Sacerdote

Sacerdote

El cielo y la tierra, Dios y los hombres se encuentran y se abrazan en ese hombre divinizado, en ese ser -el sacerdote- que siendo hombre lleva el sello y los poderes de Dios. Cuanto dice de relación entre Dios y los hombres, pasa por las manos de esos embajadores de Dios, representante de los hombres, que es el sacerdote. Tiene algo de hombre: su naturaleza humana; tiene algo de Dios: su vocación divina y su consagración sacerdotal. Porque Dios debe haberle elegido; nadie puede alzarse embajador si no tiene una embajada; y para esa embajada, para ese mensaje sólo puede llamarle quien tiene un mensaje para enviar. Y como para esa embajada deben dársele poderes plenos, sólo el que tiene ese poder puede delegarlo. Por eso el sacerdote «vocatur a Deo», debe ser destinado por Dios a ese ministerio divino entre los hombres, y de Dios recibe las credenciales que le acreditan como embajador de Dios. No puede el hombre apropiarse ese honor; no puede escoger él esa función divina y divinizadora; sólo Dios puede confiársela. Desde la eternidad el sacerdote lleva sobre su frente la llamada de predilección, por la que le segrega de entre los hombres, aunque vive entre ellos, le eleva sobre todos los hombres y le constituye punto medio de enlace de unión, entre los hombres y Dios.

Tal es la naturaleza del sacerdote.

El primer Sacerdote, el Supremo y Eterno Sacerdote, el Sacerdote por antonomasia, de cuyo sacerdocio son sólo partícipes todos los sacerdotes, es Jesucristo, el gran Embajador de Dios. Y mirad cómo tiene que tomar una naturaleza humana: si fuera sólo Dios, no podría ser su sacerdote porque el sacerdote es mediador y Dios no puede ser mediador porque no es medio es uno de los extremos de la mediación. Y el Verbo se hace hombre, con su carne sometida al hambre y al cansancio, con su alma punzada de amarguras y dolores, con unos labios que rezan y unos ojos que lloran y un corazón que sufre. Y se hace hombre para ser sacerdote porque el fin de la encarnación del Hijo de Dios es la redención de la humanidad, y la redención debe lograrse por la gran función sacerdotal del sacrificio de la Cruz.

Y Jesucristo es llamado y consagrado sacerdote por Dios. En las honduras de la eternidad oyó el Hijo de Dios la llamada del Padre, que él acepta humildemente; mitte me; mándame; y queda ungido sacerdote en el momento augusto en que la naturaleza humana de Cristo, unida a su naturaleza divina, empieza a ser elaborada en las entrañas milagrosamente fecundas de la Virgen Madre de Jesucristo Sacerdote. Y desde entonces toda su vida es vida sacerdotal; todos sus actos sacerdotales, porque todos ellos son actos de embajador de Dios entre los hombres, son actos de mediación entre los hombres y Dios. Todos los momentos de su vida se entrega a Dios y se entrega a los hombres; mejor dicho, es entrega a los hombres y es entrega a Dios por los hombres.

Si llora en Belén la pobreza de aquel establo en que nace, es ya sacerdote que ofrece al Padre la ofrenda de su dolor, y a los hombres el ejemplo de su pobreza. Si se encallecen sus manos en el taller de Nazaret, es ya sacerdote que ofrenda al mundo la lección de su trabajo hecho oración, de su oración hecha trabajo. Si a las orillas del lago o sobre las laderas del monte, va sembrando la verdad de su doctrina, si junto al pozo llama a la mujer, si en Cafarnaúm perdona al paralítico, si en el Cenáculo nos brinda su cuerpo hecho alimento, si, sobre todo, sube al Calvario para la gran ofrenda de su ser al Padre, en el sacrificio de la Cruz es sacerdote que va acercando a Dios las almas de los hombres hermanos. Y como su función sacerdotal es, por ser suya, de valor infinito, Jesucristo es el gran Sacerdote, el Supremo y Eterno Sacerdote, sobre el cual habrán de copiar su vida y su misión cuantos sean llamados por Dios al sacerdocio. Desde entonces todo sacerdote será otro Cristo.

El mismo Señor les decía así a los Apóstoles primeros que proseguirían en el mundo su ministerio sacerdotal: como a Mí me envió mi Padre, así yo os envío. Como me envió mi Padre; con la misma función y el mismo cargo y el mismo ser sacerdotal; como me envió mi Padre, con los mismos poderes y prerrogativas; como me envió mi Padre, con el mismo espíritu y el mismo ideal y la misma suerte, como me envió mi Padre, con mi propia dignidad y mi propia personalidad, así os envío Yo para que seáis Yo mismo pasando al borde de las almas por todas las encrucijadas de la Historia. Haced esto en memoria mía; ofreced mi propio sacrificio en el sacrificio de vuestra Misa, como si fuerais Yo; id, como yo he ido, predicando al mundo la santa verdad que salva; perdonad a las almas, como yo las perdonara; acercaos a las conciencias como Yo para consolar sus fatigas y asomarlas a Dios; recoged, como Yo, a todo el que sufre y a todo el que duda; bautizadlos a todos, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; todo lo que absolveréis, será absuelto; apacentad mis almas; yo estaré con vosotros; yo seré en vosotros; yo soy vosotros hasta la consumación de los siglos.

Y apoyado en la verdad y en el poder de aquellas palabras y aquellas promesas de Cristo, el sacerdote, ese hombre que tiene carne de hombre y funciones divinas, va, como Cristo, por la tierra. Vive en la tierra; pero el suelo le sirve más de sostén en que apoyarse que de morada para vivir. Todo él trasciende a Cristo. Toda su personalidad proyecta sombras divinas. Lleva el sello del más allá. Se mueve en la esfera de lo sobrenatural; refleja los rasgos de Cristo; lleva su misma embajada; es Cristo quien bautiza cuando él bautiza; es Cristo quien bendice cuando él bendice; es Cristo quien predica cuando él enseña; y es Cristo quien repite su sacrificio, capaz de la redención de mil mundos, cuando él sobre el altar ofrece el augusto sacrificio. Es el Cristo que transita por el mundo, místicamente reencarnado en la persona del sacerdote, operario de las mieses de Cristo, maestro de las almas de Cristo, pastor de las ovejas de Cristo, mensajero de las verdades de Cristo, un Cristo humanado que elegido por Dios pasa junto a nosotros a través de la historia.

Tal es la función del sacerdote de Cristo.

Extracto de la predicación de Sebastián Gaya

«Misa Nueva» de un sacerdote recién ordenado

Ermita de San Salvador (Felanitx – Mallorca)

31 de julio de 1952


La amistad

La amistad

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Entre los grandes dones que el hombre puede recibir, ninguno hay más valioso como el de la amistad.

Si buscamos en el Diccionario la palabra amistad, tomamos consciencia de la infinita distancia que puede haber entre una definición y una realidad. La amistad, dice el Diccionario, es un afecto puro y desinteresado. Seguramente no se puede decir más; sin embargo, quien no ha experimentado la profundidad del don de la amistad, ¿se formará la más ligera idea de la belleza, de la magnitud, de las dimensiones, de las exigencias, de las maravillosas consecuencias que se derivan de la amistad? La del Diccionario es una definición pobre, fría, helada. Y la amistad real quema: es cálida, es cordial, es entrañable.

Tan maravillosa es la fuerza de la amistad, que alguien ha dicho que la vida, para el hombre, es la capacidad que él tiene de experimentar y gozar del don de la amistad. Me refiero a la amistad cuando ésta es auténtica. No me refiero a esos amigos “light”, sino al amigo “fetén”, intocable, sin el cual mi vida hasta podía torcer su rumbo. Es un amigo que es amigo por encima de sus defectos y sus virtudes, y al que quiero a pesar de sus defectos y sin exigir sus virtudes.

Cristo se hizo hombre –asumió una naturaleza humana, con todas sus posibles deficiencias y limitaciones, para hacerse y ser amigo del hombre, de todo hombre, hombre y mujer.

Cuando se experimenta la amistad de Cristo –el Dios que me saca de la nada, el que me conoce hasta en sus más recónditos vericuetos, el que me acompaña sin apartarse jamás de mi lado, el que se alegra de saberme bien y de que en este momento tenga un rato bueno- se multiplica en mí el gozo de serle amigo, el gozo de sentirme su amigo.

Recordemos quizás aquella tarde de la Clausura de mi Cursillo, cuando lo habría dado todo por no perder su amistad: es el magnífico, delicioso, grandioso misterio del Cristo-amigo, del amigo que lleva la amistad a su cima más alta: la de dar incluso la vida por los amigos.

No importa que no convivan; no importa que pase algún tiempo sin volverse a ver. El amigo entiende al amigo sin palabras. La amistad es cauce para el acercamiento, el acercamiento se hace deseo de convivencia, y la convivencia deviene en intimidad. Para el amigo está abierto no sólo el corazón sino la vida. No hay rincones oscuros o ignorados para el amigo. La amistad oxigena el encuentro, y lo hace más agradable, más sabroso, más vivo. De ahí la sentencia antigua: Quien tiene un amigo, tiene un tesoro. El tesoro aquel del evangelio, por el que vale la pena subastarlo todo, renunciar a todo para lograr el tesoro.

La amistad no necesita de impulsos externos; puede permitirse altibajos, pero siempre sale a flote. Nadie creería que la amistad no fuera indisoluble; uno diría que, aunque caigan las torres más altas, sus ruinas verían que la amistad permanece impasible.

Nunca el amigo creerá el chisme sobre el amigo; la amistad no es vulnerable; resiste a todos los temporales.

Las palabras del amigo pueden no ser entendidas, pero nunca serán malentendidas; son palabras que merecen siempre una interpretación amable, benigna, benévola.

El Movimiento de Cursillos no ha inventado el campo de la amistad, pero el Movimiento de Cursillos sólo se entiende desde la amistad, en la amistad.

Quien no sabe dejarse llevar por la amistad, nunca va a entender el Movimiento de Cursillos; todo él se desarrolla en clave de amistad. Si se quiere [hacer] un Precursillo, hay que abrir caminos a la amistad. Lo que convence en el cursillo no será la organización ni la retórica; uno admite a Cristo en su vida, cuando los tres días han sido un espacio para la amistad; el mejor equipo es el que más capacitado está para hacer vivir la amistad entre sus miembros; el que más capaz es de abrirse a la amistad de todos. Y el que quiera promover la eficacia de un Poscursillo, logrará su empeño en cuanto esté dispuesto a acompañar al otro como amigo. Quien no sepa ser amigo, no llame a las puertas de Cursillos; está imposibilitado para comprenderlos; Dios le ha destinado a desarrollarse en otras praderas.

Cuando existe clima de amistad, uno se siente impulsado a obtener un mayor conocimiento del amigo, para poder abarcar la amistad en toda su extensión, para poder quererla con profundidad mayor. Todas las minucias del amigo son importantes para el amigo; sólo el amigo sabe captar, en un abrir y cerrar de ojos, toda la hondura de las posibilidades y las entregas del amigo.

La amistad no obliga a que el otro tuerza sus caminos ni cambie sus criterios, cada uno sigue siendo piloto de su persona. Ello implica tener fe en el otro, poner la propia esperanza en el otro, derramar amor sobre el otro.

Hablar de “la amistad para” es desnaturalizar la amistad. En cuanto a la amistad se le coloca “un para”, deja de ser amistad. Es esencial a la amistad el que sea desinteresada y a fondo perdido. Cuando con la amistad se intenta algo que no sea estrictamente amistad, se está liquidando la amistad.

Cuando la amistad se enfría, algo hay que la derrumba. Entonces habrá que ir a las mismas raíces de la amistad, no ya para comprobar si hay razones para el enfriamiento, cuanto para saltar sobre todos los obstáculos que ponen en peligro la amistad. Cualquier esfuerzo es pequeño para salvar.

La amistad está siempre abierta a la sorpresa y al asombro; siempre hay algo que comentar con el amigo; la conversación nunca termina; las despedidas se hacen eternas, y si puede ser, tienen su apéndice o su estrambote en el teléfono. Cuando la amistad –como en nuestro caso- va montada en valores trascendentes, el dinamismo de la amistad ronda el campo del milagro, del imposible.

No es raro, no, que el cancionero nos diga que “algo se muere en el alma cuando el amigo se va”. No es raro, no, que el gran Virgilio hablara del amigo como “animae dimilium muae”, la mitad de mi alma. Y Cristo en el colmo de su entrega: “Os voy a llamar amigos”.


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Alegres porque somos hijos en el padre

Alegres porque somos hijos en el padre

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Alegres, ¿por qué? Porque me sé hijo del Padre y sé que estoy en sus manos.

Es inefable, llena de encanto la alegría del niño cuando el padre llega a casa y sabe que no le va a faltar nada: el Señor es mi Pastor…

Sabe que está seguro contra lo que pueda venir.

Sabe que, hasta el camión que está roto, se pondrá en marcha porque el padre lo va a arreglar.

No hay padre tan padre como el Dios al que llamamos Padre porque lo es.

Juan, en el Sermón de la última cena, pone en labios de Jesús esta súplica: “Padre, guarda a aquellos que me has dado” (Juan 17, 11)

Esta mañana nos dice: Creedme; fiaos; no os podía dejar en mejores manos que las de aquella noche.

Aunque el mundo os odie y no os comprenda y se burle de ti…, porque no quieres seguir el mundo de las litronas o de los desmanes…, porque quieres evitar las ocasiones que ponen en peligro tus compromisos, evitando mezcolanzas peligrosas, porque te santiguas al empezar a comer y te atreves a entrar en la Casa del Padre para tu Eucaristía…

Aunque tengas que soportar las sonrisas de los cínicos que sólo saben ver los polvos para convertirlos en barros.

Aunque te sientas la oveja perseguida por los lobos carniceros que quisieran prostituir nuestra juventud…, mantente alegre: estáis en sus manos: las manos que crearon las galaxias y chorrearon sangre en la cruz; las manos que abren los lirios del campo y no dejan que caiga sin su voluntad un cabello de la cabeza. ¡Mi cabello no puede caer!

Mirad los árboles arraigados junto al torrente, que nunca amarillean ni se amustian. Aquel que se arraiga en el amor del Padre ofrecerá siempre a su comunidad frescura de alegría y esperanza de coraje.

Ni siquiera el pecado puede hundirnos en el pesimismo. El Amor del Padre es más grande que nuestro mal; la misericordia del Padre es más fuerte que vuestra miseria. También en verano hay un Sacramento para el perdón. También en verano Dios perdona.

Dejémonos amar por Dios en el perdón. Dejémonos amar por Dios en la Eucaristía. ¿Por qué no cada tarde? Dejémonos amar por Dios desde el fuego del Sagrario.

Padre, danos la alegría de sabernos tus hijos. ¡Tus hijos, no tus esclavos! Somos hijos; soy hijo tuyo, Señor de toda bondad…, y estoy alegre.

Convivencia de fin de curso. En San Cristóbal
15 de junio de 1991


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Sagrado Corazón de Jesús

Sagrado Corazón de Jesús

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Para el Evangelista Juan, Jesús murió en la vigilia de la Pascua judía, que ellos llamaban Parasceve, es decir, el día de la preparación de la Pascua.

Era el final, era el extremo; el final y el extremo de una vida derramada para el amor. Era el amor llevado a su más extrema radicalidad: Él nos lo había dicho: “no hay amor más grande que el dar la vida por aquellos a quienes se ama”.

Dar la vida por amor; dar por amor toda la vida, sin reservarse ni una gota de vida. Lo que pudiera quedar de vida en el cadáver de un Dios muerto para amar, se derrama ahora al ser abierto el Corazón con la lanza romana. Tenía que brotar algo para que el mundo viera que no se reservaba nada: maravillosamente el Corazón de Cristo nos dio sus últimas gotas de sangre, sus últimas gotas de vida, el gran torrente del amor, abierto en agua y sangre.

Ya nada le queda a aquel corazón, que muere sin más pecado que el de querer amar. Nada le queda para dar. Puesto a darlo, lo dio todo.

Es la hora del amor sin techo, del amor sin reservas, del amor sin límites. Y este es el sentido de la festividad del Sagrado Corazón de Jesús: es la fiesta del amor abierto a todos.

Es “la hora”. Aquella hora de que habla Juan el Evangelista: “esta es la hora”; “no ha llegado mi hora”; “cuando llegue la hora”. La hora de la salvación por la muerte y glorificación de Jesús; la hora de la muerte y la glorificación –la apertura del Costado brotando agua y sangre no es sólo la hora de la muerte, sino también la hora de la vida para Cristo pasando por encima de todas las leyes naturales, y la hora de la vida para todos los redimidos por su sangre. Es la hora de amar que el amor sólo con amor se paga; es la hora de la concentración espiritual frente al Corazón de Cristo que se abre a amar; es la hora de la superación, de la fe, de la entrega, de la esperanza. Todo se puede esperar en esta hora del Corazón que se abre; de los brazos que se tienden hasta el infinito para el abrazo a todo hombre, de los pies clavados para seguir esperando al hijo que quiera retornar.

Es la hora de la ventana abierta al misterio de un amor sacrificado y redentor.

Es la hora de la fuente abierta al agua de la vida que salta hasta la vida eterna.

Juan, el Evangelista que describe este momento de la lanza que abre el costado de Jesucristo, le da a esta hora del Corazón una trascendencia particular, que refuerza con dos citas bíblicas del Antiguo Testamento.

No sólo presenta la sinceridad de su testimonio personal, del que ha vivido con toda el alma en vilo la grandeza de aquella hora, sino que apuntala su testimonio en la veracidad misma del Dos que muere. No es un simple testigo ocular que garantiza la verdad de un acontecimiento; es el gran teólogo de la Iglesia naciente que quiere trasmitir a la Iglesia de hoy y en la Iglesia de cada día el misterio de la fe y de amor que ofrece un Dios muerto y abierto, brotando sangre y agua.

Es la hora en que nacen todos los Sacramentos, los acueductos del gran torrente de vida que canaliza el agua y la sangre de Jesús: aguas para todos los Bautismos que engendrarán hijos de Dios a lo largo de siglos y siglos; sangre de la sangre de Cristo que nutrirá a todo viandante, a todo peregrino que enorte su vida hacia Dios.

Es la hora en que, del agua y de la sangre del Corazón alanceado y abierto, nace nuestra Iglesia, Madre de todo hombre que camina por la hora en la gran caravana de la familia de Dios.

La hora: la hora del Corazón que no se deshace en lágrimas y lirismos, sino del corazón que se da, que se entrega, que se sacrifica, que supera todas las angustias y todos los quebrantos por la oveja que se descarría y se va.

La hora del Padre que nos habla desde el corazón del Hijo; la hora del Padre que aquí perdona porque el Hijo se ofrenda para el perdón; la hora del Padre que aquí se nos acerca no desde los rayos del Sinaí, sino desde la ternura del Cristo que muere; la hora del Padre, que aquí derrama sobre todos los surcos de todos los hombres de toda la historia, la Gracia del Espíritu Santo que llama a la Santidad.
Dejemos que el agua y la sangre del Corazón del Cristo abierto por el hierro del soldado, calen sobre nuestras vidas, para la hora del perdón, para la hora de la esperanza, para la hora del amor. Mi pecado os puso así, llagado y muerto mi Dios…

Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús
9 de junio de 1994


Ilusión, entrega y espíritu de caridad

Ilusión, entrega y espíritu de caridad

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A todos interesará conocer la génesis, el nacimiento, la procedencia y el momento en que surgió el trípode: ilusión, entrega y espíritu de caridad.

Son tantas las veces que, desde que un día, en aquel Rollo Preliminar de nuestro Cursillo, hemos oído hablar y hemos hablado de ilusión, entrega y espíritu de caridad, que creo que a todos habrá de enriquecernos el profundizar en el contenido de esta trilogía.

Era en Mallorca: en la Escuela de Dirigentes, que Dios estaba fraguando esta gran aventura del Movimiento de Cursillos. Y era muy tarde, se estaba configurando el Rollo de Ideal, que fue uno de los que más guerra dieron, de los que más costó entrar.

El Rollo de Ideal debía ser un aperitivo, un despertar los jugos gástricos de la personalidad del cursillista, un abrir panorámicas, para apercibirnos de la falsedad de las posturas de quienes no tienen ideal, y de la incongruencia de quienes teniendo uno, no se entregan a él.

El Rollista expresó el Rollo, al que, como en todos dentro de la Escuela, siguieron los comentarios. Uno se levantó para decir que el Rollo, dado de aquella forma, era negativo, contraproducente, porque se limitaba a una lección de psicología, sin alma, sin nervio, sin interés. Le faltaba, dijo, optimismo, empuje, ilusión.

A otro comentarista le pareció que, aun siendo aprovechable, el Rollo se quedaba en la línea de lo escuetamente racional, intelectual; el Rollo, decía, es inútil si no despierta, aunque sea inicialmente, un primer paso de generosidad, de entrega: el Ideal supone no solo un elemento estático – un conjunto de ideas – sino también un elemento dinámico, el motor para llevarlas a la realidad.

La discusión se enzarzó, se hizo desagradable, casi violenta. Por eso, alguien tuvo que decir que el Rollo conducía a echar por tierra el espíritu de caridad, que debía reinar siempre en todas nuestras cosas, el camino era equivocado.

Yo estaba allí: era el Consiliario de la Escuela. Solo me quedaba reunir, agrupar, aquellas tres ideas –ilusión, entrega, espíritu de caridad– que uno y otro habían expuesto. En aquel instante, sin darnos cuenta, había nacido esa trilogía que debía dar la vuelta al mundo, en andas del Movimiento de Cursillos de Cristiandad. A la semana siguiente, es decir, en la primera reunión después de aquella, la Escuela empezaba su trabajo recitando la oración que, desde entonces, siempre que oigo esta fórmula, tengo un pequeño momento de cercanía, la presencia de Cristo: los hombres éramos simples instrumentos en sus manos; quien escribía era Él.

Majadahonda, 5 noviembre 1967
Convivencia Cursillistas


Pienso que esta Ultreya

Pienso que esta Ultreya

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Pienso que esta Ultreya es comunidad de fe confesada, celebrada y vivida.

Comunidad de fe confesada en la adhesión a la Palabra de Dios que es iluminadora y eficaz; celebrada en los Sacramentos los cauces los gestos a través de los cuales se significa la presencia viva y dinámica de Dios en cada uno de los creyentes y vivida en la caridad que es alma de toda acción evangelizadora, pienso que esta Ultreya es síntoma y expresión de una Iglesia que quiere sacar a los laicos de la pasividad de espectadores en la vida Iglesia o de meros ejecutores de unas consignas y unas tareas en las que ellos no han tenido voz.

El Concilio vino a derribar esta vieja arquitectura, para reconocer la mayoría de edad del laico, que, siendo mayor de edad, sienta la llamada primera y principal a la santidad y el mandato de Cristo que a todos nos hace evangelizadores. Nuestro Cardenal dudaba, hace pocos días, en una de sus alocuciones que fuera cristiano el cristiano mudo. Y es que, como decía Juan Pablo II:

“Cada discípulo es llamado en primera persona –tú y tú y tú y yo; ningún discípulo -ni tú ni tú ni yo- puede escamotear su propia respuesta a la invitación de Jesús: Id por todo el mundo, y proclamad la Buena Noticia a toda la creación”.

Si evangelizar es la gracia y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda, para cada bautizado, por ser miembro de la Iglesia es gracia y vocación y carnet de identidad evangelizar.

Ha llegado el momento de recoger las piedras de los nuevos abatidos, y construir juntos la casa común de una Europa en trance de segunda evangelización. Id vosotros a mi viña; id también vosotros a mi viña; id también los creyentes.

Dejad que piense que ha llegado para el Movimiento de Cursillos su hora magnífica y dramática de construir sobre las ruinas la casa común de una Europa que espera el despertar de toda una Iglesia –de un laicado dormido que le haga volver a sus raíces cristianas: es la hora de la Iglesia evangelizadora, ¡es la hora del Movimiento de Cursillos, nacido urgente a nuestra tarea de evangelización!


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El cincuentenario del movimiento de Cursillos de Cristiandad. Ante un siglo nuevo

El cincuentenario del movimiento de Cursillos de Cristiandad. Ante un siglo nuevo

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Cincuentenario. Hay algo que no puedo esquivar: soy testigo de aquella hora; yo estuve junto a aquella cuna.

Me encanta estar con vosotros; me encanta que todavía queráis estar conmigo: somos el amanecer y el ocaso; pero el uno y el otro lleno de luz; la luz de la fe que estalla en la vida.

Tema: algo así como el cincuentenario del Movimiento de Cursillos de Cristiandad ante el siglo que se avecina. Os confieso que no he tenido tiempo; pero intentaré dar un poco de lo poco que me queda.

Cincuentenario. Hay algo que no puedo esquivar: soy testigo de aquella hora; yo estuve junto a aquella cuna.

Yo había estado trabajando, algo en paracaídas y algo fuera de las estructuras eclesiásticas; entre la juventud.

Cuarteles, Colegio, Seminario, la Sapiencia [Residencia de estudiantes], las parroquias, pero desde fuera, el Consejo Diocesano de los jóvenes. Cuando llegó el nuevo Obispo -en marzo del 47, hace 51 años- me nombró Consiliario Diocesano de los Jóvenes, además de hacerme Canciller-secretario de la Cámara y Gobierno del Obispado. A mis 34 años.

Después de este currículum, me paso a preguntar: ¿cuál es el marco histórico, el caldo de cultivo en que nace el Movimiento de Cursillos.

Otra pregunta: ¿habría nacido el Movimiento de Cursillos de no existir la peregrinación a Santiago de Compostela de agosto de 1948? Dios, sobre todo -Él nos lo podría haber regalado- no sé cómo. Pero desde mis ojos de hombre, aunque iluminados por la fe…

• fue la ocasión de peregrinar,
• el hecho de la movilización espiritual,
• la mística de la peregrinación

Éramos unos “chalados”. Tan chalados, que no se nos comprendía. Con los primeros Cursillos, nace la oposición.

• Fuimos unos jóvenes con mucha fe, con mucho coraje, con mucha entrega y creatividad: Retiros, Hora apostólica, Sabatina, Periódicos, Radio Popular: plantificábamos hechos, anécdotas, leyendas en torno a Santiago, para aflorar.
Cabeza: formación los viernes: Ilusión, entrega, espíritu de caridad.
Preparación: 13 cursillos de adelantados

1) Creíamos que el mundo andaba mal, dando tumbos. Con ideas todavía cristianas, pero con las vidas al margen de Dios. Dios por los arcenes.
2) Concepto triunfal del cristianismo.
3) Convencimiento de la insuficiencia de los métodos: no en lamentaciones, sino punta de lanza que nos impulsaba codo a codo.
4) Conciencia de que el Señor no nos dejaba en la estacada: las samaritanas y los zaqueos podían volver a ser los grandes apóstoles.
5) Necesidad de tener un encontronazo.
6) Esfuerzo por hallar un camino que desde la vida nos llevara a la fe: Cursillo.
7) La posibilidad de que Cristo quisiera contar con nosotros, si nos disponíamos a ser instrumentos: para vertebrar cristiandad.

¿Continuarán siendo válidos?

• Carisma fundacional: el Espíritu.
• Adaptación a los signos de los tiempos para no ser profetas de calamidades sino sembradores de ilusión.
• Ardor: Emaús.
• Tenacidad: como en el lago los Apóstoles, después de trabajar toda la noche.
• Espíritu de sacrificio; el sepulcro de Cristo está abierto y yo lo he descubierto.

Madrid, 8 de enero de 1999


peregrinos santiago cursillos cristiandad

1948 Despedida peregrinos a Santiago

1948 Despedida peregrinos a Santiago

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Ha llegado, por fin, la hora de Dios. La hora largamente anhelada y presentida

Ha llegado, por fin, la hora de Dios. La hora largamente anhelada y presentida con ansias vivas de 12 años, la hora que nos preparó otra generación de la que los 7.000 mejores ofrendaron su sangre en testimonio de su fe, con un ancho grito de Cristo Rey y una clara consigna que escuetamente decía: “Para Santiago, santos”; la hora que la Madre España espera con espera anhelante, ahora en que no se puede uno asomar sin escalofrío a la ventana del mundo y en que la tierra avanza hacia nuevos destinos misteriosos y en que los españoles nos agarramos al sagrado madero de una cruz que no queremos que naufrague y que no nos deje naufragar; la hora que ha sido y es y será por muchos años el palo mayor que sostiene la vela que hincha nuestras ambiciones juveniles; la hora de la Iglesia que por mano del Pontífice nos manda su Legación, mientras en uno de sus últimos discursos nos dice que el porvenir del mundo es de la juventud, de una juventud que sepa conquistarlo y dominarlo, de una juventud que sepa marchar en primera línea y ser milicia de vanguardia para la Cristiandad.

Ha llegado, peregrinos, vuestra hora, los bordones nos tiemblan en las manos temblorosamente impacientes; los ojos se nos suben hacia la altura para ver de divisar en lontananza las agujas de la Catedral compostelana, y el espíritu vibra sintiendo el vibrar de las cenizas del Apóstol de la Hispanidad que por nosotros cabalgará de nuevo en la Historia para la conquista total e Íntegra del mundo para Dios.

Y nos concentramos aquí en son de despedida que creo que casi huelga, pues llevándonos con nosotros a la Madre, siempre es poco lo que dejamos por lo que con nosotros se va. Pero siguiendo la santa tradición mallorquina, no podíamos hacernos a la mar sin despedirnos del Santo Cristo del Milagro, que en esta Parroquial Iglesia se venera. Y aquí hemos traído a la Virgen Peregrina para que se despidiera de él. Y yo pienso que ha de ser muy dulce para Cristo y para su Madre esa despedida porque ella se va para ser conductora y capitana de una juventud que recibirá en Santiago el espaldarazo del Apóstol para las grandes empresas apostólicas que Dios nos depare, se va para asistir a la mayor demostración de fe en extensión y en intensidad que haya tenido cabida ante el Pórtico de la Gloria. Se va llevando 800 peregrinos y retornará trayendo 800 apóstoles. Por eso la despedida tiene que llenar de ancho gozo el corazón de Cristo y el corazón de su Madre.

Sólo una ausencia puede empañar el gozo de esta hora: es la ausencia de nuestro Primer Peregrino, la ausencia del Pastor que días tras día y hora tras hora ha ido formando con su orientación y con su aliento, con su ejemplo y con su palabra, la promoción de Peregrinos; y que después de haber empezado en Lluch la peregrinación simbólica y después de exigirnos nuestro juramento de peregrinos de ser puros, apóstoles, mártires y santos; después de costear a más de 15 peregrinos pobres el camino que lleva a Dios, porque Dios lo quiere, tiene que quedar sin ir.

Nos despedimos de ti, católico pueblo de Mallorca. Únete a nosotros en estos días grandes para la cristiandad. Comulga con nosotros en la común unión de la Comunión de los Santos: Al fin y a la postre nuestro sudor, nuestra fatiga, nuestros sacrificios los ofreceremos por ti y por tu juventud: por esa juventud de que tenemos sed, como Cristo, y que con Cristo y por Cristo habremos de llevar a los pies de Dios.

Peregrinos: Recibid ya la bendición del Señor. El cielo nos mira. Los mártires nos sonríen. La Iglesia nos empuja. Y España nos espera. Dios lo quiere. El mundo es nuestro porque debe ser de Cristo. Nada ni nadie puede detenernos ya. Haremos resonar sobre las piedras compostelanas el ardor de esta tierra bendita. A la paz de Dios, cantando el himno del triunfo eterno, el himno del Rey bajo cuya enseña partimos y por cuyo reino lucharemos, aunque nos cueste la vida.

Mallorca, 25 agosto 1948
Parroquia de Sta. Eulalia


El autor de la santidad, el espíritu santo

El autor de la santidad, el espíritu santo

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El que nos da la gracia, el que nos injerta en Cristo, el que nos levanta hacia Dios, el que va torneando y moldeando el alma hasta acoplarla según el corazón de Jesús, el que vive y trabaja en nuestra santidad, éste es el Espíritu Santo.

¡Ser Santo!, He ahí la ley primera que lleva el hombre grabada en las entrañas de su ser. Dios ha esculpido en su alma su deber… y ese deber le lleva hasta los pies de Dios, el santo a quien cantan las tropas de querubes. Sólo el que así obre, es verdadero hombre.

¡Ser santo! He ahí la obligación estricta del hombre con alma sobrenaturalizada por la gracia; el precepto de Jesucristo, la prescripción de la Iglesia, por boca de Pablo, el Apóstol: La santidad nos injerta en Cristo, santidad sustancial. Sólo el que aquí llegue, será verdadero cristiano.

La tierra, en cambio, está inmensamente alejada de Dios. La santidad es, para ella, un mito. El santo un pobre ser despreciable. Hoy por hoy, son otros los gustos, diametralmente opuestos y antitéticos. Dios ha quedado fuera del ámbito del mundo. Es un desterrado. No le ha quedado más que el rincón del Sagrario, donde a falta de hombres, han bajado ángeles del cielo.

¿Quién será el autor de la santidad? Vamos a contestar a esta pregunta de hoy, Día de Pentecostés, cuando aún es rojo el fuego que a la tierra nos trajo y el soplo que acompañó su venida, contestaremos así: El autor de la santidad es el Espíritu Santo.

Cuando en su casa silenciosa de Nazaret, se apareció a María un ángel mensajero del Padre Eterno, para recabar su consentimiento a la obra de la Encarnación del Hijo de Dios en sus entrañas vírgenes, ella preguntó: ¿Cómo va a verificarse esto? Y el embajador de los cielos contestó así: “El Espíritu Santo vendrá por ti.” Por Él se realizará el prodigio.

Por la gracia de Dios, raíz de nuestra santidad y de nuestro ser sobrenatural, podemos decir que es Jesucristo el que nace en nuestras almas; no con un nacimiento corporal, porque solo se encarnó una vez en el seno de María, sino con el nacimiento espiritual en el momento en que quedamos, por la gracia, injertados en él. Si nos preguntamos: ¿Cómo podrá verificarse este prodigio?, la Teología nos contesta con las palabras del arcángel de María: “El autor de esta maravilla es el Espíritu Santo”.

En nuestra vida de gracia, hijos de Dios, templos de la Trinidad, entra el hombre en relaciones con las tres divinas personas. Penetramos en este río infinito de la vida de Dios. Somos santos por la gracia de Dios. El más poderoso, el más sabio, el más rico y grande de los hombres no puede absolutamente nada, en este problema de la santidad sobrenatural -por otra parte, necesaria y obligatoria- sin el influjo de Dios. “Sin Mí, dice el Señor, nada podéis hacer. Como el sarmiento al desprenderse de la cepa viva, se mustia, se seca y muere”. “Gratia Dei sum id quod sum”, dice fervorosamente el Apóstol: Soy lo que soy por la gracia de Dios. El autor de la santidad no es el hombre; es Dios Nuestro Señor.

Jesucristo nos mereció con su obra redentora, haciéndose nuestro hermano, la santificación, la gracia. Ahora, en la gloria, como cabeza glorificada de la Iglesia, nos comunica la plenitud del Espíritu Santo. Su pasión y su muerte nos mereció un día la primera venida en el primer Pentecostés de la Iglesia. Ahora a cada instante nos obtiene y procura la influencia de aquel mismo Espíritu para que permanezcamos y crezcamos en gracia.

El que nos da la gracia, el que nos injerta en Cristo, el que nos levanta hacia Dios, el que va torneando y moldeando el alma hasta acoplarla según el corazón de Jesús, el que vive y trabaja en nuestra santidad, éste es el Espíritu Santo.

Podemos decir con Santo Tomás: que, si Cristo es la cabeza del Cuerpo místico, el Espíritu Santo puede ser, considero, como su Corazón. Él constituye el gran principio de vida, de movimiento y de cohesión entre los miembros y la cabeza. El corazón es el órgano que, por el ritmo de sus latidos, envía y difunde la sangre al cuerpo, incluso al cerebro. El Espíritu Santo puede llamarse el Corazón de la Iglesia porque distribuye la gracia a todos los justos, comprendido el Hombre-Dios, que es la cabeza.

¿Somos cristianos? Es que recibimos el Espíritu Santo ¿Podemos ser santos? Es que podemos ser plasmados por el Espíritu Santo ¿Somos santos? Es que un artista divino, el Espíritu Santo, ha modelado nuestra alma. Porque Él es el autor de toda santidad.

El santo no es sino el hombre que se deja tornear en sus manos de artista de cielo. El santo no es sino la nave que, hacia rumbo al cielo, bajo el impulso y el soplo del Espíritu Santo, hincha sus velas y la empuja a la playa.
Subamos con Él los peldaños de la santidad. Con Él es seguro el ascenso. Él no va a dejarnos hasta llegar a la cumbre, donde por Jesucristo, nos eche en los brazos de aquel Dios que vive y reina con el Hijo en unidad del Espíritu Santo por siglos.

Mallorca, 16 de mayo de 1940


La resurreción de Cristo

La resurrección de Cristo

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Nada del fenómeno cristiano sería válido sin la Resurrección del Señor. Todo se apoya en ella: sin ella, nos dice el Apóstol Pablo, sería vana nuestra fe.

Nos hallamos en plena semana pascual, cuando todavía son frescos y rotundos los Alleluias que la Iglesia entona al Señor Resucitado. El misterio pascual – la muerte y resurrección de Cristo – constituye la más alta ocasión que vieron y verán los siglos. De allí arranca todo: una mentalidad y una vida, una civilización y una fe, una forma de pensar, de querer, de sentir y de vivir.

Nada del fenómeno cristiano sería válido sin la Resurrección del Señor. Todo se apoya en ella: sin ella, nos dice el Apóstol Pablo, sería vana nuestra fe, pues Cristo no habría pasado de ser un charlatán y un embaucador. Es la tumba vacía la que aguanta toda la bóveda inmutable de nuestra Iglesia.

Por eso la resurrección de Jesús es el centro de toda la predicación apostólica. Todas las páginas de los “Hechos de los Apóstoles” –con los primeros pasos de la Iglesia naciente– están iluminadas por el amanecer de la Pascua.

Ahí está la primera lectura que acabamos de proclamar. Mientras Pedro y Juan hablaban al pueblo, allí se presentaron los magnates de Israel –los sacerdotes, los saduceos, el comisario del templo– indignados de que los apóstoles predicaran la resurrección del Señor, pues veían que, si el pueblo creía en este hecho, toda la Sinagoga se derrumbaba en sus cimientos. Y la indignación subió a tal punto, que, sin pensarlo más, les echaron mano, y como ya había caído la tarde, les pusieron bajo custodia hasta el día siguiente. Y al día siguiente, con la plana mayor, la flor y nata de sus jefes, los senadores, los intelectuales, el sumo sacerdote al frente, hicieron comparecer a Pedro y a Juan, para hacerles un interrogatorio oficial. Ellos acababan de curar al paralítico que estaba mendigando junto a la Puerta Hermosa del Templo, y al que, Pedro había dicho: Ya ves; plata ni oro no tengo, lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesús Nazareno echa a andar.

Ahora, el Sanedrín les preguntaba: ¿Con qué poder o en nombre de quien habéis hecho eso?

– Quede bien claro, les dice Pedro, a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificasteis, y a quien Dios resucitó de entre los muertos. Por su nombre se presenta este hombre sano ante vosotros. Él es la piedra desechada por vosotros, los constructores; la que ha venido a ser la piedra angular sobre la que toda la construcción descansa. No hay salvación en otro alguno; no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que podamos salvarnos.

La Pascua del Señor, la muerte y resurrección de Cristo constituyen la única salvación de todos.

Por eso Cristo tiene interés en que no quede la más leve sombra de duda sobre el hecho de la resurrección. Por eso hace entrar en contradicción a los guardianes del sepulcro. Por eso se va apareciendo a Pedro, y a Juan, y a la Magdalena, y a los de Emaús, y a los once a que había quedado reducido el colegio apostólico. Por eso en el Evangelio que acabamos de proclamar, se les aparece junto al Lago, a la amanecida de una noche en que se habían frustrado todos sus esfuerzos de viejos lobos de mar, pues nada habían pescado. El Señor se presentó en la orilla, cuando los pescadores ya iban de retorno. Y Juan le reconoce – ¡Es el Señor!, le dice a Pedro. Y Pedro se echó al agua, para adelantarse a los demás. Y al saltar a tierra, se encuentran ya con unas brasas, y un pescado y un pan. Y trajeron hasta la orilla la barca, con las redes repletas de 153 peces grandes. Y Él toma el pan. Y el pescado. Y se lo da…

No se trata de un fantasma, no. No se trata de imaginaciones calenturientas. No. Allí estaban los peces. Y las brasas. Y el pan. Y allí estaba Él. Él vivo, presente, activo, providente, resucitado. Allí estaba Él, cimentando la fe de todos, abriendo la esperanza de todos, encendiendo el amor de todos.

¡Si había vencido la muerte -la muerte con sus tres días de sepultura-, no quedaba más remedio que confesar que era Dios!

La resurrección de Cristo supone, entre otras cosas, un motivo inconmovible para nuestra fe, una inyección de optimismo cristiano.

El optimismo cristiano es un evangélico realismo, conectado con la muerte y la resurrección, con el dolor y la luz, con la tragedia y la esperanza.

Y hay que reflejar cada dolor en la muerte de Jesús. Y hay que reflejar su resurrección en cada hora de luz, en cada primavera del alma y del cuerpo, en cada cosa buena y bella, en cada intento de hacer mejor la humanidad, en cada gesto de tender la mano, de sonreír al inoportuno, de sentir la fraternidad que Cristo vino a constituir.

Hemos de convertir la Resurrección y la Pascua en algo vigente y real en nuestras vidas los que decimos que creemos en este Jesús que está enseñando las huellas gloriosas de sus llagas. Las llagas no han desaparecido; se han transformado en luz.

Nuestra aportación al dolor y a la crisis y al confusionismo de los tiempos no es la de tapar los hechos o echarnos a lamentaciones estériles y a escándalos justificados, sino la de luchar por aceptar, por transformar, por cambiar la noche en amanecer, la tragedia en consuelo, la muerte en vida. Convertirnos, resucitar para que el mundo se convierta y resucite.

Homilía, viernes de la octava de Pascua
Hermandad Sta. María Espejo de Justicia – Centro Eucarístico
Madrid, 4 de abril de 1975