda y Santiago!


Vivir para los demás miembros. Y en eso se distingue el Cuerpo Místico de otro cuerpo simplemente moral: en que en un cuerpo simplemente moral, la unidad sólo se obtiene por un principio externo, por un afán de cooperación a un único fin.
En cambio, en un Cuerpo Místico existe un principio interno común, una comunidad de vida, en virtud de la cual, es una misma la vida que viven todos los miembros, de tal forma que su vida beneficia y acrecienta la vida de los demás.
Las obras de cada miembro repercuten sobre todos los demás miembros. Algo hay en mí de los merecimientos del misionero del Japón, o de la abnegación de nuestros hermanos mártires de la Cruzada. Todo aprovecha a todos.
En ello se funda precisamente el apostolado de la Acción Católica. Somos vasos transmisores, no cisternas huecas.
Por eso no puede existir el cristiano parásito, que sólo anhela recibir, ni el cristiano deportista que se juega alegremente la vida, ni el cristiano quietista que se cree bueno…porque no la emprende a tiros con quien no piensa como él.
“Recibimos la vida y la damos” dice Pio XII. Y añade unas palabras que no necesitan -¿para qué?- de comentario. Rumiadlas, archivadlas; mejor dicho, no las archivéis: ¡vividlas! Dice así: “Misterio verdaderamente tremendo y que jamás se meditará bastante: que la salvación de muchos de pende de las oraciones y voluntarias mortificaciones de los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, y de la colaboración de los Pastores y los fieles”.
¿No te escalofría pensar que de ti depende, en parte, el número de los que se salven? Vuélvelo a leer. Y cuando lo hayamos vuelto a leer por tercera vez. ¡¡Oraciones!! ¡¡Sacrificios!! ¡¡Apostolado!! Vete a un sagrario… y medita.


Vivir para el Cuerpo Místico. La Iglesia debe conseguir su incremento, en cantidad y en calidad.
A un miembro no puede resultarle indiferente el esplendor, la belleza, la fuerza, el triunfo y la vitalidad del Cuerpo en el que está incrustado. La gloria del Cuerpo es su gloria; y los temporales que afligen al Cuerpo, le afligen a él.
Por eso hay que vivir para la Iglesia.
Vivir con la Iglesia es sentir con ella: sustentar en todo y a rajatabla su criterio, cumplir en todo y a rajatabla sus consignas; participar en sus quebrantos, en sus temores y en sus victorias; tener el corazón latiendo con el corazón de la Iglesia.
Vivir para la Iglesia es trabajar por ella: prestando nuestros brazos a sus empresas, entregando nuestro apoyo a sus ideales, defendiendo a ultranza sus obras.
Vivir para la Iglesia es darnos a ella. Todo nuestro cielo será el ser miembros de la Iglesia Triunfante; por ella lo habremos ganado. Toda nuestra prosapia cristiana en la tierra a ella le debemos. ¡Amor, con Amor! ¡Don, con Don! No te regatees, peregrino, te debes a la colectividad.
Cuando, en la meta de tu romería, llegues al Pórtico de la Gloria en Santiago, o ante los umbrales de la Gloria en el Cielo –etapas de peregrinar- no te arrepentirás de haber puesto aquel capital, aquella imagen de tu colaboración espiritual, para la grandiosa arquitectura, para la edificación de la Santa Iglesia.
¡Peregrino… es hora de echar a andar!
¡Ultreia! ¡Possumus! ¡Podemos! ¡Por Santa María, en marcha!

Sebastián Gayá Riera
Junio 1946

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Etapas de un Peregrinar. Etapa VI: La cabeza de la peregrinación

Etapa VI:
La cabeza de la peregrinación


¿No te has fatigado aún, peregrino, en tu quinta etapa de romero? Sígueme, pues. Eres de los que, por no dejar la esteva del arado, son aptos para el Reino de Dios.
El amilanamiento, la abulia, el cansancio, no es de cristianos. Porque el cristiano es algo de Cristo; es un miembro de su Cuerpo Místico; y no sabe de desalientos. La frase bien vale un comentario. Verás.
Todos los hombres redimidos por Cristo vivimos de la vida sobrenatural que Cristo nos mereciera. Todos vivimos de su vida; todos de una misma vida: la que nos constituye hijos de Dios.
Pues bien: un cuerpo, un organismo vivo es un sistema ordenado de diversos aparatos vitales, como éstos son un conjunto de órganos, y el órgano un conjunto de tejidos, y el tejido un conjunto de células. Todo ese engranaje de células, tejidos y órganos tienen unidad porque hay un principio vital que los cohesiona y coordina y vitaliza.
Si todos los cristianos tenemos una misma vida con Cristo, luego todos formamos con Él un organismo vivo, un cuerpo. A eso llamamos el Cuerpo Místico de Cristo. Es la Santa Iglesia Católica.

Todos somos algo de Cristo.
Todos somos unos con Cristo.
Todos somos un Cristo.
Todos somos Cristo.

El principio vital que a todos nos unifica y vivifica es la Gracia de Cristo que nos comunica el Espíritu Santo.
Sin el Espíritu Santo –alma de la Iglesia- ese cuerpo no tendría vida; sería como aquel montón de huesos áridos que viera el profeta Ezequiel, secos, descarnado, sin vida. A la vos del Profeta, se les infundió el Espíritu; los huesos cobraron movimiento; se articularon y juntaron; se vistieron de músculos y nervios; se recubrieron de piel… y empezó la vida.
Así también la Iglesia, el Cuerpo Místico del Señor. Jesús subió a los cielos. Sopló sobre el Cenáculo, la primera célula de su Iglesia, el Espíritu Santo. Y los fieles cobraron vida de aquel principio vital que sobre ellos se desbordó al infundirles su Gracia.
El cristiano es un fragmento del Cuerpo de la Iglesia.
El cristiano es un injerto de Cristo.
El cristiano es un ser actuado y maniobrado por el Espíritu Santo.
¿Podrá sentir el desaliento? ¿Podrá desertar de su romería por las rutas de la santidad? ¡Tendría que desgajarse del cuerpo; tendría que apostatar del Espíritu Santo!


¿Cuál será la Cabeza de este Cuerpo? Es un miembro de la misma naturaleza que el resto del Cuerpo; pero es el miembro motor; el más perfecto; el más insigne.
Luego, la Cabeza del Cuerpo Místico es Cristo.
Es la Cabeza porque es el más excelente de todos los miembros. A su naturaleza humana une su naturaleza divina; es Dios además de hombre; es la cumbre de la creación.
Es la Cabeza porque Él rige todo el cuerpo, como rige una cabeza todo el organismo. Rigió la Iglesia directamente en los días de su vida mortal; la rige invisiblemente hoy como Pastor de las almas, iluminando a sus jerarcas, comunicando sus directrices, abogando a favor de ella, salvándola de los escollos y la rige visiblemente por el que es su Vicario, su Vocero, su Virrey, el Papa de Roma, y los Obispos y los párrocos en unión con el Pontífice.
Es la Cabeza porque ese cuerpo necesita de Cristo tanto que sin Él nada puede hacer, ni pensar, ni desear.
Es la cabeza porque de Él deriva la vida de ese Cuerpo, ya que por Él tiene la luz que extingue todas las tinieblas y la santidad que retoza de todos sus miembros.
¡Peregrinos: con tal Cabeza, ¿qué no haréis?! ¡Si Él es la vida, si Él es la fuerza, si Él es la luz, ¿cómo habrá muerte y noche e inacción en sus miembros?!
Tenemos la cabeza perforada de espinas, chorreando amor. ¡Peregrinos; a sufrir, a vencer, a amar! ¡Cristo a la vista! ¡Cristo en cabeza de formación! ¡En marcha tras Él, peregrinos!


“Todos nosotros, dice Pablo, somos bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, ya seamos judíos, ya gentiles, ya esclavos, ya libres”. Todos somos llamados a ser miembros del Cuerpo de la Iglesia Santa; por eso somos todos llamados a la romería de la santidad.
Sólo los que no han recibido las aguas regeneradoras del Bautismo, o los que, habiéndolas recibido, han apostatado de su fe, o han sido excomulgados por las jerarquías, o le han negado acatamiento, no pertenecen, de hecho, a ese Cuerpo.
Pero aún los pecadores, privados de Gracia, si algún día la tuvieron, son miembros efectivos. La infinita misericordia del Redentor no les niega un sitio en su Iglesia a quienes no negó participación en su sangre. Estos serán miembros muertos, dado que no tienen la Gracia, principio de vida; pero son miembros a quienes la Madre Iglesia mima como a pobres enfermos, para que de nuevo abran el corazón a la vida: ruega por ellos; por ellos se sacrifica. Ruega tú también por ellos y afánate por llevarlos a Dios.
Los que viven en Gracia, he ahí las falanges de los auténticos miembros, los miembros vivos, aquellos que reciben el jugo, la savia, la vida que mana de la Cabeza de Cristo Pastor.
Miembros vivos, los que en Gracia peregrinan hacia Dios sobre la tierra; miembros vivos los que en el purgatorio, finida la peregrinación, purifican con los tormentos transitorios, la última escoria de sus almas; miembros vivos los que en la gloria constituyen ya definitivamente el Cristo glorioso formado por el Cristo Hijo de Dios y por los cristos, miembros de Él. De mí depende que sea una célula gloriosa de ese Cristo o un tizón que arda en los fuegos eternos, decapitado de Cristo.


El principal de los miembros de Cristo es su Madre, María. Ella nos dio al Redentor, Cabeza de la Iglesia. Ella nos lo dio para redención, conformándose con su muerte.
Luego Ella nos dio la Vida. Es la Madre de la Iglesia y Madre de la Cabeza de la Iglesia y Madre de los miembros de la Iglesia. ¡Salve, Madre!
Y pues Ella nos dio a Cristo, fuente de la Vida, y mereció con Cristo la Redención, fuente de la Gracia. Ella es dispensadora de toda gracia, es la superintendente de todos los tesoros de Dios, es la Mediadora Universal de todas las gracias.
Toda nuestra vida está en sus manos.
Todo su amor en nuestros corazones.
Es la Madre de todos los peregrinos. No decaigas; no desesperes; no llores. ¡Tenemos Madre!
A los pies de Santa María del Pilar empezó la juventud católica de España su peregrinación a Santiago.
¡Por María hacia Cristo, hacia Dios!
Madre: en tu mes de mayo, los romeros de España se hincan ante tus plantas, para emprender sus rutas de santidad.

Sebastián Gayá Riera
Mayo 1946

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Etapas de un Peregrinar. Etapa V: Los “baches” del camino

Etapa V:
Los “baches” del camino


No creo falte en nuestras filas de probables peregrinos quien tenga de la Gracia –semilla de santidad, meta de nuestra romería- un concepto beatíficamente “peregrino”.
Al ver desfilar ante nuestros ojos, la historia de las almas de los santos, hayamos tal vez, llegado a deducir que el santo es un ser que ha nacido –él sólo- para ser santo, con un pasaporte de milagros, con una lista de prerrogativas tales que las espinas para él son rosas y que los peligros no existen para él, pues algún angelito cuida de rellenar los precipicios y allanar los desfiladeros. ¡Falso! ¡Falso!
Los santos tienen un corazón con todas sus venas y arterias; tienen su carne como toda carne; y dentro de años, sobre los altares, llevarán corbata de abogado o zamarra de ferroviarios, como antes ya llevaban, con San Isidro, una esteva para el arado, o con San Pablo, las manos hechas a su oficio de curtidor.
Y es que la Gracia, que podemos pedir por la oración –cayado del peregrino- y podemos obtener por los sacramentos –las fuentes de agua en la ruta- no aniquila ni desfigura al que la posee y la vive.
La Gracia es un don sobrenatural. Fijaos bien; sobre-natural. Y a la manera que el jarro de flores necesita una mesa, una arquilla, un soporte sobre el cual descanse, a la manera que la cúpula del templo ha menester los arbotantes y las arcadas y la columnas sobre las que se apoye, así lo sobrenatural necesita el soporte de lo natural, pues de los contrario sería no sobre sino anti-natural.
De ahí que la Gracia –con mayúscula- no nos despoje de la gracia; Dios no destruye al hombre; lo realza, lo sublima, lo sobrenaturaliza, lo endiosa.
No hay por qué temer por nuestros talentos, por nuestras aptitudes, por nuestras sonrisas, por nuestros cantos y nuestra juventud. El aletazo de la Gracia no es un viento que viene a barrer todo eso que hay de bueno, para dejarlo semi-tronchado en el camino, con el cuello retorcido como un tronco abatido, con los ojos en blanco y las manos en cruz.
La Gracia no destruye la naturaleza.


Sin embargo, esa Gracia, sino n os deforma, nos transforma. El apóstol Pablo – el gran doctor de la Gracia- nos decía que es preciso morir al hombre viejo. No al hombre simplemente hombre. Sino al hombre viejo; es decir, al hombre hijo del viejo Adán, al hombre concebido en pecado, inclinado al pecado, goloso del pecado; al hombre concupiscente y pasional; al hombre cuya norma es el capricho, cuya meta es el placer; al hombre sin vuelo, sin espíritu, sin cumbres, sin alas. Ése es el hombre que la Gracia quiere sepultar y aniquilar.
Y sobre estas ruinas hay que hacer brotar -el hombre nuevo-, el hombre regenerado por Cristo, el Padre de la humanidad nueva; el hombre injertado, plantado, edificado sobre Cristo; el hombre que piense a lo Cristo y obre a lo Cristo; el hombre concertado, afinado, sintonizado con Cristo; el hombre-Cristo, ya que la Gracia nos da la vida que fluye de la muerte de Cristo el Redentor.
En una palabra; hay que dejar esos cristales ahumados de pasión que los hombres tenemos, para mirarlo y enjuiciarlo y estimarlo todo con la lente de Cristo, que reside en el Santiago de la santidad.


Deducid, de ello, la antítesis de la Gracia: El pecado.
El pecado es el bache que nos deja en el camino sin posibilidades de proseguir la ruta de la romería.
El pecado es el salteador que irrumpe en el sendero y nos despoja de nuestra escarcela, de nuestro cayado, de nuestro afán; nos deja desvalijados, extenuados, muertos.
Mientras no nos libremos de tal salteador, no podemos seguir la peregrinación. Es inútil que ostentemos ese distintivo que nos hace romeros. Son inútiles nuestros nombres en la comitiva de los peregrinos. No lo somos; somos, a lo más, turistas errantes. Nos hemos enamorado de las flores del sendero; y con el amor a lo efímero, hemos perdido el paso para lo Eterno.
Cuantos sacrificios hayamos hecho, han quedado invalidados; hasta tanto que la Gracia nos los revalide, carecen en absoluto de valor.
Todas las batallas libradas para mantenernos impávidos frente al mal, cuantos actos de oración y caridad hayamos ido sembrando, se han mustiado; todo ha perecido.
Y mientras… aquel esfuerzo por seguir aparentando, aquella abnegación, aquella limosna, aquella lección… todo, todo es en balde. Hemos perdido el Norte, hemos dejado la peregrinación.
Señor, dales a tus peregrinos esa ciencia de aquilatar lo que el pecado supone. Señor; no dejes que uno solo de los peregrinos que me lean, no sea peregrino de verdad.


Pero con todo lo que no tenga ribetes de pecado, es compatible la Gracia. Mejor diré; la Gracia, quiere, supone, exige y da todo lo que es incompatible con el pecado.
La Gracia quiere gracia, juventud, canto, optimismo.
La Gracia es la fuente del auténtico optimismo. Porque el optimismo, como la fuente, brota cuando tiene sus entrañas, sus facultades, sus potencias llenas del licor del agua cristalina. Sólo hay optimismo cuando el corazón se siente no hastiado, sino saciado… Y sólo se siente saciado, cuando las potencias del alma, están en posesión de aquello que las pueda quietar. Y sólo Dios, el Bien Supremo, puede aquietarlas. El optimismo cristiano –el del peregrino- es el único optimismo que se puede auténticamente llamar así.
La tristeza es dama en perpetuo exilio del alma del peregrino. ¿No sabéis que es de San Francisco de Sales aquella frase: “Un santo triste es un triste santo”? Y de –santa Teresa de Jesús, esta otra: “¡Dios me libre de santos encapotados!”
Los tristes son seres enfermos que repelen. ¡Hay que tener gracia para derramar la Gracia de Dios!
Somos la juventud que peregrina; la auténtica juventud; la del optimismo, la del “ultreya”; los infatigables; los juglares que vamos a Santiago con el canto en los labios y en el alma la Gracia de Dios.
¡Paso a la juventud! ¡Bate alas, corazón!

Sebastián Gayá Riera
Abril 1946

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testimonio

Etapas de un Peregrinar. Etapa IV: Cayado, Brújula, Norte

Etapa IV:
Cayado, Brújula, Norte


La Gracia hace al hombre peregrino de santidad, supone, además del suministro que Dios le da por los Sacramentos, fuentes donde el peregrino en el desierto de la vida acude a almacenarse de agua, una brújula constante que le marque el norte de su romería.
No es sólo Dios quien tiene que abajarse hasta el polvo para proveer y municionar al hombre con sus Sacramentos. También el hombre tiene que subir y ascender hacia Dios para merecer ese abastecimiento. El alma tiene que caldearse de Dios. Ese caldeamiento implica un contacto con Él. Y ese contacto se consigue con la oración.
¡Infeliz el peregrino que olvida su cayado! El ambiente del mundo le empavorecerá el corazón. Los posibles temporales del estío, las nieves y neblinas del invierno le amedrarán. Los rugidos de las fieras le infundirán espanto. Lo arduo de las jornadas se le harán imposibles…Y sin cayado, se sentará sobre un bancal a dormitar.
Necesita el contacto con el Señor. Como el mendigo que vive de limosna, como la flor que vive de sol, el alma necesita de Dios.
La oración es el diálogo en que Dios le dice al alma sus rutas, sus metas, las bellezas del sus panoramas y las dichas del final del camino. El diálogo en que el alma de dice a Dios su atolondramiento, sus baches, sus ansias y sus cuitas.
La oración es la charla en que Dios se entretiene con sus almas y las almas se llenan de Dios.
La oración es la audiencia que el Señor concede al hombre; como si nada tuviera Dios que hacer sino escucharle, allí está Dios de palique con el alma cuanto el alma se digne –oídlo bien: ¡cuánto el alma se digne!- pasar con Dios.
¿Será posible que esté más dispuesto Dios a escucharme que yo a hablarle a Él?


Necesitamos la oración, peregrinos. Somos un puñado de polvo que Dios –el Señor- ha endiosado. Y es preciso reconocer ese señorío absoluto, ese totalitarismo de Dios, su dominio, su excelencia, para tributarle el homenaje de nuestra pleitesía. También los hidalgos rendían su vasallaje al señor feudal, en la plaza de sus castillos. ¡Te adoro, Señor!
Necesitamos la oración, peregrinos. Somos un abismo de nada, rellenado de ser por Dios. Nada soy, nada tengo, nada puedo, sino lo que Dios quiere que sea, que pueda o que tenga. Si el silbido de la tormenta no ha tronchado mi gracia, a Dios se lo debo. Si los chacales no me han depredado el corazón, es merced de Dios. Es preciso acudir al Señor, como el leproso, para agradecerle tanto bien.
También el pájaro le regala sus gracias a la fuente donde ha mitigado su sed, con el mejor de sus trinos. ¡Gracias, Señor!
Necesitamos la oración, peregrinos. Somos la indigencia absoluta ante la absoluta benignidad del cielo. Somos casi una infinita impotencia ante la omnipotencia infinita de Dios. Es menester llegarnos a las despensas del cielo para llenar nuestra escarcela; implorando a Dios su favor. También los pordioseros, en el atrio de la Iglesia tienden su mano, suplicando limosna, por amor de Dios. ¡Una limosna, Señor!
Necesitamos, en fin, la oración porque hay que saldar deudas. Si algo nuestro hay en nosotros son nuestras delincuencias. Llevamos un cuerpo encubriendo un alma en harapos. Y el Señor lo ve. Por eso, debemos caer ante Él de hinojos, para impetrar su perdón. También el perro, después de su fechoría, con el rabo humillado, se arrastra a los pies del dueño, y lame sus pies como un ademán de fidelidad en lo futuro. ¡Perdón, perdón; seré mejor!


Esta oración no puede, no debe, ser sólo plegaria de labios. Bien está ese Padre-Nuestro rezado devotamente, porque si es rezado por rutina, zangulliendo palabras, en una carrera y “record” de vocalización mejor sería no rezar.
Pero, además, Dios quiere que el corazón se abra, que la inteligencia se impregne, que la voluntad se esfuerce, que sea el hombre, todo el hombre el que rece: Dios quiere tu meditación.
Ya sé que no sabes; también lo sabe Dios. Ya sé que te hallas tan seco como un palo y tan indocto como un niño. Lo sé. Pero también eso lo sabe y también eso le place al Señor.
No quieras ir con discursos: no quieras enseñarle tesis. Dios no lo necesita. Sólo quiere que tú quieras meditar: que hables, que rumies, que pienses, que propongas, que prometas.
Dios quiere tu oración íntima, la tuya, la que sale de ti.
Una consigna: ni un día más sin mi oración. Ni un día más sin mi rato para meditar.


¿Tú aquilatas la confianza que en ti puede n otra, si oras? Jesucristo tiene empeñada su palabra: “Todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará”. “Pedid y recibiréis, buscad y hallareis, llamad y se os abrirá”. Y ya sabes que Cristo no te puede mentir, ni te puede exagerar, ni te puede prometer lo que luego no pueda darte.
Somos archiprudentes. Somos archimillonarios. Todos los cielos están al alcance de las manos… con sólo pedir y orar.
Relee tu evangelio. No hubo dolor que el Señor no mitigase. No hubo tempestad que no se hiciera bonanza. Pide; no ceses de pedir.
Ahí está la fuente del optimismo; ahí está el triunfo asegurado de nuestra Acción Católica; ahí está el venero de nuestra alegría.
Si el Señor no da lo que ansiamos, mejor; porque es mejor que no nos dé el puñal –aunque nos parezca guarnecido de pedrería- si con el puñal podemos herir nuestra Gracia. ¡Bendito sea el Señor por las súplicas que desecha!
Sólo así, sólo orando, tendrás cayado para todas tus jornadas, y brújula para todas tus noches, norte para todos tus desalientos.
¡Peregrinos: un alto para rezar!
Nuestros abuelos sembraron de cruces los caminos de entrada en nuestras villas. Cuando regresaban de sus tareas sombrero en mano, parada su cabalgadura, decían su oración.
Esmaltad de cruces, de súplicas, el camino de vuestra romería. Haced sólo un alto; el alto de la oración. Después de eso… “¿Por qué dudáis hombres de poca fe?”

Sebastián Gayá Riera
Marzo 1946

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jaime bonet

Etapas de un Peregrinar. Etapa III: Fuente en el desierto

Etapa III:
Fuente en el desierto

Y vamos a proseguir, con la inteligencia y la fe, la romería por los caminos de la Gracia.

Jesucristo nos la mereció, decíamos, con su redención. Brotó de la cumbre del Gólgota. Y la dejó en el seno de esa Sociedad de la Vida que llamamos la Santa Iglesia Católica. Ella es la dispensadora de los misterios de la Vida.

Y esa Iglesia –depositaria de la Vida, con mayúsculas, de la Gracia- la distribuye sobre las almas a través de una red de canales y acueductos y fuentes, que arrancando del Calvario, donde el Autor de la Vida se hizo padre de los hombres, desparraman esa agua vital sobre todas las parcelas de las almas.

¿Cuáles son esas fuentes de la vida?, preguntas. Son los Sacramentos, instrumentos de la omnipotencia y del Amor de Dios, transmisores de cataratas que, desprendidas del corazón de Cristo, nos inyectan una participación de su divinidad.

Sin esas fuentes de vida, no podríamos siquiera emprender la peregrinación hacia Dios. Y pues Dios la quiere, por eso procura abastarnos de cuanto en el camino podamos menester. Cuando todo parezca un erial en el sendero, sin sol, sin flores, sin aguas; cuando desalentados ante la cuesta empinada hacia las cumbres, queramos sestear sobre el arenal… Dios abre sus fuentes; el hombre abre su alma; y así reconfortado, como el Profeta en el desierto, con el agua y el pan de la Gracia, siente que se rejuvenece el espíritu, que es más lúcido que el sol; que es más ligera la carga y la cima más asequible.

Los Sacramentos son las fuentes de la Gracia.

Y ya lo sabes. Los Sacramentos son signos sensibles, materiales, externos, instituidos por el Señor para significar y comunicar el raudal de la Gracia al alma.

Parece que tocan sólo la corteza del cuerpo, la envoltura del alma; y, sin embargo, penetran hasta lo más recóndito del espíritu.

Oye a San Juan Crisóstomo: “Si fueras incorpóreo, los dones que Dios te hace, lo serían también; pero como tu alma está unida a un cuerpo, Dios ha querido presentarte por medio de dones sensibles lo que no puede ser captado sino por la inteligencia”. Es decir: a Dios ninguna falta le hace un elemento sensible para dar sus misterios divinos; pero el hombre, que sólo ve con los ojos y sólo tiene seguridad de aquello que impresiona sus sentidos, tenía necesidad de una íntima convicción, de una prueba externa, de un argumento irrebatible que le revelara la llegada de esa Gracia invisible y sobrenatural que impregna su alma.

A Dios garantiza con ese elemento material del Sacramento la operación y transformación divina que en el espíritu se realiza.

Es la rúbrica que el dedo de Dios traza sobre nuestra carne, reflejo del misterio que se elabora en el corazón.

De ellos, los hay que sólo pueden recibirse cuando el alma está ya en Gracia. Son los Sacramentos de vivos: aquel por el que se nos da fortaleza y reciedumbre ante los enemigos que puedan asediar y avasallar el alma; aquel por el que el Señor, clausurado tras los celajes eucarísticos, invade el alma para identificarse con ella; aquel que, en el término de nuestra peregrinación, nos asegura que se han borrado los últimos vestigios de nuestra vida delincuente; aquel por el que se nos dan Padres de almas, Ministros del Señor, o aquel por el que se os constituye padres de hombres llamados a ser hijos de Dios.

Hay dos, en cambio, –Sacramentos de muertos- que suponen un alma manchada: el Bautismo que es principio y raíz de nuestra regeneración y la Penitencia que cicatriza nuestras llagas, lava los polvos y los lodos que, en el camino de la vida, se nos han pegado, y nos restituye la Gracia perdida.

Estos dan la Gracia primera; aquellos aumentan y abrillantan y aquilatan la que teníamos ya. Todos nos confieren, junto con esa Gracia, la gracia que llamamos sacramental, que no es sino como un cheque, un anticipo, un adelanto de cuantas gracias, dones y refuerzos necesitaremos para llegar, divinizados, hasta el fin de la meta.

Y tres de ellos – el Bautismo, la Confirmación y el Orden- nos sellan, nos caracterizan, nos consagran a Dios, con ese sello intransferible e imborrable del carácter, como miembros, como soldados o como ministros de la Iglesia.

Pero el más sublime, el que es centro hacia donde todos los demás convergen y desde el que todos toman su efectividad, es el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. “Es el pan de los ángeles, cantaba Santo Tomás, hecho manjar de los peregrinos”.

Cuando el romero tras largas jornadas, siéntese acuciado por la voz del desaliento, que le brinda posadas y mesones donde pernoctar e invernar, el pan de su escarcela repara las fuerzas perdidas. Cuando se siente postrado y débil –blanco propicio de la enfermedad que enerva sus energías- el pan le sostiene, le reanima, le reconforta. Y llenándole de vida, desbordándole de vida, retozándole de vida, el pan le da aquel vigor de espíritu, aquella madurez y sensatez de juicio, aquella docilidad y agilidad para seguir hacia la cumbre cimera del ideal, que, cantaba el salmista, vuelve al peregrino “gigas ad currendam viam”, en un auténtico deportista de santidad, en un atleta y alpinista para quien los cerros de allanan y se solidifican los mares que pudieran ser óbice y tropiezo y escollo.

¡Eso… lo obra en el alma el Cristo que en la Eucaristía se ofrece para socio y compañero, para huésped de las almas peregrinantes, para Cicerone y Cireneo de cuantos subimos en romería hacia la santidad…!

¡Ni un día sin ese pan, peregrinos!

¡Peregrinos de Cristo: ni un día sin Cristo!

¡Romeros del desierto de la vida, bebed de las fuentes de peregrinación!

Sebastián Gayá Riera
Febrero 1946

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Etapas de un Peregrinar. Etapa II: La gracia de peregrino

Etapa II:
La gracia de peregrino


A todos los ámbitos hispanos ha llegado ya el clarín de los romeros; ¡Hacia Santiago!
Y ese peregrinar supone –como médula y meollo de la cita que la Juventud de Acción Católica se da ante la tumba del Apóstol de España- un ponerse en camino hacia Dios por las rutas de la santidad.
Y, a flor de labios, se os cuelga una pregunta: pero la santidad, ¿qué es?
La santidad es la aspiración sobrenatural del alma hacia Dios para vivir su vida y gozar de su gloria.
La santidad consiste en hacernos copistas vivos de aquel que es el Santo de los Santos.
La santidad consiste en hacer la voluntad del Padre que está en los cielos, tomando como pauta y norte de la vida ese querer de Dios, impregnando toda nuestra actividad humana de un tono y de un objetivo divinos, haciéndonos artesanos del alma para edificarla según los proyectos del Arquitecto Dios, siendo sillares aptos, maleables, dúctiles en manos del artífice labrador de almas que es el Espíritu Santo, constituyéndonos piezas vivas de esa gran construcción de la Iglesia que tiene entre sus notas específicas, la santidad, siendo miembros vivos por cuya vida discurran los ideales y la vida del que siendo Hombre –el primero, el jefe de los hombres- es a un tiempo Dios, la santidad creada, infinita, eterna…
La santidad está en apoyar los designios de Dios que nos creara para una gloria sobrenatural. La santidad está en hacer una vida teniendo siempre ante los ojos el destino a que el Señor nos convoca.
La santidad está, en definitiva, en vivir la vida de la Gracia que Dios nos comunicó.


Todo ello en un intento absolutamente inaccesible, un propósito irrealizable, un bello imposible para el hombre meramente hombre. No hay alas humanas para volar tan alto.
Sin el auxilio de Dios, nos hallamos imposibilitados no ya de realizar tamaña empresa, mas también de ambicionarla. Nos lo decía Jesucristo: “Sin Mí, nada podéis hacer”.
Es preciso que Dios nos sea no sólo Caudillo para marcar –estrella de Magos, los primeros peregrinos de la gentilidad que se hacen romeros por Cristo- los senderos, sino también Cirineo y alma de ese caminar de santidad.
Es preciso estar cimentados, edificados sobre Cristo, el Hombre Santo por antonomasia, el único que nos puede entroncar en la vida de Dios.
Es preciso estar actualizados, vitalizados por Cristo, para que con ese subsidio de vida divina podamos tender hacia la divinidad.
Es preciso estar incorporados -formando parte del Cuerpo Místico de Cristo- parra que, como miembros por los cuales discurre la vida del Mediador, podamos peregrinar rumbo a la gloria del Padre.
Es preciso recibir su savia para que los pámpanos y los sarmientos tengan la vida de la vid central.
Y ese cimiento, esa vitalidad, esta incorporación, esta savia, este germen de divinidad nos lo da la Gracia.
Ningún derecho, ni exigencia, ni título, ni mérito podemos presentar para que se nos otorgue. Sobrepasa y trasciende todas las fuerzas y todos los esfuerzos humanos. Dios la da porque quiere.
Y sólo cuando Él la da, “soy lo que soy” diría San Pablo. Sólo con la gracia soy peregrino de santidad.


¿Qué es pues la Gracia? La Gracia es un don sobrenatural, permanente, que en virtud de los méritos de Jesucristo, infunde Dios y por el que Dios se infunde en el alma, para la salvación eterna del hombre.
Es un don, un regalo, una merced debida sólo a la liberalidad del Señor. ¡Qué mal tratamos su obsequio!
Es sobrenatural. No atañe a la naturaleza del hombre; la realza, la sublima, la endiosa. Al “superhombre” sólo lo ha conseguido el cristianismo; sólo lo es el hombre en contacto con Dios.
Es permanente. La Gracia tiene, por sí, virtud y eficacia eternas.
Sólo la libertad del hombre descentrada puede limitar el tiempo de permanencia. ¡No echemos por la borda tanto don!
El Señor da la Gracia porque nos la mereció Cristo. Fue necesaria su muerte. Para crear el orbe, le bastó a Dios una palabra. Para redimirlo y ganarle la Gracia, fue precios la muerte de un hombre-dios. ¡Somos hijos de la sangre de Cristo!, ¡no hueles las salpicaduras de su sangre sobre tu alma!
Con la Gracia se infunde Dios. Somos no sólo portavoces sino portadores de Dios. Trabaja, estudia, habla, actúa Dios en nosotros cuando vivimos en su gracia. ¡Qué huésped, Señor! Y con ello, quiere Dios lograr la salvación del hombre. Sólo así puede lograrla. Al vivir el hombre de su gracia, no es Dios quien se beneficia y acrece. Al infinito le sobra todo. Soy yo –polvo y ceniza- quien por ella puedo escalar un solio.
La Gracia, por tanto, es el don más grande que hombre pudiera ambicionar. ¡Así,… así se puede y debe ser santo! ¡Lo seré!


Mirad sucintamente los efectos que obra en el alma.
La justicia. Debíamos nacer en ella. Adán la despilfarró con su pecado. Y desde entonces, somos deudores, injustos ante Dios, pues vamos desposeídos de aquella vida, de aquel don que debíamos tener, que Él quería y exigía que tuviéramos, de aquello que Él –no nosotros- tenía derecho a que tengamos.
La Gracia nos hace hijos adoptivos de Dios. Sólo un hijo natural tiene el Altísimo; el Verbo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, Jesucristo. Nosotros, por la Gracia, somos hijos adoptivos. Se llama así al que, no siendo engendrado por aquel de quien es hijo adoptivo, es recibido como hijo con derecho a sus apellidos, a su hogar, a su herencia. Podemos llevar -¡todos!- escudo y corona heráldico; ¡pertenecemos a la familia de Dios!
Pero no tenemos un título sólo, sino una realidad. Nos llamamos -¡Y somos!- hijos de Dios; no tenemos sólo derechos, tenemos una participación –oídlo bien y repetidlo- de la misma naturaleza, del ser, de la vida de Dios. ¡Es para aturdir!; yo -¡yo!- con algo ¡de Dios!, en mí.
Y porque Dios habita en mí soy su templo, pues así se llama la morada donde reposa Dios. Soy su templo, no de piedra, sino de carne; soy la peana, el copón, la Custodia que lleva encastillado al Señor. ¿Será posible? Preguntas tú. Y yo te pregunto a mi vez: ¿Y no será en realidad por tu culpa?
En fin; la Gracia nos da derecho a la Gloria. Si somos hijos, a fuer de tales, somos herederos de Dios. La cosa es lógica.
Somos príncipes con trono, que ni los salteadores ni los tiempos nos pueden arrebatar. ¡Hacia el trono vamos! ¿Por qué no despreciar los andrajos y las cuevas?
Peregrinos, si, peregrinos de esa mañana de luz. Peregrinos de ese Dios que soñaba en mí siglos eternos. Peregrinos de santidad. ¡A Santiago! ¡A Dios!
Ya no más dilaciones. Voy, Señor, voy. “Daume el bácul de romiatge. Cor que bategues, avant”

Sebastián Gayá Riera
Enero 1946

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