Los mansos
Los mansos

Los corazones mansos se imponen sin querer al mundo, precisamente porque no se imponen.
¿Qué entendería Jesús al decir “los mansos”? En general. A todos los espíritus humildes y pequeños, que, por serlo, se hallan expuestos a las violencias, a las opresiones y al desprecio de los otros. Más y más particularmente entiende a aquellos espíritus que aceptan, dulcemente resignados, las disposiciones de Dios, y perdonan las injurias de sus prójimos, y vencen, con la suavidad y la mansedumbre de su corazón, las iras y las amenazas de los demás.
Ante el gobierno que Dios ejerce sobre el mundo –ante su Providencia- caben dos posturas: la del silencio y la de la protesta, la de la rebeldía y la de la aceptación.
Jesús se encargó de expresar esta ley de su providencia: No os acongojéis por hallar qué comer o con qué vestir. Mirad las aves del cielo cómo no siembran ni siegan ni allegan en graneros; el padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Si a una hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste ¿Cuánto más a vosotros, hombre de poca fe?
Dependemos de Dios como el eco depende de la voz y como el reflejo depende de la luz. Estamos en sus manos, como el barro en manos del alfarero que lo modela, como la lana en manos del tejedor, como las ramas en las manos del jardinero que las poda y las recorta según se precise. No podemos respirar sin depender del aire que hincha los pulmones, ni caminar sin obedecer a la tierra que nos sustenta ni vivir sin pagar a las plantas y a las bestias el tributo de una aparente dependencia. Cada uno de nuestros actos aun aquellos en que nos sentimos más soberanos, encierra, con el sello de nuestra dependencia, un insulto a nuestra vanidad.
Esa dependencia no es esclavitud, es honor. Es cuando se desgaja de la rama que la sustenta y la sostiene, cuando la hoja amarillea y la pisotean todos los viandantes.
Evidentemente, entre personas cristianas, no cuesta trabajo admitir ese gobierno de Dios, cuando soplan vientos favorables, y la vida nos sonríe, y podamos dar pábulo a nuestra vanidad, y hacer nuestro capricho, y recorrer el mundo de flor en flor.
Cuando la mansedumbre cuesta, cuando cuesta acomodarnos a la voluntad de Dios, es cuando Él nos visita a través de los acontecimientos de nuestra existencia, a través de la enfermedad, de la muerte, del infortunio, de la ingratitud, del desprecio, de todo eso que constituye la trama visible de nuestra vida. No lo acabamos de comprender; no acabamos de aceptar; nos rebelamos, porque hallamos cien pretextos por los que quisiéramos convencer a Dios de que no sabe lo que se hace. Es entonces cuando se nos hace cuesta arriba la mansedumbre, para aceptar, para sincronizarnos con la voluntad del Padre que está en los cielos, cualesquiera que sean las pruebas con que quiera visitarnos, y que son otras tantas mensajeras que, en nombre de Dios, nos señalan y nos ayudan a recorrer los caminos de salvación que a cada alma destina Dios.
Bienaventurados los mansos que aceptan, no los violentos que se rebelan. Bienaventurados los mansos, que tras de una sonrisa esconden tal vez una tragedia, no los que gesticulan y se ensoberbecen y descargan constantemente el martillo de su ira, de su destemplanza, de su obcecación. Bienaventurados los mansos que pasan sin levantar ruido, los que llevan detrás de sí la polvareda de su presunción. Bienaventurados los seres anónimos que discurren por el mundo callando su humildad, acatando siempre la pauta que Dios trazó en su vida.
Ellos poseerán la tierra. Los corazones mansos se imponen, sin querer al mundo, precisamente porque, no se imponen. Ellos son los que aplacan las tempestades provocadas por la ira; ellos son los que dulcifican el gesto duro; ellos los que desarman el brazo agresivo, ellos los que difunden serenidad y paz sobre la tierra. Ellos poseerán la tierra, que les debe cuanto de amabilidad y de buen vivir y de concordia queda en el mundo.
Ellos poseerán la tierra porque poseen la suya. Tienen el pleno dominio sobre sí mismos; se gobiernan y controlan en todos sus actos, nada hay en contacto con ellos que escape a su dulce vigilancia y a su benéfico control; pasan por el mundo como si no se apercibieran de los gestos soberbios ni de las palabras altisonantes. Tienen la posesión de sí mismos que es la más alta posesión.
Señor danos a entender, danos enamorarnos, danos vivir la bienaventuranza de tu mansedumbre; arráncame, Señor, mis destemples y mis desplantes, mis violencias, mis iras, mi mal humor. Haz, Señor, que me doble siempre a tu voluntad, como la flor al viento. Haz que deje caer siempre a mi paso una gota de serenidad y suavidad y dulzura. Haz que sea alfombra para que los demás pisen blando; haz de mi vida una estela de luz suave, que a nadie deslumbre y sosiegue a todos, que eso, sí, eso es poseer la tierra, a fuerza de no quererla poseer. Quiero ser de corazón manso y humilde no ya para poseer la tierra, sino para que la poseas Tú.
Así sea.
Otros Mensajes
Nothing found.
La luz sobre el celemín
La luz sobre el celemín

La parábola de la luz, encendida en el candil. ¿Qué hacer con ella? Sería absurdo encenderla para meterla en el cofre de los recuerdos donde no se le pudiera ver. La luz está hecha para el candelero, para la lámpara
San Marcos nos reúne en este Evangelio varios dichos de Jesús, algunos pensamientos suyos, que tal vez pasarían a ser como proverbios entre los suyos. Tal vez no tuvieron mayor ilación entre sí, porque fueran expuestos en días y ocasiones distintos, aunque aquella primera comunidad de creyentes (de la que los asume el evangelista) los juntara y concatenara. Son como distintas piedrecitas con las que se va labrando el mosaico del Gran Mensaje.
Y hoy San Marcos junta dos brevísimas parábolas; la parábola de la luz y la parábola de la medida. La parábola de la luz, encendida en el candil. ¿Qué hacer con ella? Sería absurdo encenderla para meterla en el cofre de los recuerdos donde no se le pudiera ver. La luz está hecha para el candelero, para la lámpara. Si la luz no tuviera que alumbrar la estancia, no se encendería la luz. La luz es luz para ser vista, es luz para ver; es luz para caminar. Caminad mientras tenéis luz. Algún día la parábola de la luz se personaría en el creador de la luz: Yo soy la luz del mundo; hecha para que la vean las gentes; por eso el que me sigue, al seguir la luz, no camina en tinieblas, sino que tiene la luz de la vida. Sobre el caos inicial de la creación, hizo Dios la luz que alumbrara la creación. Sobre la oscuridad de la noche, Aquel que es la luz, luz de luz, Dios de Dios, Dios Creador de Dios Recreador, la luz increada y eterna, que como el sol alumbra los mismos confines de la tierra, todos los rincones de la historia, todas las salas de la eternidad, es luz que avanza, luz que crece, luz que incendia, luz que abrasa el frío y la noche para ser la luz de la vida, la luz para la vida, la luz que se hace vida, que se propaga y se extiende sobre toda vida.
Pero la luz de Cristo que no conoce el ocaso puede ser para mí luz de crepúsculo que termine por ser noche. Noche negra, más negra que la noche que no conoció la luz. Y el misterio de la luz, que puede ser rechazada. La luz se enciende para ser luz; pero yo puedo ocultar mi vida a la luz, al entrar voluntariamente en las cavernas de mis dudas, de mi soberbia, de una vida no penetrada por la luz. Y entonces “al que tiene, es decir, al que acepta la luz, se le dará más luz; Se le invadirá de luz al que no tiene, es decir, el que no acoge la luz, perderá hasta la luz que tenía, porque al que ha visto la luz, se le hará más negra la noche y más caótica la vida. Si os cerráis a la luz, la luz no pasa de balde. “La medida que uséis, será la medida que usarán con vosotros”. El rechazo se responde con un rechazo mayor. Y cuanto mayor es el rechazo, mayores son las exigencias.
En el régimen actual de la fe, mientras peregrinamos entre la niebla, la fe es luz en penumbra, es luminosa oscuridad. La fe no es claridad de mediodía, sino luz que va avanzando. La fe del creyente está siempre en proceso de avance. A veces se acentúa el claro oscuro y la penumbra más que la luz radiante; pero el que camina en la luz de la fe, se le va encendiendo el camino. Y no habrá discordia ni atonía en el binomio fe y vida: la fe se trasluce en la vida, se hace vida que se nutre de fe.
Tal vez mis cobardías, mis oportunismos, mis miedos o mis conveniencias tapian a ratos al menos mi vida a la luz, y mi vida-luz no ha sido luz sobre el candelero; la he guardado en el baúl, sin darla a los que por mi testimonio de luz pudieran ser hijos de la luz.
Vamos a pedirle al Señor en esta Eucaristía, misterio de luz -éste es el misterio de nuestra fe- que seamos el camino iluminado por la luz de Cristo. Sobre las murallas de la ciudadela el centinela gritaba al centinela la llegada de la luz de la aurora. Y el centinela al otro centinela. Y al otro. Y todo se hacía luz. Testigos de la luz, centinelas de la luz, que anunciamos a los hermanos la llegada de la luz que ilumina a todo hombre que se abre a la luz de Dios, pues a los que la reciben, la luz, dice Juan en su prólogo, se les capacita para ser hijos de Dios.
Hijos de Dios, nos diría el Señor: Caminad mientras tenéis luz.
Homilía jueves de la II semana del tiempo ordinario
Mc 4,21-25
Escuela de Madrid conjunta
Madrid, 31 de enero de 1991
Otros Mensajes
Nothing found.
La estrella
La estrella

Los Magos, acostumbrados a contemplar el cielo e indagar sus misterios, reconocen en la estrella una estrella que trae mensaje.
La estrella no es una estrella ordinaria, para todos, sin luz particular.
Los Magos, acostumbrados a contemplar el Cielo e indagar sus misterios, reconocen en la estrella una estrella que trae mensaje. Y en la inmensidad del cosmos, tachonado de estrellas, ellos distinguen la estrella de Dios. Aquella.
Y su actitud es distinta a la que tienen ante las otras estrellas, porque aquella estrella no es una estrella cualquiera.
¿Cuál es esa triple actitud? Una actitud de búsqueda -no se quedan-, una actitud de seguimiento -no están parados- y una actitud de adoración -no están indiferentes-.
Búsqueda, seguimiento y adoración que bien pueden ser las tres actitudes -los tres regalos, los tres dones- que el Señor quiere de mí esta Epifanía.
1º Actitud de búsqueda. Si no hubieran estado mirando, indagando, contemplando el Cielo, no hubieran visto la estrella hay que levantar la cabeza: ellos indagaban la verdad –eran astrólogos- que el Cielo les podía revelar. ¿Serán tres compañeros, orientales que formaban un campo de investigadores? ¿Llegaría cada uno de una región distinta –todos, eso sí, de Oriente- que se hallan en el camino? Hay que buscar la estrella, para verla; hay que buscar a Dios para adivinarlo. Sólo los que van a la búsqueda de Dios, lo encuentran en el revoltijo de su búsqueda, plagado de mil cosas e intereses. Buscar a Dios, que se hace encontradizo en la luz de una estrella, en el fogonazo de un acontecimiento, en el deslumbramiento de un drama familiar, en el silencio de la oración solitaria, en la paz de una vida concentrada, en el bullicio de la amistad, en la calma del mar o en el estrépito de un oleaje, que sacuda nuestras vidas.
La estrella puede ser noche oscura donde también hay estrellas escondidas tras las nubes de las noches. La cuestión está en ir a la búsqueda de Dios. Por el estudio, por la oración, por el Sacramento, por la caridad al hermano.
2º Y una vez descubierta la estrella, viene la segunda actitud de los Magos: seguirla. La estrella no está fija, inmóvil, clavada. Y los Magos abandonan todos sus aparejos y todas sus familias; aprontan sus camellos…, cogen sus cofres, dejan a sus familias, sus quehaceres, sus intereses, sus caprichos…, y echan a andar a la aventura. La fe es tan grande que no se detienen ante los ríos ni los collados, ni los desiertos. La estrella continúa su camino, y ellos siguen su camino, detrás de la estrella. Son días de penalidades, de agobios, de cansancios hasta quedar extenuados. Las noches ¿dónde pasarían las noches?; ¿contemplando el fulgor de la estrella? Pero la estrella está allí y ellos siguen la estrella.
¡Seguir nuestra estrella es seguir la llamada! Esa llamada espectacular, que solo se da de tarde en tarde para torcer el rumbo de nuestras vidas, y esa pequeña llamada constante, de un detalle, de un pormenor, de un rencor escondido, de una soberbia disimulada, de una pereza invencible, de una rebeldía incontrolada… que nos detiene en el camino mientras la estrella sigue el suyo. Hay un largo camino, dice una canción actual; hay un largo camino y las voces se entrecruzan para cantar: Hay un largo camino, subir, subir, seguir más allá. Seguir, seguir; seguir, éste es nuestro sino. Seguir. Este es el sino de la estrella.
Hace algunos años, en una peregrinación a Roma, un Consiliario español de Cursillos, en la Basílica de San Pedro, apretujado por la muchedumbre, contra las vallas que se colocan en los pasillos centrales, consigue coger la mano del Papa (Pablo VI). El Papa va pasando entre la multitud enardecida. Y el pobre sacerdote, confundido entre todos, sólo acierta a decir: Santo Padre, una consigna para mis Cursillistas de Cristiandad. Y el Papa se para un momento, lo mira, y musita esta palabra: “¡Continuad!” Continuar, seguir; no cansarse; no detenerse; seguir; continuar. Esta es la consigna de esta noche: ¡Continuad! Porque continuasteis, esta noche podéis celebrar el primer aniversario de la iniciación de esta Ultreya. Porque no os detuvisteis, la Ultreya no se hundió. Porque no os cansasteis, la Ultreya tomó más altos vuelos… y siguió su estrella.
3º Hay una tercera actitud en los Magos: la estrella sigue el camino. ¿A dónde irá? Han llegado a Jerusalén. Y no temen ir a preguntar a Herodes por el Rey que ha nacido y tiene por pregonero de su nacimiento una estrella. Y Herodes consulta. Y los doctores le dicen que es en Belén donde nacerá el Mesías. Y salen de Jerusalén. Y vuelven a ver la estrella. Y la estrella se posa sobre un pobre portal. Que no llega a portal pues es un pesebre. Y entran en la morada, que en nada se parece al palacio de un rey. Y encuentran al Niño. Envuelto en pañales. Recostado en un pesebre. Y ya tenéis a los grandes de la tierra, a los representantes de la humanidad pagana, a los sabios y científicos hincados de rodillas ante el Niño, para adorarlo. Es el Eterno que se ha hecho tiempo. Es el Espíritu que se ha hecho carne. Es el Omnipotente que se ha hecho pobreza. Es el Omnisciente que no sabe hablar. Es el Dios que ha tomado talla y medida y condición de hombre. Y ante Dios solo cabe una postura: prosternarse. Arrodillarse. Adorar.
El que busca a Dios y sigue su estrella, se encuentra con Él. El que sigue su estrella, siempre encuentra a Dios. Arropado en pañales o domando el mar; echado sobre unas pajas o sobrándole canastos de pan de milagros; tiritando junto a su Madre en Belén o temblando de escalofrío junto a su Madre en la Cruz. Pero con una postura o con otra, con uno u otro rostro, se encuentra a Dios.
Un local limitado y pobre puede ser siempre la cuna de Dios… llamada, en este caso, Ultreya. Porque le hemos buscado; porque le hemos seguido, le vamos a encontrar ahora, encarnado en su Eucaristía. Adeste fideles; acercaos, los creyentes; gozosos, victoriosos, venid, venid a ver al Niño y adoradle. Nuestra vida una doxología, un canto de alabanza y adoración: Con Cristo, por Él y en Él, a Ti, Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria, ahora y en la hora de la muerte y por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía, 7 de enero de 1991
Ultreya de López de Hoyos, Madrid
Otros Mensajes
Nothing found.
La ilusión
La ilusión

Hombres de mucha fe ¿por qué perdéis la ilusión?
Teológicamente la ilusión no es un derivado, sino una derivación, un eco, una resonancia, psicológico de la virtud de la fe.
No es verdad, decía la semana pasada el Santo Padre, que la vida sea gris. Es verdad, sí, que se pasa por el tubo de la noche oscura, de las horas malas; es verdad que son muchos los momentos en que sentimos tremendo desconcierto -Dios es a veces desconcertante-; es verdad que a ratos la vida es cuesta muy empinada; pero, a pesar de todo, si tengo fe, si vivo vida de fe, la vida tiene una luz espléndida. En el centro de los acontecimientos veo a Cristo. Aunque dormido, veo a Cristo en mí dolor y mi alegría; veo a Cristo en mis momentos malos… Él es mi alegría. Él es mi optimismo. Él es mi ilusión. Y esa fe se refleja en el optimismo y en la ilusión con que amanezco todos los días, sabiendo que ninguna contrariedad me hallará sólo y desvalido; sino que…
¿Verdad que el enfermo apenas se sentiría deprimido si supiera con absoluta certeza, con certeza infalible que el médico le iba a curar, sin que pudiera surgir ninguna complicación que el médico no pudiera vencer?
Este es el caso del hombre de fe. Él sabe que Dios tiene todos los hilos; él sabe que Dios no sufre olvidos ni despistes -ni un cabello puede caer-; él sabe que Dios le quiere; él sabe que lo puede todo.
Entonces, estalla en Él, fruto de la fe y de la esperanza, un sentimiento de optimismo, de alegría, de ilusión. El gozo del espíritu es fruto del Espíritu Santo. No necesita milagros para creer y obrar; tiene tanta fe que merece que Dios se los haga. Hasta las montañas sabe que se trasladarán.
Hombres de mucha fe ¿por qué perdéis la ilusión?
Majadahonda, 5 noviembre 1967
Convivencia Cursillistas
La entrega
La entrega

Toda mi vida debe ser una nota de generosidad y un acto de entrega.
Pero esa ilusión exige una entrega, porque la fe no puede ser muerta. La fe debe ser vivida. La fe debe ser coherente y vital. La fe debe inundar todas las cavidades del hombre, todas sus facultades. La fe debe ser luz de ilusión para su inteligencia, pero debe ser turbina de su voluntad.
Y ahí tenemos la entrega. A un Dios providente que se entrega generosamente para ser mi vida, para levantar mi vida, para divinizar mi vida; a un Dios que se anonada y toma la forma de siervo (S. Pablo), y toma una naturaleza de hombre, para que el hombre sea hijo de Dios; a un Dios que se entrega al hombre, corresponde un hombre que se entrega a Dios. Nobleza obliga.
Si tengo fe, fe que baja a todos los recovecos de mi persona y de mi circunstancia, la entrega a Dios es un postulado, un imperativo categórico de mi fe.
Porque, de lo contrario, mi ilusión -mi optimismo, mi enamorar- sería mera ilusión, mero engaño, mera mentira. Si Dios merece ser la ilusión suprema de toda mi vida, toda mi vida habrá de estar en función de Dios. Mi vida no es mía; no me pertenece. Mi vida ha sido sellada por Él y en Él. Toda mi vida debe llevar ese molde, ese sello, ese carácter que la define, que la determina, que la caracteriza.
Él cuida de todo lo mío; Él cuida todos mis momentos, todas mis cosas; luego todas mis cosas y mis momentos y mi vida habrán de ser respuesta generosa a esa Providencia que me ha hecho lo más grande, lo más sublime que pueda pensar un simple mortal: hijo de Dios, hermano de Cristo, templo del Espíritu Santo.
No hay un instante en que el hijo deje de ser hijo; no hay un momento que pueda independizarme de la dulce paternidad de Dios. Toda mi vida debe ser una nota de generosidad y un acto de entrega.
Majadahonda, 5 noviembre 1967
Convivencia Cursillistas
Espíritu de caridad
Espíritu de caridad

No somos granos de arena, somos sarmientos de una misma vid. La vid -el tronco, la cabeza- es Cristo; nosotros somos los sarmientos. No somos gota de agua; somos mar. No somos islas en un archipiélago; estamos todos vitalmente conectados.
Somos Pueblo de Dios; somos asamblea, somos comunidad. El hecho del Bautismo nos ha incorporado, nos ha integrado en una comunidad eclesial, en el misterio de la Iglesia.
El Bautismo nos ha injertado en un cuerpo social, que, por sus especiales características llamamos Cuerpo Místico.
No somos granos de arena, somos sarmientos de una misma vid. La vid -el tronco, la cabeza- es Cristo; nosotros somos los sarmientos. No somos gota de agua; somos mar. No somos islas en un archipiélago; estamos todos vitalmente conectados. Mi vida es la vida del Cuerpo, la vida de las otras células, la vida de Cristo, de la cepa de la vid.
Entonces me debo -se debe todo organismo vital- a dos leyes fundamentales: la unidad y la solidaridad.
Soy fragmento de un todo: del Cristo total, de S. Agustín.
La unidad, puesto que si cada órgano, cada aparato, cada célula, quisiera vivir a su talante, el organismo desaparecería como tal. La Iglesia no es reino de taifas; no es bandos de guerrilleros; el capillismo es la negación de la Iglesia; la Iglesia, por ser organismo de vida sobrenatural está atenido a la unidad. Quien rompa la unidad, comete un crimen de lesa Iglesia. Quién excluye a alguien, quiere excluir a una célula de esta Unidad.
Solidaridad: samaritano: si él puede, cuida de él; si la normalidad de su vida no le dejó, al mesonero
Quien sufre, que yo no sufra.
Quien enferma, sin que yo enferme.
Quien se quema, sin que yo me abrase.
Por eso hay que tener comprensión: comprensión para el que se va…, no para dejarle, sino para saber explicar su alejamiento; para el que va trampeando, no para dejarle en su ambigüedad, sino para afianzarle; para el que se queda, a fin de enriquecerle y promocionarle. Esta Convivencia intenta esto: hacernos más unos conociéndonos mejor; haciéndonos más unos enraizando mi vida en la vida de los demás, enriqueciendo a los demás con mi propio enriquecimiento, enriqueciéndome más con el enriquecimiento de los demás.
Sentirse solidario es compartir con otros una responsabilidad determinada. Nos sentimos solidarios cuando nos sentimos responsables, hombro a hombro, con quienes constituyen un mismo cuerpo.
Cuando el pie se lastima, no solo sufre el pie, sino todo el Cuerpo. Cuando se sufre una hemorragia, todo se moviliza para taponarla. La cabeza, el corazón, los nervios, los músculos, todas las células empiezan una contraofensiva.
Somos Cuerpo Místico de Cristo. Tú no eres una pieza de un ajedrez, sino un fragmento del cuerpo del que yo soy fragmento. Y tú y yo somos fragmentos de un Cuerpo del que son fragmentos los demás.
Solidariamente tú y yo y el otro y el otro vamos a empeñarnos, no por consejo de nadie, sino por imperativo vital, de que el corazón no se despreocupe de que sangre mi mano.
Esa ley de la unidad y esa ley de la solidaridad tienen nombre cristiano. Se llama caridad.
Un mandamiento nuevo os doy: Nuevo, sí, porque ha nacido una realidad: el misterio de la Iglesia. Ha nacido una entidad sobrenatural. Os améis como yo os he amado. Os améis como a vosotros mismos. La leyenda nueva: yo soy tú. Si yo y tu participamos de una misma vida, yo soy algo tú, y tú eres algo yo. Amándome te amo, amándote me amo. Amándote y amándome, amo a Cristo, nuestra Cabeza. Amándote y amándome, doy vida a Cristo, como Cristo nos da la vida.
Como yo os he amado. Dando vida. Dando vida, chorros de vida. Dando vida, dándome siempre, olvidándome de mí, de mis caprichos, de mis consecuencias, de mis soberbias, de mi amor propio… dándome. Esta es la suprema prueba de la caridad: dar la vida por el que se ama. Con ilusión, como Cristo: se le hacía tarde; no podía dejar de hablar.
Con entrega: como Cristo, evangelizando todos los ambientes, para quedarse de noche en oración. Con espíritu de caridad: como Cristo: aunque nos cueste un poco la vida.
Majadahonda, 5 noviembre 1967
Convivencia Cursillistas
El que quiera venir (I)
El que quiera venir (I)

«Después Jesús dijo a toda la gente: “Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y sígame”». (Lc 9, 26)
El gran pregón de reclutamiento, como un programa electoral, como un manifiesto para la convocatoria…:
“El que quiera venir en pos de Mí,
que se renuncie a sí mismo,
que tome su cruz de cada día y
que Me siga”.
Podríamos distinguir cuatro puntos1 o elementos
1. El respeto de Dios a la libertad del hombre: si alguno quiere…
2. La renuncia, primer paso del hombre por Dios: “niéguese a sí mismo”
3. La aceptación de la cruz, segundo paso: “tome su cruz de cada día”
4. El seguimiento, tercer paso, como confianza y seguridad: “sígame”.
El respeto de Dios a la libertad del hombre: si alguno quiere…
Es un acto de delicadeza, de gentileza de Dios el haber creado libre al hombre.
Teóricamente cabía que le hubiera creado sin libertad, como el sol, la luna y las estrellas, como los montes, los mares o los aires, como el árbol, el bosque o la flor como los reptiles, los cetáceos o las alondras: no tienen libertad.
A lo más, pueden aspirar a dejarse llevar por sus instintos. La ley de la física o la ley del instinto explican sus movimientos: Se puede saber el camino de un cometa o la hora del eclipse del año 2000: no se separan de sus órbitas y de sus ritmos.
También puedo saber que mayo nos dará sus rosas y octubre nos dará racimos. En cambio, no puedo saber si tomarás a la derecha o te quedarás quieto: eres libre para mover tus piernas o mantenerlas en reposo; eres libre para pensar, para aceptar, para querer, para amar, para vivir.
Dios ha empeñado de tal manera su palabra, que dejará que se abra un infierno antes que privar al hombre de su libertad.
El rey de la creación -el hombre es el ser creado para no estar sujeto, sino para dominar la tierra y someterla, para someter al cosmos en la historia-, debía tener libertad de movimientos, de criterios, de iniciativas y de decisión, ya que había recibido las riendas del mundo.
Dios no quiere un pueblo de esclavos sino una familia de hijos.
Desde lo alto de estas premisas, Jesús hace su pregón: “El que quiera venir…”
no hay una obligación, sino una invitación;
no hay una coacción sino una propuesta,
no hay una imposición, sino una exposición.
Exposición simpática, sonriente, impulsiva pero siempre dentro del respeto a mi libertad.
Puedes irte y regresar; puedes ir y no volver; puedes no ir y quedarte: la libertad es abanico abierto a posibilidades infinitas.
Sí no quieres subir y escalar,
si no quieres correr y fatigarte,
si no quieres quedarte aburrida y aburrado,
si quieres salir a tu aire y por peteneras, en tus intransigencias,
si quieres revolverte en el barro
si quieres descalabrarte en el mar de la corrupción, de la zafiedad, del cinismo… ¡puedes! Tú tocarás las consecuencias a las cortas o a las largas (más bien cada día y a todas horas); pero puedes.
Si quieres venir Conmigo; si quieres, ah si quieres…
Si quieres… Y ahí ves los ojos llenos de luz de un Cristo que te mira, que me mira, que me sigue mirando, mirando con la ilusión con que sólo puede mirar quien ha hecho almoneda, subasta de su divinidad, y te ha ofrecido y te ha entregado libremente -libremente- su vida… ¡Si quieres! ¿Quién le dice que no? ¿Te atreves? Es un cadáver. Dio su vida. ¡A ese cadáver lo reconozco yo! Por mí; por mí es cadáver el Cristo Crucificado. Mirarle y verás si puedes decir que no, cuando te dice: “Si quieres…”
La renuncia, primer paso del hombre por Dios: “niéguese a sí mismo”
Si quieres venir Conmigo; si quieres, ah si quieres…
Ahora bien, en el caso de que yo quiera, ¿cuáles son tus exigencias, Señor? ¿A qué me obligo? ¿Qué deberé hacer?
La respuesta es clara, diáfana, rotunda: venir conmigo -dice- supone tres pasos: renunciarse, tomar la cruz y seguirme.
Dejadme reposar un poco en cada paso, en cada exigencia: renunciar a sí mismo.
Renunciar es negarme; negarme es anularme; anularme es sobreponerme; sobreponerme es cambiar, empezar a ser otra cosa, porque debo dejar de ser lo que soy. Si sigo siendo quien era, no he renunciado a mí.
Desde estos supuestos, se entiende aquella fascinante concepción de San Pablo sobre el hombre viejo y el hombre nuevo, que arranca de aquella entrevista nocturna de Jesús con Nicodemo: el que no renace -y renacer supone morir y volver a nacer-, no pueda entrar en el Reino.
Ir con Él supone morir al hombre viejo -al hombre que era- con sus instintos, sus inclinaciones, sus concupiscencias, sus perversidades. Nacemos malvados, un niño es un criminal en ciernes, diría S. Agustín. Mi madre me concibió en pecado, cantaría el salmista. De siempre llevamos en la sangre el triste patrimonio del pecado original. Está dañado todo el tronco, la raíz misma del árbol de la humanidad. En mí cabe toda posibilidad de mal: la envidia, la ira, la soberbia, la sensualidad, la crueldad, el egoísmo, la pereza. Nada malo es ajeno a mí, diría el poeta: y esto es el hombre viejo, asediado por el mundo, el demonio y la carne.
Renunciar a mí mismo es morir a ese hombre viejo, y tener el valor de renacer como una verídica Ave Fénix, y sobre las cenizas del hombre viejo, el hombre del Evangelio, el hombre y la mujer cristianos, muy hombres ellos y muy mujeres ellas, pero ellos y ellas construyendo al hombre y a la mujer de las Bienaventuranzas, con criterios e ideas de Evangelio, con posturas y comportamientos de Evangelio, con iniciativa y reacciones evangélicas: hombres nuevos para un mundo nuevo, para una nueva evangelización, tal como de siempre lo soñó el Padre que está en los cielos.
Sabiendo renunciar a la ganancia fácil y al estallido iracundo y al placer ilícito. Sabiendo llevar las riendas de la vida y frenar el potro indómito de los instintos.
El hombre nuevo lo enfrenta todo y se enfrenta a todo con luz de Dios. (El caso de Cristóbal Almendro y las alas del Espíritu Santo). ¿A quién se le ocurre buscar así el color de las alas del Espíritu Santo? A un hombre nuevo hecho de Evangelio.
Majadahonda; 18 de enero de 1992
Convivencia de la Escuela de San Pablo
El que quiera venir (II)
El que quiera venir (II)

Hay que dar un paso más: “el que quiera venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz.
Todo lo cristiano empieza como todo lo de Cristo: con una cruz. El primer signo que recibe el niño que va a ser bautizado, incluso antes de recibir el agua, será la cruz. El sacerdote le signa con la cruz la frente: como si quisiera decir coloquialmente: aquí no se engaña a nadie. No os equivoquéis; el Bautismo convertirá a este niño en hijo de Dios; pero sepáis que el ser cristiano es ser hombre de cruz. Y como si quisiera que la idea penetrara bien en la vida, invita al padre a que también…, y después invita a la madre a que…, y después invita al padrino, y después invita a la madrina. Cinco cruces preceden al agua bautismal: no pueden caber las dudas: cristiano, serás el hombre de la cruz.
Cuando Pedro, en aquella mañana del Espíritu Santo, el día de Pentecostés, a la hora del viento y del fuego -como en lenguas de fuego desciende sobre los Apóstoles el Espíritu Santo- tiene que dar su primer mensaje urbi et orbi, a aquella Iglesia que está naciendo, no tiene más ocurrencias que hablar del Cristo Crucificado -el de la Cruz- que luego resucitó. Estaban los Once desconcertados todavía entre aquella avalancha vertiginosa de los acontecimientos que acababan de vivir -la muerte del Maestro, el abandono y la soledad de su muerte, la piedra de su sepultura, los primeros rumores de su resurrección, las mujeres que van y vienen con el estupor de la noticia, María que cuenta, temblando, el momento en que le dice Señor al jardinero del sepulcro, y las apariciones del Lago, en que Jesús jardinero se hace el cocinero que sobre las brasas encendidas en la costa, está asando unos peces, y las dudas de Tomás que no cree a nadie, y la visión de las manos del Maestro agujereadas por los clavos- …y desconcertados los Once, ahora, hablando del Cristo de la Cruz, lo entienden todo: la vida y la muerte, la resurrección y la esperanza. ¡Si ahí estaba el núcleo y la base de todo: todo en la Cruz en la cruz que dirá San Pablo que es necedad para los gentiles y escándalo para los judíos… ¡Hay que gritar a todos los aires, en todas las lenguas, el triunfo del Cristo de la Cruz!
Moltmann, un gran teólogo, se pregunta hoy qué significa el recuerdo de un Dios Crucificado para una sociedad oficialmente optimista, vitalmente corrompida y asqueada en su mar de consumismos… “Rodeados de muertes, dice él, jugamos a ser felices”.
O la Iglesia y los cristianos redescubrimos que somos la Iglesia y los hombres de la cruz, o dejamos de ser la Iglesia y los hombres de Jesús.
No podemos conformarnos con un Jesús Niño sin pesebre; con un Cristo adolescente jugando con chavales, con un Cristo adulto desparramando rayos láser de milagritos. No hay más Cristo que el Cristo de la Cruz. Mi vida cristiana es una vía sacra que desemboca en el Calvario. Cruces cada día; cruces a todas horas; cruces y cruces y más cruces. Cruces de incomprensión; cruces de limitaciones; cruces de vacíos; cruces de superaciones. Dejo una cruz, para tomar otra, porque cada día tiene su afán, y cada afán tiene su cruz. Y lo que no se me va a permitir es que a las 11 esté besando la cruz y a las doce esté maldiciendo mi cruz de cada día, que es una astilla pequeña arrancada a la gran cruz del Cristo el Salvador. ¡¡Benditas sean, Señor, las cruces con que me hieres!! Sólo cargado con cruz puedo asemejarme a Ti; sólo a base de cruz puedo ayudarte a salvar el mundo. ¡Benditas sean, Señor, las cruces con que me hieres!
Y hay un otro paso todavía… y gracias a Dios: “el que quiera venir en pos de Mí, renúnciese a sí mismo, tome su cruz de cada día…, y sígame”.
Menos mal. Ahí está mi tabla de salvación. ¿Qué haría sin mí y con cruz, si no te tuviera a Ti? ¡Seguirle: seguirle a Él! El que sigue a otro, va detrás de ese otro que le va delante. Yo pegado a Él; yo a la sombra de Él; yo acompañándole a Él; ¡yo acompañado de Él! Nunca solo; nunca con mis solas fuerzas. ¡No podría! ¿Sólo y con cruz? Imposible vivir; imposible creer; imposible amar; imposible avanzar. Pero ¿con Él? Con Él -recordemos aquellos tres días del gran encuentro con Él en el Cursillo-, con Él, yo soy mayoría aplastante; con Él todo lo puedo; con Él… “mayores cosas verás”. Ni yo sin Ti me quedo ni Tú sin mí te vas.
Gracias, Cristo pregonero, por tu pregón. En muy pocas palabras me has dado todos los tomos de las lecciones necesarias para vivir. Ahora solo me falta luz -tu luz- para profundizar en el meollo de tus palabras; sólo me faltan fuerzas -tus fuerzas- para nunca desfallecer: ¡Yo soy de los que quieren ir en pos de Ti, renunciando a mí, cargado con mi cruz, y siguiéndote cada día! Gracias. Yo, de los tuyos, Señor.
Majadahonda; 18 de enero de 1992
Convivencia de la Escuela de San Pablo
Nuestro ideal
Nuestro ideal

Tu ideal. A ti, ¿cuál es el conjunto de proyectos de ideas que te impulsan a la consecución de tu objetivo? A un individuo, para conocerle el ideal, pregúntale como empleas tus descansos. Ahora tú lo sabrás: ¿cuál es tu ideal?
Nosotros buscamos un ideal que complete y llene la vida, sin sombras, sin defección, que lo sublime todo. ¿Cuál es tu ideal? ¿Cuál? No lo sé; no me importa. Pero si me importa que el verdadero solo puede ser único: Dios. Solo Dios puede llenarlo todo, puede bastar para todo. Es el principio: empieza tu vida con Él y termina en Él. Te da medios suficientes para hallar el ideal. El único… El verdadero… El completo… El santo.
Ser santos no es subir al altar; pero es no poner en el altar a la bestia. Jerarquizar los valores inherentes al hombre. A Dios lo que es de Dios. Adquisición: conociéndole. Posesión: no dejar la inquietud de Dios más allá. En los actos más triviales. En todos los minutos. Enloquecer: ver en la flor a Dios, en la máquina.
Entonces irradiación: inquietud de dar a conocer a ese Dios que yo veo por todas partes… En el hermano bueno y el pecador. Morir como él murió, loco de sed… No descansar. Volcar todo el corazón.
Dos aspectos esenciales de la santidad: Dios en nosotros y Dios en los demás. Hacer a Dios razón de mi existencia y razón de la existencia de los demás.
¿Es posible trasladar ese ideal a la realidad? ¿Es asequible el ideal para el siglo XX? Dios no puede proponer un ideal imposible. Dios hizo más: no es Dios una irrealidad como un Buda con las piernas cruzadas y cara de idiota. Dios sustantivó el ideal encarnándolo en Cristo. Luchando solos, no sería nuestra la victoria. El hombre era un todo armónico antes del pecado. Después es una armonía rota. Por eso Cristo vino a enseñar y dar medios: los Sacramentos y la Iglesia
La felicidad
La felicidad

Llegaremos a Aquel que, por ser el camino, la verdad y la vida, es la fuente de toda felicidad: “la vida eterna está en que te conozcan a Ti, Padre, y a Aquel que Tú has enviado”.
Esta tarde me he entretenido en buscar el concepto de felicidad, que nos encandila y apasiona y nos aprisiona a todos. Hagamos lo que hagamos, vamos a la búsqueda de algo o de Alguien que pueda hacernos felices.
El año pasado, hace un año, se tuvo en Madrid un congreso bajo este lema: “Felicidad: ¿ser o tener”?
Intervinieron grandes personajes del pensamiento: pedagogos, sociólogos, psicólogos y filósofos.
Para el Catedrático de Psiquiatría, Enrique Rojas, la felicidad es un estado de ánimo gratificante, que hace que nos encontremos satisfechos con nuestras vidas”. Para ello, dice, hay que basarlo todo en dos pilares: tener una personalidad hecha, y tener un proyecto de vida con tres vertientes fundamentales: el amor, el trabajo y la cultura: la cultura hace al hombre más humano; el trabajo nos coloca al servicio de los demás; el amor nos transforma por dentro y por fuera.
1) Para tener personalidad se requiere conocerse a uno mismo con sus aptitudes y sus limitaciones y el saber gobernarse a sí mismo, que es el gobierno más difícil que existe.
2) En cuanto al proyecto de vida, las claves, según el Dr. Rojas, están en el orden y la constancia: el orden, que es el establecimiento de una auténtica escala de valores, y en la constancia que es la fidelidad a la coherencia dentro de esta escala de valores. “El hombre feliz, concluía Rojas, es el que tiene paz consigo mismo”.
“El corazón de la paz está en la paz del corazón”, ha dicho Juan Pablo II.
Y el Evangelio de esta tarde nos da la solución a todo: “No perdáis la calma” (Juan 14,1)
Para José Luis Pinillos “la felicidad no se da al que se ocupa de ella; viene como resultado de otras cosas”. El logro de la felicidad propia está en procurar la felicidad del otro.
Es un error, dice, buscar la felicidad en el hedonismo, porque el placer dura poco, y, como es efímero, conlleva a corto plazo la infelicidad: el hedonista vive siempre en plena ansiedad, por miedo a perderlo todo y quedarse a solas consigo.
La segunda opción es el estoicismo, postura con la que el hombre se desentiende de todo lo que le rodea y no deja que nada le afecte. Esta es una postura tan errónea como la anterior.
La tercera opción, decía Pinillos, Catedrático de Psicología, es la que parece extenderse más en nuestra sociedad: la vida “light”, que busca la comodidad por encima de todo y sin trascendencia alguna. La televisión lanza un mensaje de comodidad y de lujo, y cualquier otro valor queda desprestigiado.
Frente a todo esto, decía Pinillos, “necesito creer en algo superior a mí, algo que no es finito. Lo hago porque, a lo largo de mi vida, he pasado muchas vicisitudes; he estado incluso cerca de la muerte, y, sin embargo, alguien me ha hecho llegar hasta mí. Nunca he ido buscando “las cosas”, y en cambio he recibido mucho”. El valor de lo trascendente es el valor de la felicidad. Más de quince siglos atrás lo había expresado San Agustín con aquella frase lapidaria: “Hemos sido hechos, Señor, para Ti, por eso nuestro corazón no tiene quietud hasta que la consigue en Ti”. Ahí está la fuente de la felicidad.
Para Julián Marías la felicidad se nutre de ilusión, y se halla en las personas, por tanto, en el amor. El autor de “La felicidad humana” quiere huir del pesimismo, aunque reconoce que la vida humana está en la inseguridad…, que no le deja ser feliz; sin embargo, la incertidumbre que rodea al hombre dice, es lo que dota a la vida de la constante aspiración a lo nuevo. No obstante, por ser realista, al comparar la sociedad del siglo pasado con la nuestra, reconoce que “antes tenían más proyectos y menos recursos, y ahora tenemos más recursos que proyectos. La consecuencia de ello es un enorme aburrimiento”.
Marías parte de la afirmación de que la felicidad “es un imposible necesario”; pero, “a pesar de que alcanzar la felicidad en esta vida, no es posible, no podemos renunciar a ella”. Es terriblemente equivocada la idea del hombre actual, de que la felicidad está en la seguridad, pues “ello le lleva a no creer en una vida después de la vida”, “porque el hacerse preguntas sobre el futuro después de la muerte le produciría una gran inseguridad, y entonces se conforma con sucedáneos”.
“Si no le pedimos algo a cada día, la felicidad no es posible; pero los proyectos que debemos acometer son aquellos que están en nuestras manos: “podemos desearlo todo, pero no podemos quererlo todo, sino sólo aquello que nos es posible”.
¿Qué es nuestra actual sociedad del bienestar? Marías contestó: “un enmascaramiento, que ha hecho muy difícil alcanzar la felicidad”.
Llegaremos, más allá de los filósofos, a Aquel que, por ser el camino, la verdad y la vida, es la fuente de toda felicidad: “la vida eterna está en que te conozcan a Ti, Padre, y a Aquel que Tú has enviado”.










